domingo 27 de septiembre de 2020

La curva de la paciencia - Por Néstor Sampirisi
Opinión

La curva de la paciencia - Por Néstor Sampirisi

La curva de la paciencia - Por Néstor Sampirisi

El presidente, Alberto Fernández, se sacó por la pregunta de una periodista. El gobernador de Buenos Aires, Axel Kicillof, se sacó porque, bueno, casi siempre se saca. Los intendentes macristas se sacaron por las críticas a la ex gobernadora María Eugenia Vidal. Grupos de vecinos en la ciudad de Buenos Aires, Mar del Plata, Córdoba, La Plata y otras localidades, se sacaron hartos del confinamiento.

Ahora se acuñan neologismos como “covidemia”, o se trazan perspectivas históricas, ciertos analistas ya denominan “el gran aislamiento” a esta etapa de excepción en la que todos los países del mundo encerraron casi simultáneamente a sus poblaciones. Una cuarentena que en la Argentina cumple 70 días y comienza a pegar en el ánimo hasta de los más templados. La vida parece haberse puesto en pausa. No hay nada previsible, ni plazos, ni proyectos. La agenda pasó a ser un artículo suntuario, inútil.

El aplanamiento de la curva de los contagios diseñado como estrategia por los sanitaristas ahora se combina con el ensanchamiento de la curva de la paciencia, seguido de cerca desde distintas ramas de la ciencia. Una mezcla de razones económicas, psicológicas y sociales difícil de calibrar pero que ya se expresa en las calles. Está claro que prácticamente nadie discute la necesidad del aislamiento, el incremento de casos en el Gran Buenos Aires revirtió el sentido declinante de la curva del temor al contagio. La discusión está en el grado y las consecuencias.

Al respecto, un informe del Observatorio de Psicología Social Aplicada de la UBA advierte que el impacto psicológico de la cuarentena es “altamente relevante” y reclama que se lo considere a la hora de definir los aspectos sanitarios de eventuales extensiones del aislamiento. Asimismo, remarca que más días de cuarentena tienen relación directa con un mayor impacto psicológico negativo y que el acceso de la población a la atención de su salud mental es imprescindible para atenuar este impacto y prevenir sus secuelas. Sobre esto intentaba indagar la periodista que hizo reaccionar al Presidente.

Las diferencias por la cuarentena no responden sólo a cuestiones económicas o políticas, alcanzan también al aspecto médico. Las clínicas en Mendoza trabajan al 30% de su capacidad operativa. La Fundación Favaloro cerró dos de sus tres sedes en Buenos Aires para ahorrarse los alquileres y no tener que despedir a cincuenta empleados. Una medida tomada a la luz de que las prácticas ambulatorias cayeron entre 50 y 70% y las internaciones entre 45 y 50%. “Nunca habíamos experimentado una caída tan drástica de atención de pacientes” asegura Oscar Mendiz, su director de Cardiología y Cirugía Cardiovascular.

Especialistas en diversas disciplinas, en tanto, advierten sobre las eventuales consecuencias que tendrá para los pacientes la postergación de las consultas y el seguimiento de sus tratamientos. Patologías como la diabetes, las cardiopatías, la obesidad, la hipertensión y el colesterol podrían agravarse. También es un problema que no se realicen prácticas como ergometrías, ecocardiogramas, colonoscopías, endoscopías y hasta simples análisis clínicos que, en casos, sirven para diagnosticar enfermedades graves.

Mientras, circulan ciertas esperanzas. La primera es sanitaria: no enfermarse o, literalmente, sobrevivir al coronavirus. La segunda es económica: que las medidas de aislamiento no provoquen un daño irreparable a la actividad productiva, que se traduzca en cierre de empresas con su consecuencia de desocupación y pobreza. La tercera es de índole menos clasificable: que tras el impacto global de la pandemia seamos mejores personas, alumbremos mejores sociedades y construyamos un mundo mejor.

Por las redes sociales circulan imágenes de cisnes en los canales de Venecia y de animales salvajes paseándose por ciudades de Europa. Hasta las municipalidades de Mendoza y de Godoy Cruz admiten que apenas veinte días después de que las calles se quedaran casi sin autos, con menos transporte e industrias cerradas se redujeron notoriamente los niveles de dióxido de nitrógeno y monóxido de carbono. Remiten a visiones casi idílicas, que varían entre la mística y la perogrullada.

La semana que termina, en cambio, se parece más a un déja vu. Estos días de confinamiento presagian que las mismas diferencias nos acechan a la vuelta de la esquina. La grieta que alimentamos con prejuicios y desprecios nos espera el día después. ¿Mejores?