jueves 24 de septiembre de 2020

La Cárcel Federal, nuevo destino local para los narcos
Sociedad

La Cárcel Federal, nuevo destino local para los narcos

Los presos federales de Mendoza (un 90% por drogas) han comenzado a ser trasladados a la flamante Cárcel Federal.

La Cárcel Federal, nuevo destino local para los narcos

Cuando la ruta 7 en la zona de Cacheuta comienza a ser ganada por montañas, donde bodegas de alta gama han transformado el paisaje, a  dos kilómetros hacia el sur, se erige el Centro Penal Federal de Cuyo, flamante cárcel federal de Mendoza que el lunes pasado dio la bienvenida a 24 internos que ya pueblan el primer pabellón.

Dos telas olímpicas de 3 metros de altura coronadas con alambres enrulados, protegen la inmensa estructura color ocre. El espacio de 5 metros entre ambos cercos paralelos se llama "zona muerta", un pasillo infestado por sensores que detectan movimientos y temperatura y vigilan lo que sería el último paso de un delincuente que intenta escapar.

De fondo resalta el azul de sus puertas y sus ventanas. El Centro Penal Federal de Cuyo es la primera cárcel para presos por delitos federales de Mendoza. Y de a poco se irá llenando hasta llegar a los entre 500 y 600 internos que promete albergar.

Queda a 500 metros al oeste de su "hermana mayor"-el penal Almafuerte- y es un paso más de lo que en el futuro se llamará "Polo penal" o "Polo penitenciario", ya que está en construcción -además del Federal- otros tres centros de detención que conformarán un predio donde, de momento, hay más obreros que presos y penitenciarios.

Por tandas

"Esta semana hemos trasladado a 24 internos que vienen del pabellón 16 de Boulogne Sur Mer. Son procesados primarios (sin antecedentes carcelarios ni condena firme) que tienen buena relación entre ellos", explica el alcaide mayor Nelson Espina, que dejó la subdirección de Almafuerte para conducir el nuevo penal.

La idea de las autoridades es ir trayendo de a tandas a los detenidos federales (el 90% está por drogas). Para eso Eduardo Orellana, director del Servicio Penitenciario, después de un estudio preliminar, ordenó que las tandas de presos trasladados se realizara bajo el criterio de traer primero a los "mejores" detenidos.

"Es decir que primero traemos a los de mejor conducta y menor conflictividad"; de ese modo se busca que el penal sea "dominado" inicialmente por los presos tranquilos y que ellos mismos vayan dejando una impronta pacífica de encierro en el lugar.

Ese paso se nota al menos por ahora: los 24 detenidos que llevan tres días allí se manejan por el pabellón sin problemas entre ellos en instalaciones impecables impregnadas con olor a pintura nueva.

El AC1, primer pabellón inaugurado, consta de 12 celdas de 2,50, por 3,50 metros; un inodoro que no está aislado del resto de la celda, "pero los detenidos pueden colocar una tela a modo de cortina", añade un penitenciario.

También hay una bacha antivandálica, dos camastros empotrados en la pared, un escritorio, un estante y una ventana que, en muchos casos da a los picos nevados de la cordillera. Una vista hermosa en el tedio del encierro.

Ignífugo

Tanto los colchones, las frazadas y las almohadas están hechos de material ignífugo para evitar incendios. Camastros, mesa y estante de hierro forjado que hace muy difícil su rotura: "Aunque siempre hay alguien que pueda romper algo", apunta un penitenciario.

Cada celda también cuenta con su sistema de comunicación con agentes por medio de una suerte de portero eléctrico que hay al costados de los camastros. "Si el interno necesita algo, pulsa el botón y un guardia va a ir a verlo", advierte Espina.

Los pabellones son extensos y cuentan en el salón común con mesas y 24 asientos metálicos -todo soldado al piso- una heladera con su freezer, un televisor de los nuevos adherido a la pared, un anafe y 4 duchas; todo protegido por un sistema de calefacción central a gas. Al lado, un patio amplio techado con una leonera sirve para las horas al aire libre.

Las cámaras de seguridad y un domo en el techo hacen su trabajo de vigilancia las 24 horas; a partir de una sala de monitoreo interno con, de momento, 25 cámaras encendidas. Y tras una pared de vidrio espejado un grupo de penitenciarios observa todo el tiempo los movimientos de los presos cuando no están en sus celdas.

En obra

Las salas de usos múltiples, las de recreación, de estudios y  los talleres están a punto de ser terminadas con el trabajo de cientos de obreros que apuran la construcción. Para casos de urgencias médicas se utilizará la ambulancia y el centro de salud de Almafuerte: "Hemos comprobado con simulacros que la ambulancia llega al lugar en menos de 4 minutos", aclara el director.

Para Espina y muchos especialistas, el hacinamiento carcelario es un fenómeno que se repite en el mundo y que Mendoza no está ni mejor ni peor que la media nacional en ese aspecto. "Nuestra tarea es recibir a las personas que nos manda la Justicia", dice.

Por eso, en la gestión de Eduardo Orellana -estudioso del sistema penitenciario local- se pone énfasis en la convivencia a la hora de juntar a los detenidos en celdas o en pabellones.

Para eso se tiene en cuenta los vínculos familiares, el grado de amistad, la instrucción, o si provienen del mismo barrio o de la misma banda, a la hora de conformar los grupos de internos. Eso es lo que se está empezando a hacer en el penal federal con esta primera etapa de traslado.

Las cárceles nuevas en tanto como obra pública, nunca son muy festejadas por la sociedad. Existe un consenso popular condensado en la creencia de  que los presos no merecen demasiado.

"La gente pide que se hagan escuelas y hospitales, lo sabemos; pero una persona que llega acá ha perdido la libertad; todos los demás derechos como la educación, salud y servicios, son derechos de todos", cierra  el flamante director de la nueva cárcel federal.

El hacinamiento que vendrá

"En las cárceles, los ladrillos de construcción van mucho más despacio que la cantidad de presos que llegan". Con esta analogía, el director Espina, indica que si bien de momento la cantidad de detenidos alcanza con lo construido hasta el momento, no pasará mucho tiempo para que el penal "quede chico y aparezca de nuevo el hacinamiento".

Un ejemplo es Almafuerte, inaugurada en 2007 para 980 internos (primer establecimiento construido con idea de cárcel en Mendoza) y rápidamente se vio sobrepasada de reos.

Como respuesta a la superpoblación, en 2012 a cada celda se le instaló un camastro más, con lo que pasó a haber tres detenidos encerrados en lugar de dos.

"Con esto, la capacidad del penal ascendió a 1.248 internos. Hoy, con los 1.600 detenidos que tenemos, nos vemos obligados a poner en muchas celdas a un preso más que duerme con un colchón en el piso", enumera Julio Lucero, director de Almafuerte.