jueves 28 de enero de 2021

El padre del niño mira al niño sin decir nada - Por Oscar Guillén
Sociedad

El padre del niño mira al niño sin decir nada - Por Oscar Guillén

Tras la publicación de 10 cuentos inéditos, Los Andes ofrecerá ahora cada domingo "Cuentos mendocinos contemporáneos".

  • domingo, 7 de junio de 2020
El padre del niño mira al niño sin decir nada - Por Oscar Guillén

Para Antonia

Como siempre que empiezan los ruidos en la habitación contigua, la mujer le susurra  al niño que vaya a jugar al patio, o mejor a la galería, donde hay sombra. Además, le pide encarecidamente que no salga a la calle, puede ser peligroso: está el Viejo de la Bolsa, la Bruja Malvada, el Hombre de la Mano Cortada.

Los ruidos son casi siempre a la misma hora, como a las tres de la tarde, cuando el sol es más fuerte. Entonces el niño debe refugiarse a la sombra de las glicinas en flor, junto al perro de la casa que a esa hora está tranquilo, porque cuando Capitán comienza a ver gente, pierde el control, se vuelve loco y persigue a todo el mundo, no sólo a sus amos sino a cualquier inquilino, y Doña Chela, la dueña de la pensión, se pone como loca y empieza a echar al animal de todas partes, sobre todo de la cocina, porque el perro pierde pelo, pierde pelo por todos lados y la comida es sagrada. Ella, la gorda —dice la madre del niño—, es la que ha vuelto loco al perro, al loro y al perro. “¿Para qué tendrán animales?”, se pregunta la madre para sí y el niño la escucha.

El niño, acariciando al perro a la sombra de las glicinas, por primera vez asocia el sonido que proviene de la habitación de Martín con la orden de su madre; es una intuición que ha tenido y que lo ha hecho sorprenderse de sí mismo, mientras sentado cerca de la puerta de su vecino escucha con claridad cómo los ruidos de la cama aumentan en intensidad, acompañados por la voz ahogada de Martín. Silencio.

Ahora que los ruidos han desaparecido por completo, el niño puede volver a la habitación, ver a su padre que —acostado, de espaldas a su mujer — finge dormir, mientras ella, silenciosa, se dedica a cortar las telas blancas del Hospital o a hilvanar un guardapolvos porque a esa hora la máquina no se puede usar.

Cuando el niño entra en la habitación, abriendo y cerrando la puerta rápidamente, ve cómo el resplandor del sol cubre todo por un instante y todo se hace blanco hasta que la semipenumbra vuelve  a ganar  la habitación que la memoria del niño recorre cegado por el cambio de luz: la cama matrimonial donde está su padre, la mesa de luz con la lámpara, la camita del niño, la mesa de su madre cubierta de telas blancas y el ropero negro y alto, con el espejo en la puerta donde —desde este ángulo— se ve a su padre con los ojos desmesuradamente abiertos, mirando el espejo.

El niño desea decirle a la mujer que ya no es necesario que lo saque en las siestas porque ha descubierto que los ruidos son de la cama de Martín, pero inmediatamente recuerda que ella no soporta que hable del vecino y, aunque no le diga “Malandra” como los demás, no le gusta nada que él dé moneditas para caramelos siempre y cuando el pequeño diga que es de Racing Club de Avellaneda, que toda la vida va a ser hincha de la Gloriosa Academia.

Sintiéndose invisible en la oscuridad, el niño se acuesta en  la cama sin  hacer el menor ruido, levanta los pies hacia el techo y hace como si pedaleara en el aire. Cuando sus pupilas se  habitúan a la penumbra, recupera la imagen de su madre que, tijeras en  mano, corta las telas siempre blancas del hospital.

Protegido por la mirada de su madre que lo mira, el niño  baja las piernas y se deja ganar por el sueño, como si el sueño fuese lo único que pudiera completar el paisaje de silencio y oscuridad que para el niño es la siesta, pero antes de dormirse se pregunta por qué su mamá no puede hacer ruido a la siesta con la máquina y el Malandra de Martín -que es Cafisho y no tiene máquina- sí. El niño se duerme.

