domingo 9 de agosto de 2020

La fórmula que asfixia - Por Patricia Slukich
Opinión

La fórmula que asfixia - Por Patricia Slukich

“Constelación del vino” es un espectáculo apegado a la rigidez, con pocos momentos para el asombro.

La fórmula que asfixia - Por Patricia Slukich

Admitámoslo, mendocinos: el espectáculo de la Vendimia se basa en una fórmula que está gastada y que, por tan rígida, no permite casi libertades a los artistas que cada año quieren convertirla en un espectáculo inolvidable de principio a fin. No da para más.

El show de la Fiesta Central es un espectáculo popular que se nutre de la masividad y del turismo y, por lo tanto, es un producto (ya un género de expresión popular) de industria. Como tal, bien puede comparárselo por ejemplo con una película del mainstream: una comedia romántica.

En el cine la formulita de este género dicta que habrá una chica linda, un chico lindo, que se encontrarán y desencontrarán en situaciones varias y divertidas durante todo el filme hasta terminar juntos y serán felices. Con esta receta (muy esquemática y abierta) pueden hacerse obras maestras que trascienden su época (“Cuando Harry conoció a Sally”) o miles de películas divertidas pero muy parecidas. ¿De qué depende esa diferencia? De cómo se narren esas situaciones entre el principio y el final. Como la estructura argumental es tan básica y da margen a infinidad de ocurrencias, es posible hacer una obra maestra con el asunto.

A diferencia de este ejemplo, el espectáculo de la Vendimia tiene una estructura prescriptiva muy poco elástica. Digámoslo así: en lugar de proponer un inicio y un final  que tenga como proceso diversidad de situaciones, establece un reglamento de temas inamovibles: el desierto y el agua, nuestra procedencia huarpe, la llegada del inmigrante, el surgimiento de la Virgen patrona, la gestación de la industria, la gesta sanmartiniana, la Mendoza contemporánea, la hermandad latinoamericana, fin.

¿Cómo se logra una obra maestra con tantas reglas? Es muchísimo, muchísimo más difícil e improbable. Claro que hubo casos. Los más notables fueron a los inicios del espectáculo tal y como lo conocemos porque la fórmula aún no estaba “muerta” en su fuerza de teatralidad. Hablamos de las vendimias de Abelardo Vazquez, como gran innovador del género, que incluyó guiones de Antonio Di Benedetto y Alberto Rodríguez (h) para su espectáculo de 1958 “Todo lo que el vino trae” o de su “Vendimia de cristal” de 1971, entre más.

A medida que los años pasaron y la fórmula se volvió inflexible, las posibilidades de creación mermaron y el espectáculo se convirtió en un show de efectos especiales. Pero, se sabe: los golpes efectistas son momentáneos y la obra maestra no los precisa.

Así las cosas, la última vez que una fiesta central pudo entrar en la lista de las memorables fue el año 2011. Se llamó “Los rostros de la Vendimia” y llevó la firma de Walter Neira, que se atrevió a introducir planteos escénicos que hubieran disparado polémica.

“Constelación del vino” carga con este karma. Es un espectáculo apegado a la rigidez, desplegado con solidez técnica y momentos de gran belleza visual: son notables las decisiones de iluminación, coreografías y vestuario; no así la utilería, que aporta confusión y labilidad al relato y al manejo del espacio. También hay bellos pasajes textuales creados por Arístides Vargas (que las voces a coro apagan en su plenitud de expresión). Pero esta sumisión a la receta convierte el espectáculo en una letanía musical y visual de índole plana, con pocas atmósferas y climas y escasos momentos para el asombro.

En los dos momentos (la Fundación de Mendoza y la Llegada de los Inmigrantes) en que Rúpolo y Troncoso deciden arriesgar, ganan puntos en el lenguaje escénico. Y es cuando ponen al teatro como rector del espacio y los discursos. Pero como el concepto general de la puesta es adherir al molde, esos instantes se vuelven forzados y poco orgánicos con el resto.

Sin duda “Constelación...” tiene el pulso firme y conocedor de un equipo y dos expertos en lo escénico: Vilma Rúpolo y Guillermo Troncoso (más se nota la solidez si la comparamos con puestas anteriores como las de Alejandro Grigor). Pero el alma de esta obra está rota, cansada. Y esto no es entera culpa de sus artistas actuales sino de la tozudez de reglamentos, jurados y hacedores de permanecer atados a un relato que no se ha vuelto mito sino ancla de plomo.