lunes 28 de septiembre de 2020

Mendoza: ¿El Coyote y el Correcaminos? - Por Bettina Ballarini
Opinión

Mendoza: ¿El Coyote y el Correcaminos? - Por Bettina Ballarini

Mendoza: ¿El Coyote y el Correcaminos? - Por Bettina Ballarini

Muchas veces la vida me ha convencido de que lo que hemos dado en llamar “realidad” supera ampliamente a lo que denominamos “ficción”, esa otra palabra que suele oponérsele en nuestras construcciones discursivas y que nació del verbo “fingir”. Sin embargo, también estoy convencida de que no hay ficción que no tenga su origen en la observación meticulosa y la elaboración de la realidad (con perdón de los surrealistas y su exaltación del inconsciente). Y agrego que me parece que estas son épocas en que los umbrales de la una y de la otra son difíciles de discernir, particularmente desde ciertos discursos imperantes… Los últimos sucesos en nuestra provincia, me han devuelto a dos películas, el remoto largometraje, de 1974, “Chinatown” (Roman Polanski) y “Cadillac Desert”, un documental para TV del 2000 (Jon Else y Linda Harrar). Este último, tuvo una suerte de eslogan como los de los célebres, dudosos y peligrosos productos de la marca ACME en los dibujos animados del Coyote y el Correcaminos: “Ciudad instantánea. Solo agregue agua”. No me detendré en detalles argumentales ni en a qué le creemos más, si a la ficción de un largometraje o a la investigación documental de la realidad. Creo que esas dos películas me vinieron al recuerdo porque confluyen en las mismas problemáticas: el agua, el dinero, el poder, la ambición, las traiciones en cadena, la avaricia, la especulación, el desequilibrio ambiental. El hombre y sus vicios en pugna con la naturaleza. Y hoy, esto no sucede en la ciudad de Los Ángeles –como en esos casos-sino propiamente en nuestra provincia, Mendoza. No fuimos, no somos, una “ciudad instantánea”. Entre la piedra, la arena, la tierra, los terremotos y el viento zonda, crecimos de la cultura del trabajo y del agua de los surcos. Ni ahí podríamos llegar a identificarnos con la “Fundación mítica de Buenos Aires” de Jorge Luis Borges. Aquí no hubo mitos y, si hubo un misterio, vino del agua pura de los ríos y el trabajo. Claro, quiero aclarar, que si le preguntamos a la historia, también hubo un sacrificio que mancha el vergel de nuestros famosos viñedos y árboles, y hasta nuestras ejemplares veredas: la desertización de las lagunas del Guanacache. ¿El tiempo cíclico? ¿La representación circular de la serpiente que se come su propia cola y simboliza tanto la lucha eterna como el esfuerzo inútil? ¿Acaso el ciclo vuelve a empezar aunque se opongan acciones para impedirlo? ¿El uróboro de los griegos y de la alquimia? Son preguntas de las que no tengo respuesta. El Coyote perseguía al Correcaminos sin descanso por un desierto rocoso sembrado de rutas donde transitaban más camiones que personas. Cuenta una versión que existe un capítulo que permaneció inédito durante muchos años, en el que, finalmente, el Coyote atrapa al Correcaminos. Unos cuentan que ese capítulo fue realizado por la Warner a pedido de un empresario japonés que puso como condición que no fuera exhibido nunca. Otros, aseguran que un grupo de guionistas emprendió distintas alternativas para el fin de la historia del Coyote y el Correcaminos sin demasiado éxito. “En el imperio mañoso, nunca se debe confiar”... cita la “Tonada del albedrío” de Silvio Rodríguez. Se me ocurre que ahora podríamos los mendocinos ensayar una nueva versión de ese codiciado capítulo. El mensaje en las instrucciones del producto ACME diría: “Muerte instantánea por contaminación. Solo agregue agua de los drenajes contaminados”.