Guerras de vanguardia: las dos caras que pintan la política internacional

Guerras de vanguardia: las dos caras que pintan la política internacional
Guerras de vanguardia: las dos caras que pintan la política internacional

La miniserie “El guardaespaldas”, y la sexta temporada de “House of cards” se miden en Netflix como relatos sobre los problemas políticos.

Hace cinco años, solamente cinco años que parecen un siglo, Beau Willimon nos dejó con la boca abierta e inauguró una nueva forma de concebir productos audiovisuales para el consumo personalísimo e individual del streaming. 

Es que "House or cards", que fue una de las primeras series producidas exclusivamente por Netflix, generó paradigmáticos cambios en el consumo cultural y también en la concepción narrativa de estos contenidos adictivos que hoy se adocenan en los catálogos.


    House of Cards. Tiene a Robin Wright como protagonista en su sexta temporada.
House of Cards. Tiene a Robin Wright como protagonista en su sexta temporada.

Hasta la llegada de esta serie, Netflix era un videoclub en línea que permitía ver producciones de la tele de un solo tranco. "Breaking bad" fue uno de los ejemplos referenciales. Pero fue con "House of cards", punta de lanza de creación de contenidos originales de la plataforma, que la compañía se mimetizó con las conexiones neuronales de los espectadores, al punto de que su nombre es hoy sinónimo de un tipo de práctica y consumo cultural global.

No obstante "House of cards" tiene también otros logros: instaló la lógica de producción de alta calidad, con estrellas rutilantes de las carteleras de cine arribando a la tele (Robin Wright y Kevin Spacey, oscarizado y también productor del envío); la firma de directores cinematográficos codiciados en el ambiente, como David Fincher ("Red social", "Zodiac"); un lenguaje narrativo más propio del cine que de la tv (memorables son los juegos de cámara y el concepto de fotografía de Fincher en la primera temporada); la fórmula del atracón, que se impuso con la disponibilidad de todos sus capítulos a la vez.

Pero "pasaron cosas"; y bien vale la frase en este contexto ya que la trama de la serie es la política, y este tanque que parecía invencible luego de sus Emmy, Globos de Oro y más, comenzó a empantanarse en un escándalo del que también fue pionero: el #MeToo, que se llevó puesto a su protagonista y productor, Kevin Spacey.

Para ser justos, hasta la temporada 2, "House of cards" fue memorable. De ahí en más, las sucesivas vueltas de tuerca de los guiones -como sucede con todas las series que elongan sus peripecias hasta el extremo- comenzaron a distorsionar la imagen del hombre poderoso que era Francis Underwood protagonizado por Spacey. Así, verlo lloriquear como un bebé ante los embates de los enemigos que él mismo gestó se volvió un ejercicio soso e insoportable.

Los que se mantuvieron fans de la serie en las sucesivas temporadas hasta la 5, que fueron muchos millones, siguieron con pasión las retorcidas tramas conspirativas, incluidos homicidios y toda clase de horrores, que él y su esposa-freezer Claire tejían en soledad para sostener el poder a cualquier precio.

Caído el ídolo Francis-Spacey, la productora le encontró la vuelta a la fatalidad: quedaba la vicepresidenta interpretada por la extraordinaria actriz que es Robin Wright para continuar la saga. Con estos planes llegó Claire Underwood a calzarse el trajecito sastre de la primera presidenta mujer de Estados Unidos (en la ficción porque en la realidad Hillary Clinton se quedó comiendo los codos).

¿Pudo Wright suplir la carencia de Spacey? ¿Puede "House of cards" tener un digno final con estos nuevos ocho episodios? Sí y no.

Sí, porque la tremenda Robin se pone al hombre esta serie con una soltura y decisión que pocas actrices en la industria pueden tener. porque los guiones le dan algunos giros al trama que permiten reflexionar sobre otras cuestiones también contemporáneas, como el género. Pero, la fórmula del éxito lleva seis años de acción y está cansada, gastada y llega a su conclusión como todos estos productos: estirada en exceso.   

El terrorismo no se mancha  

Otro asunto muy diferente es la reciente "Guardaspaldas", creada por Jed Mercurio y dirigida por John Strickland ("Mr. Selfridge", "Poirot"), que en el Reino Unido se convirtió en suceso de audiencias de la última década cuando la BBC la emitió, hace un mes, en el país de origen.

El envío es una miniserie de 6 episodios que nos dejan sin aliento.


    Guardaespaldas. Convincente envío sobre el terrorismo y los países centrales, que lo alientan y “construyen”.
Guardaespaldas. Convincente envío sobre el terrorismo y los países centrales, que lo alientan y “construyen”.

La extraordinaria factura de la serie, tiene escenas memorables. Y, para dejarnos shockeados e invitarnos a la continuiudad, basta con el arranque del capítulo 1, donde la primera secuencia a bordo de un tren, en la que el protagonista desactiva un ataque terrorista, es sencillamente prodigiosa.

Es verdad que esa maravilla no se sostiene en los últimos tramos del final, pero la elegancia de la puesta y la fotografía, la eficacia narrativa, los giros ingeniosos del guión y las atmósferas de suspenso adrenalínico la convierten en un producto de alto impacto y solvencia indiscutible. Se agradece la brevedad como un plus que "House of cards" no ha conocido en su ambición por convertirse en chicle.

La trama hace foco en dos historias que corren en paralelo y cruzadas entre sí: la vida privada de David Budd, un veterano de guerra que trabaja como especialista en protección para la realeza y para la Policía Metropolitana de Londres y su trabajo como guardaespaldas de la secretaria de estado Julia Montague, cuya visión política apoya todo lo que él odia: una posición de hierro en contra del terrorismo y la inmigración.

Así, Budd se mueve en el escurridizo laberinto de cumplir con su deber y sujetarse a sus creencias.

Aunque hay una que otra reminiscencia con la película que hizo famosa a la parejita de Kevin Costner y Whitney Houston, de este tenor este "Guardaespaldas" tiene poco y nada.

Es que lo interesante de este producto audiovisual no son tantos sus propuestas formales de lenguaje sino el abordaje ideológico y conceptual del tema.

La miniserie viene del Reino Unido, país que se ha empeñado en alianzas estratégicas con Estados Unidos y Francia, para emprender una lucha contra el terrorismo internacional que ha dejado más desgracias que efectos positivos; y que contiene en su seno las retorcidas maniobras del poder central para perpetrarse en el trono con sus aires derechosos y racistas.

Y es justamente esta crítica: ácida, dura, implacable, la que se extiende por todo el metraje de los capítulos de "Guardaespaldas". Quien guste del "backstage" de la Sala

Oval estadounidense o lo que esconde la casa del primer ministro inglés encontrará más sustancia en esta serie que en “House...”. Por ahora no ganan los buenos pero como cuentito cinéfilo, sí la flema británica.

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