jueves 13 de agosto de 2020

De paseo a la muerte: historias y secretos del cementerio de Capital
Sociedad

De paseo a la muerte: historias y secretos del cementerio de Capital

La necrópolis de Ciudad alberga miles de almas de mendocinos, pero también ha sido testigo de escenas dantescas.

De paseo a la muerte: historias y secretos del cementerio de Capital

Cada lápida cuenta una historia. En las fauces de la tierra se desvanecen sueños, frustraciones, años de existencia; hombres y mujeres que alguna vez hicieron suyo el mundo. Allí, donde el silencio es ley y el olvido amenaza, lo efímero se concreta de manera incómoda para quienes recorremos los caminos sacramentales.

Llegando al 1100 de la calle San Martín, rodeado por murallas amarillas, descansa gran parte de nuestro pasado. Las almas que alberga el Cementerio Municipal de la Ciudad de Mendoza son muchas.

No podemos ver a quienes hace tiempo dejaron de existir. Pero no es difícil imaginar que, ataviados con sus trajes de antaño, recorren el espacio que la eternidad reservó para ellos.

Por las noches, cuando la ciudad calla, algunos creen percibir silbidos, gritos y llantos. Aterradores todos, pues parecen partir de las entrañas del camposanto. Otros, no escuchamos nada similar. Pero nos acercamos para buscar respuestas, deseando recrear vidas y costumbres. Fragmentos de aquel rompecabezas al que denominamos "historia".

Antes del cementerio

Aún no dan las 15 y nos aventuramos en el interior de la necrópolis capitalina. Aunque hoy resulte increíble, antiguamente los mendocinos no eran sepultados en espacios separados, sino en iglesias, hospitales o conventos. Semejante costumbre no tardó en volver inhabitables esos lugares. Pensemos que por entonces ir a misa significaba exponerse permanentemente al olor de cuerpos en descomposición o a diversas enfermedades, pues las tumbas solían ser poco profundas. Un escalofrío nos recorre de solo evocar la experiencia.

La más antigua. Mausoleo de la familia Palma, que murió en el terremoto. | Orlando Pelichotti / Los Andes

Mientras atravesamos tumbas y panteones, tratando de no perder detalles, las diferencias sociales se vuelven patentes. El poder adquisitivo que tuvieron algunos salta a la vista a través de fastuosos mausoleos. En ocasiones nos hallamos ante verdaderas obras de arte que contrastan con la humildad de otras tumbas. Dicha situación nos resulta injusta, pero antiguamente marcar esas diferencias resultaba primordial.

Como señalamos los difuntos ocupaban espacio en los templos eclesiásticos. Allí, los de mayor jerarquía eran sepultados junto al altar. Los pobres terminaban acopiados en patios o directamente eran destinados a espacios rurales junto a esclavos y aborígenes. Para el mendocino promedio, la mayor aspiración se encontraba en terminar cerca de la pila bautismal.

La tradición quedó amenazada cuando en 1828 se decidió la construcción del cementerio. Inmediatamente la Iglesia Católica se opuso. No es de extrañar: significaba una gran amenaza para su poder y sus ingresos. Hasta entonces todo estaba en manos cristianas y cada entierro era bastante caro. Los religiosos vendían el espacio y los hábitos con que se vestía al difunto. Estos intereses encontrados frenaron la construcción del espacio lúgubre durante algunos años. Recién se concretó en 1846, casi dos décadas más tarde.

Si bien hoy se encuentra repleto, para que la gente comenzara a utilizarlo se prohibieron los enterramientos intramuros. Además, fue establecido el trato igualitario. Pero dichos cambios tardaron en cumplirse. Se siguió inhumando en iglesias y cuando no, se utilizaron placas para clasificar las tumbas entre "distinguidos", "plana mayor" -es decir, los militares- y "vulgo". Rasgos propios de una humanidad arrogante, incapaz de entender la naturaleza igualitaria de la muerte.

Terremotos, perros y epidemias

Seguimos adelante. En el sector histórico, un mausoleo roba toda nuestra atención. Se encuentra asombrosamente de pie, a pesar de su corroído estado. Al acercamos descubrimos que pertenece a la Familia Palma, víctima del destructivo sismo que en 1861 casi hizo desaparecer Mendoza. Para nuestra sorpresa se trata de uno de los sepulcros más antiguos, ya que aquella catástrofe también derribó el cementerio.

