martes 29 de septiembre de 2020

El proceso de estigmatización al trabajo de la mujer minera - Por Natalia Casadidio
Opinión

El proceso de estigmatización al trabajo de la mujer minera - Por Natalia Casadidio

El proceso de estigmatización al trabajo de la mujer minera - Por Natalia Casadidio

Lamentablemente, me encuentro en el deber de responder al texto de tres científicos sociales que contiene una refutación a mi nota del 18 de enero publicada por este medio.

En primer lugar, pido disculpas a los doctores D’Amico, Liceaga e Ivars por haberme dirigido a ellos en la red social del pajarito y en un programa de radio como la “patota de doctores en Ciencias Sociales del Conicet que se unieron para ningunear mi opinión”.

Sin embargo, sigo sosteniendo que la Universidad, a diferencia de varios de mis colegas, no me formateó; al contrario, ayudó a formarme.

Por otra parte, en contraste con muchos profesionales de las ciencias sociales, tengo la gran oportunidad de trabajar en el campo y con realidades que es muy difícil de observar detrás de un escritorio.

Si bien comprendo esta situación y estoy acostumbrada a que me critiquen y agredan por no calzar en el molde que una socióloga debería tener, me veo en la obligación de no dejar pasar lo que ellos quieren implementar: un proceso de estigmatización al trabajo de la mujer minera y a la actividad en general.

En este proceso se busca un “chivo expiatorio” (la mujer minera, la minería, etc.) que surge en los tiempos de crisis en los que los miembros de la sociedad buscan su franca exclusión, sea como una suerte de víctima propiciatoria o liberadora de todos los males (Girard, 1986) (Ludueña, 2017).

La estigmatización es ampliamente abordada por muchos investigadores del Conicet como el gran trabajo de Kessler (2012) que habla de estigmatización residencial. Yo le llamo, a lo que hacen los doctores respondientes, estigmatización ocupacional.

Para no entrar en el ámbito académico y poder explicar el gran valor de ser mujer minera, pedí permiso a mi amiga Elena para contar su historia.

Su madre le dio ese nombre en honor a la revolucionaria Elena Dmítrievna Stásova.

Cuando muy pequeña, su familia tenía unas hectáreas donde cultivaban ajo además de otras hortalizas y frutas (el puchero más rico del mundo lo hacía su madre Lorenza).

Un año de heladas y malas cosechas hizo que perdieran todo. En un acto de desesperación vendieron su pequeña porción de tierra a un terrateniente, quien abarcó una inmensidad de fincas para instalar un monocultivo desplazando la diversidad que tenía ese lugar. De este modo pasaron de ser pequeños productores a empleados de este latifundista.

Con un sueldo mínimo, que ganaban todos los miembros de esa familia, apenas les alcanzaba para comer. Es así que mientras yo pude ir a la secundaria, Elena se quedó ayudando a sus padres.

No puedo olvidar el día que cumplimos 18 años. Yo soñaba con viajar por el mundo, mientras que ella combatía los dolores de las grietas de sus manos, producto de las quince horas diarias de trabajo intenso en las grandes plantaciones. Pasaron los años y nos distanciamos ya que decidí formarme en Chile.

En este tiempo Elena postuló al llamado de una minera. Me contó que inesperadamente fue seleccionada. La empresa la capacitó y Elena comenzó a manejar un camión “fuera de ruta”.

La pequeña Elena, de 1,55 m operaba un camión del tamaño de un edificio de cuatro pisos. Arriba de esa gran máquina Elena se sentía grandiosa, empoderada. Era feliz.

Su sueldo era en blanco, ganaba en un mes lo que antes hacía en un año como cosechadora; tenía obra social, vacaciones y un sinfín de beneficios. De a poco su poder adquisitivo le permitió ayudar a su familia. En el lapso de un año sus padres volvieron a tener tierra y pudieron retornar a sus vidas.

Elena estuvo en la empresa por diez años de la cual renunció para volver a sus raíces.

Hoy, junto a su esposo Fidel, esperan su primer hijo. Producen melón junto con otros cultivos porque saben el valor de la diversidad. Gracias a sus ahorros proveniente de la minería logran hacer frente a las infortunios que muchos pequeños productores no pueden.

Ahora cito textualmente lo que significó para ella ser mujer minera: "Le dije a la empresa que no tenía secundario, no les importó. Que yo nunca había manejado ni una moto, no les importó. Ellos vieron en mí cualidades que la sociedad siempre me negó. Me dieron oportunidades que nunca imaginé. Me enseñaron el valor de la seguridad y del cuidado del ambiente. Mis compañeros y compañeras siempre me respetaron y me votaron durante cinco años seguidos como la mejor conductora de un fuera de ruta".

Esta historia sólo me lleva a preguntar: Ustedes doctores del Conicet ¿creen que pueden gratuitamente asociar minería con prostitución? ¿No les parece una simplificación que cuestiona la inteligencia de los lectores?

Usted diputada, ¿cree que Elena es débil y que las mineras pudieron hacer uso de su cuerpo?

Entiendo que el discurso asociativo (agua + cianuro; minería + destrucción del ambiente) les sirvió para hacer derogar una reforma que incorporaba la participación ciudadana; órganos de control como el Instituto Argentino de Nivología, Glaciología y Ciencias Ambientales; fortalecía las audiencias públicas y el rol de los municipios; creaba un Fondo de Compensación para la Gestión Integrada del Recurso Hídrico y Saneamiento, entre otros puntos que la actual Ley no tiene.

La 7.722 permite que las mineras se instalen bajo paupérrimos controles. No obstante, los invito que dejen por un momento las ideologías enceguecedoras y la utilización del miedo como mecanismo de manipulación, y paren con esta asociación que está dañando a muchas Elena.

El trabajo de la mujer y el hombre minero es digno y es el sustento de muchas familias.

Sí, es posible una minería sustentable en lo social y en lo ambiental. Empero, evidentemente hay otros intereses que no quieren que la historia de Elena se repita.