II

Antes de irse a trabajar, la madre lo viste y lo lava y luego lo peina mojándole el pelo con agua y unas gotas de limón y, como siempre, le recomienda encarecidamente que no se ensucie, mientras el padre enciende la radio y se queda mirando el aparato como si fuera a descubrir algo, imágenes que el niño por ser niño nunca podrá percibir. El hombre se lava en la palangana de losa blanca con flores celestes, girando lentamente la cabeza repetidas veces hacia la radio; se peina igual que el niño: se moja el pelo y se pone unas gotas de limón, luego vuelve a sentarse en su silla mirando fijamente la radio en el preciso instante en que se anuncia la Cabalgata Deportiva Gillette. Después de la audición, el padre sale al patio que todavía está caluroso aunque Doña Chela haya regado las plantas del jardín y sacado al loro de la habitación; Doña Chela impone silencio absoluto en la siesta y es ejemplo: después de almorzar, guarda en su propia habitación al loro gritón.

El padre del niño y don Patini salen puntualmente al patio para conversar sobre lo mimos, los dos escuchan religiosamente la Cabalgata, y luego lo repiten con pasmosa exactitud, como si ninguno de los dos supiera que el otro ha escuchado lo mismo. Generalmente quien habla es don Patini, el marido de doña Chela, porque el padre del niño casi nunca dice nada, el padre del niño está enfermo, sólo se limita a escuchar y rara vez repite mecánicamente algo que escuchó o leyó en el diario que siempre le presta el Malandra de Martín, pero lo que el niño no alcanza a comprender es que su padre se quede sin concluir las frases, con la mirada extraviada, eso —lo ha dicho su madre — es parte de la enfermedad.

Don Patini no quiere ni escuchar hablar de Martín. Siempre dice, agradezca que paga la pieza con puntualidad porque si no lo pondría de patitas en la calle. Cuando pasa esto, el padre del niño lo mira sin decir nada, porque está  enfermo, sí, pero también porque Martín siempre le presta el diario y además le resulta absolutamente igual que el  Malandra de Martín sea de Racing y peronista.

Don Patini trata a Martín de Malandra, Peronista y Cafisho, y encima “Racinguista”,  pero nunca se lo dice en la cara, sino cuando este se marcha. A decir verdad, el viejo lo odia desde el día en que le enseñó al loro a decir  “dale Academia nomás”, lo que resulta para el viejo algo así como un pecado pues es de los Rojos a muerte, sino basta saber cómo Don Patini se hizo de Independiente: Don Patini dice que nació la noche que conoció a Don HipólitoIrigoyen, cuando tenía veinte años y entró por primera vez a un Comité Radical, y desde esa mágica noche se hizo de los Rojos porque el Comité quedaba en Avellaneda. Y así  empezó a militar en el Partido —el de antes, no este de ahora — y tanto militó que al año llegó a ser guardaespaldas  y chofer personal del “Peludo”.

En el patio, don Patini y el padre del niño hablan únicamente de la Cabalgata, y a veces se sientan frente a una mesita blanca a tomar mate, ocasiones en que el viejo aprovecha para contar distintas versiones de su vida junto al presidente ante la atenta mirada del niño a quien le encantan estos relatos porque después los cuenta en la escuela y queda como si se las supiera todas. Aunque luego la maestra le diga que tiene que saber la Historia del Padre de la Patria, qué es... San Martín, o la del Creador de la Bandera, qué es... Belgrano, o la de Sarmiento, Maestro Ejemplar. Pero no esas habladurías sobre Yrigoyen que fue político, no Prócer de la Patria.

El padre del niño mira al niño sin decir nada, de Oscar Guillén | Ilustración: Gabriel Fernández.

