Los trabajadores de las automotrices tienen un camino difícil por delante

Los trabajadores de las automotrices tienen un camino difícil por delante
Los trabajadores de las automotrices tienen un camino difícil por delante

Desde 2000, la producción de vehículos motorizados en EEUU ha caído de 12,8 millones a 11,3 millones de autos y camiones ligeros por año.

Después de años de paz laboral en la industria del automóvil, unos 50.000 miembros del sindicato United Automobile Workers se fueron a huelga en contra de General Motors, en busca de reparación por años de sufrimiento, en particular durante la recesión de 2008 y el rescate subsecuente del gobierno de Obama.

Tras haber dirigido el equipo de trabajo de la industria automotriz bajo el presidente Barack Obama, me solidarizo por completo con la mala situación que atraviesan los obreros en la industria del automóvil. Sin embargo, cuando hablamos del sector manufacturero, en el que Estados Unidos enfrenta una competencia mundial, por desgracia recuperar los sueldos y beneficios generosos que solían acompañar a estos trabajos se vuelve imposible sin poner en peligro los trabajos mismos.

Lo anterior hace que esta huelga sea totalmente distinta de las enfocadas sólo en los sectores de servicio nacional, como las huelgas recientes de los trabajadores de los hoteles Marriott en ocho ciudades y de los maestros en varios estados.

La situación actual es aún más dolorosa a causa de las promesas falsas del presidente Trump respecto de las soluciones sencillas para estos problemas abrumadores. En efecto, la lucha actual de los trabajadores en GM ilustra qué tan ineficaces han sido esas promesas insípidas de hacer que Estados Unidos sea grandioso de nuevo.

Los desafíos financieros de los estadounidenses que trabajan arduamente en el sector automotriz han aumentado a lo largo de casi dos décadas. En 2002, los salarios de los obreros en el sector (después del ajuste por la inflación) alcanzaron un máximo de 30,90 dólares por hora, lo cual, en aquel entonces, era casi un 44 por ciento más que el promedio de los trabajos en toda la economía. En la actualidad, esos trabajos que alguna vez fueron apreciados reciben apenas 23,48 dólares por hora, unos pocos centavos menos de lo que gana un trabajador promedio en toda la economía.

¿El principal culpable? Los salarios más bajos en países en vías de desarrollo, México en particular. Con un sueldo de 3,29 dólares por hora en 2015 (la fecha más reciente disponible con información confiable), los trabajadores del sector automotriz en ese país vecino recibían menos del 14% de lo que ganaban los mismos trabajadores en Estados Unidos. Esto no importaba tanto cuando los empleados del sector en México eran menos productivos que sus homólogos estadounidenses.

Sin embargo, apenas hace una década, cuando trabajaba en el rescate de la industria automotriz, los ejecutivos de las empresas en Detroit me comentaron que sus plantas en México funcionaban con la misma eficiencia que las de Estados Unidos (contrario a lo que dicen los tuits del presidente Trump, aunque los sueldos siguen siendo bajos en China, ese inmenso país no es un factor en este ejemplo; de hecho, exportamos más del doble de los autos y camiones ligeros a China de los que importamos de allá).

Por eso no es ninguna sorpresa que la economía competitiva cambiante de la industria automotriz haya dado como resultado una producción vacilante. Desde 2000, la producción de vehículos motorizados en Estados Unidos ha caído de 12,8 millones a 11,3 millones de autos y camiones ligeros por año. La producción mexicana ha aumentado de 1,9 millones a 4,1 millones de vehículos por año. Lo más probable es que esa tendencia continúe.

Detroit comenzó a responder a estas fuerzas hace más de una década ejerciendo una gran presión para frenar los altos sueldos y los costos de los beneficios. La carga que significaba pagar beneficios de atención médica de por vida fueron transferidos a un fideicomiso independiente. En vez de aceptar reducciones de salarios para los trabajadores en funciones, el UAW accedió a permitir la contratación de una cantidad limitada de nuevos empleados que ganarían más o menos la mitad del sueldo que los que ya estaban trabajando en las mismas líneas de ensamblaje y haciendo los mismos trabajos.

Desde entonces, esa brecha salarial se ha cerrado parcialmente, pero no es de extrañarse que el sindicato quiera cerrarla más rápido. Mientras tanto, el UAW está peleando para que los trabajadores actuales conserven uno de los planes de atención médica más generosos del país; sus miembros pagan sólo cerca de un 4% de sus facturas médicas (en comparación, los trabajadores de todo el país pagan un promedio del 28% de sus costos de atención médica, de acuerdo con la Fundación de la Familia Henry J. Kaiser).

Estoy completamente a favor de que los empleados ganen más, pero es importante entender que, al menos en la industria del automóvil, éste no es un caso de inversionistas rapaces que ganan dinero a costa de los trabajadores. Desde su oferta pública inicial en noviembre de 2010, las acciones de GM han aumentado tan sólo un 13%, en comparación con 154% en el mercado total.

Debemos ser realistas respecto de estos desafíos. El gobierno de Estados Unidos puede apoyar a la industria automotriz con iniciativas como el nuevo acuerdo comercial con México, el cual exigiría que entre 40 y 45% de los vehículos sean fabricados por trabajadores que ganen al menos 16 dólares por hora. Sin embargo, a pesar de la retórica florida de Trump, seremos afortunados si mantenemos los trabajos que tenemos ahora.

Por lo tanto, también deberíamos hablar sobre un tema que Trump ha ignorado por completo: la necesidad de llevar a cabo políticas para desarrollar los trabajos del futuro.

Esto quiere decir inversiones significativas en educación, e investigación y desarrollo, dos áreas que Trump ha buscado recortar en sus variadas propuestas presupuestales, así como tampoco ha promulgado el programa de infraestructura que necesitamos con tanta urgencia.

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