Lo que más le gusta al niño es la forma en que don Patini  cuenta mil y una historias haciendo como si estuviera sentado en el coche del Presidente, con las manos sobre el volante y mirando cada dos por tres por el espejo retrovisor, mientras habla y no deja de hablar, hasta caer en la historia preferida del niño, la de Berazategui. Era de noche y el camino estaba desierto cuando los comenzó a seguir un auto negro, y les disparó más de veinte tiros. Justamente son los tiros —más de veinte — lo que le gusta al niño, porque en ese preciso momento hay que mirar por el espejo hacia atrás y esquivar las balas como en las películas del cine y esto al niño le fascina aunque nunca logre entender el final. Pasado el peligro, el Presidente sigue hablando tranquilamente con Fernández, un asustadísimo que le prepara los discursos y a quien le dice: “vio, don Macedonio, por qué usted escribe los discursos y soy yo quien debe poner la cara”.

III

El niño  sabe  por qué le dice a Martín que es de Racing: por las moneditas para caramelos, aunque después cuando esté solo en su habitación, recorte las fotos de los jugadores de Boca que salen en el diario y las guarde en el cuaderno viejo, junto a las del año pasado, cuando los xeneizes salieron campeones. Pero, dubitativo, el chico no sabe si cuando sea grande deberá elegir entre radicales o peronistas, como ahora elige ser de Boca y no de Racing; de lo que está seguro es de que cuando sea grande no le van a gustar los caramelos, porque su papá y su mamá —que son grandes — no comen caramelos.

Al niño, de pie junto a su padre —que está sentado junto a don Patini alrededor de la mesita del patio— le gustaría ser Peronista, Boquense y Cafisho, pues asocia ser cafisho con los impecables trajes que usa Martín, por no hablar de la gomina que le mantiene el pelo siempre bien peinado aunque se saque y se ponga mil veces por día el sombrero; a él no le gustaría ser como don Patini, que siempre sale al patio en camiseta y con esa panza, aunque le encantaría ser  chofer del presidente, pero para eso tendría que hacerse soldado, porque el presidente de ahora, ese que derrocó a Perón, es militar.

Por la poca luz que queda en el patio, sabe que su madre está por llegar y, en cuanto entre, piensa decirle  que cuando sea grande va a ser Peronista, Boquense, Cafisho y Chofer del Presidente. Pero a Martín, que acaba de salir de su habitación, no le puede decir lo de Boca, porque ahora es un mal momento, pues su vecino acaba de decirle al loro “dale Academia nomás”, y el loro repite “dale Academia nomás”. Por lo pronto lo mejor será callar porque don Patini se ha puesto colorado y ha dejado de  hablar de Yrigoyen y ni siquiera ha podido contestar el saludo de Martín, que dice  como siempre “buenas...” y se toca gardelianamente el sombrero, dejando la puerta entreabierta, lo que indigna aún más a don Patini que dice furiosamente: “¡Malandra! ¡ Malandra de mierda!”.

Martín  debe haberse cruzado en la vereda con la madre del niño, y tal vez se hayan mirado con esa extraña manera que ha observado alguna vez —piensa el pequeño— al ver entrar a su madre, mientras  sale  corriendo a besarla como todos los días, recordando ahora fragmentos de ese sueño que tuvo hace tiempo: iba con su madre y de la nada apareció Martín, y los tres, de la mano, se dirigieron al circo. Al ver la carpa, él les pedía que caminaran más rápido, que se apuraran, pero ellos, mirándose a los ojos de una forma extraña y reconcentrada, lo ignoraban; este sueño es desconcertante para el pequeño, ya que en cierta ocasión ha sorprendido a su madre y al vecino mirándose de la misma manera, en el patio, en la vida real, pero no  puede recordar qué fue primero, si el sueño o la realidad.

La madre  ya no lo levanta en brazos, porque dice que él  es grande y ser grande le crea cierta confusión porque luego a cada instante ella le dice “el chiquito de mamá”, como ahora que le toca el cabello ensortijado y lo besa en la frente, para luego dirigirse a la cocina con doña Chela quien está con la sábana en las manos para tapar la jaula de ese loro malandra, concepto que desconcierta al niño, quien  piensa que Martín puede ser Malandra, pero el loro no, pobre, el loro es una criaturita de Dios, sólo aprende lo que le dicen, el loro no habla, repite, aunque no vaya a la escuela, repite.

Doña Chela se olvida de tapar la jaula del  loro mientras que el niño, indeciso, no sabe si ir a la cocina con las mujeres o regresar al patio con los hombres. Finalmente, desde la puerta de la cocina observa como don Patini no deja de decirle Malandra a Martín y mira con rabia al loro, quien junto a las glicinas y ante los gritos del viejo, se ha vuelto loco, loco igual que el perro que va de la cocina al patio sin poder parar; el perro —el muy tonto— no se da cuenta de que es el loro quien lo llama, Capitán, Capitán, dice el lorito y luego sin poder parar, dice rica la papa-bonito el loro-dale Academia nomás-a dormir el lorito-Viva Perón.

Los loros no hablan: repiten, le ha dicho mil veces la madre al niño y éste le ha dicho mil veces al loro “Viva Perón”, pero el perico nunca lo ha repetido; si el muy tonto pensara  —porque los loros no piensan, por eso no hablan, repiten— se daría cuenta de que ha elegido el peor momento para decir “Viva Perón”, inocente frase que en boca del animal ha servido como disparador para que  don Patini salte de la silla como si le quemara, se ponga colorado y diga “la reputa que los parió”, para luego salir corriendo a su habitación, ante la vaga presencia del padre, que mira a su hijo sin decir nada, a pesar de que sabe que ha sido éste quién le ha enseñado al loro a decir “viva Perón”, y tal vez no dice nada porque está enfermo y por eso lo mira  ausente, extraviado, vacío.

El niño se queda asombradísimo cuando ve a don Patini salir de su habitación con una escopeta, una escopeta de verdad, mientras que el padre se levanta de la silla y sin querer, tira el mate  de la mesita blanca y se acerca a don Patini que apunta hacia la jaula y dispara, asustando al  niño que junto a la pared de la cocina se tapa —tarde — los oídos que le zumban como si el disparo fuera un sonido que se expandiera una eternidad, lugar remoto desde donde el niño debe regresar con rapidez,  ya que su padre toma la escopeta  sin decidirse a disparar, como desconociendo el blanco, y la mira de esa forma remota, exiliada, que su hijo sabe reconocer: mira a la escopeta igual que a la radio, como algo que él, por ser pequeño, no puede ver.

Pero no hay tiempo para pensar esas cosas que tanto turban al niño, ya que el viejo le señala la jaula donde el animalito aletea salvajemente y grita tan desesperado como la madre que atropella al niño al salir de la cocina  y dice “Dios mío Dios mío puede hacer una barbaridad”, mientras se acerca a su marido, pobre, que no dice nada, que no hace nada, que está enfermo, para quitarle el arma y decir “están locos, están locos”, y llorando, un tiro se le escapa justo cuando el perro trata de atrapar al loro, por lo que el disparo cumple casi a la perfección el dicho popular: dos pájaros de un tiro, a no ser porque Capitán es un perro.

El niño se ha tapado los oídos antes del disparo pero igual siente como un remolino en la cabeza. El niño tiene miedo y espera que su padre no diga nada.

(del libro Las formas de la telenovela, 2000).

(*) Nació en la Ciudad de Mendoza en 1964. Estudió Letras en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNCuyo. Vivió en Buenos Aires y en Barcelona. Luego se dedicó al periodismo. Trabajó en Diario Uno y actualmente lo hace en Los Andes. Publicó Las formas de la telenovela, nueve cuentos para mujeres (Atril, Buenos Aires, 2000), libro de relatos que recibió una mención del Fondo Nacional de las Artes, y la novela En el horizonte de los sucesos (Primer Premio Vendimia de Novela, 2019).

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