La historia de ese episodio es verdaderamente dantesca. Entre el caos y la desesperación ocasionados por el terremoto, cientos de perros atacaron las tumbas abiertas. Ante la mirada atónita de los transeúntes, los animales arrastraron cadáveres hacia la calle para alimentarse salvajemente. En la búsqueda de evitarlo se colocaron "corrales" de metal que protegen los sepulcros. Actualmente se los puede ver en la zona más antigua del camposanto.

Orlando Pelichotti / Los Andes

En ese momento, la situación fue alarmante. A lo largo de la segunda mitad del siglo XIX -y parte del XX- nuestra provincia no controló de modo efectivo la reproducción canina. Los animales conformaron verdaderas jaurías que recorrían los caminos cuyanos atentando contra vivos y muertos.

De vuelta a 1861, el desorden se mantuvo a lo largo de dos décadas. Naturalmente, con una ciudad en ruinas, la "mansión de los muertos" no fue prioridad. En ese lapso se perdió la ubicación de numerosas tumbas, entre ellas la del mítico Félix Aldao. Gracias a los hermanos Ariel y Fabián Sevilla -destacados historiadores mendocinos- tenemos una ubicación aproximada de sus restos. Se estima que estaría cerca de las de Néstor y Washington Lencinas.

Las autoridades volvieron a posar sus ojos en la zona recién en 1883. Entonces, una ordenanza municipal estableció que los cajones a la vista en monumentos o panteones fuesen sellados. De lo contrario el personal del lugar los colocaría en huecos comunes o bajo tierra. Médicos del Hospital Municipal realizaron las revisiones necesarias. Recorrieron durante meses los quietos senderos, zigzagueando entre lápidas con presteza.

También Luis Carlos Lagomaggiore visitó el lugar. Meses más tarde, cuando fue elegido intendente de la Capital mendocina no dejó de preocuparse por realizar mejoras. Lamentablemente su labor se vio opacada por la epidemia de cólera más apocalíptica que sufrió la región. La muerte llegó a Buenos Aires en 1886 de la mano de un inmigrante italiano. Inmediatamente el gobernador Rufino Ortega ordenó cerrar la frontera de Mendoza y desde la presidencia -a cargo de Julio Argentino Roca- se le obligó a levantar la restricción. Así, el cólera hizo estragos en nuestra provincia.

Orlando Pelichotti / Los Andes

Fue entonces que la poco oportuna muerte se apoderó de nuestras calles. Por temor al contagio algunos vecinos solicitaron que los carros del cementerio no estacionaran cerca de sus hogares. Muchas víctimas de la enfermedad terminaron en improvisadas fosas comunes. Los empleados municipales se negaron a realizar enterramientos. Entonces se obligó a los internos de la Penitenciaria a llevarlos a cabo. Como era de esperar, muchos se contagiaron.

Por entonces el principal problema era que Mendoza carecía aún de un sistema de agua corriente. La población se abastecía de ríos y canales, que también utilizaban para tirar despojos. Se cree que fallecieron cerca de 4.000 personas de una población reducida 20 años atrás por el terremoto, lo cual representó un número significativo.

Curiosidades

Hoy, quienes se acercan al cementerio suelen preguntarse por qué pertenece a la Capital, aunque geográficamente se encuentra en Las Heras. La respuesta es bastante sencilla: antiguamente la Ciudad de Mendoza incluía esa zona, pero con la reorganización de límites pasó a ser parte del departamento vecino. Fuera de lo esperable, la urbe no renunció a sus muertos y jurídicamente aún le conciernen.

Retomando el hilo de nuestra aventura, pasadas un par de horas deseamos ya regresar a la bulliciosa ciudad. Pasamos entonces por el Panteón Policial. Su dimensión intimida: se trata sin dudas del más generoso de todos, probablemente porque durante mucho tiempo el cementerio dependió de la Policía.

Orlando Pelichotti / Los Andes

Estamos a punto de abandonar el lugar, cuando la llegada de un nuevo huésped nos impacta. Por momentos el llanto de los suyos se mezcla con el eco gutural de las palomas que, impávidas, anidan entre nichos vacantes. Pensamos en la primera vez que ese triste ritual tuvo lugar. Aquel 1° de agosto de 1846, cuando los padres del pequeño Juan Moisés Gómez (de cuatro meses) lo sepultaron. 

Dan casi las 18. Nuestra visita no puede prolongarse más. Las puertas del cementerio están por cerrar y con ellas sus secretos. Nos alejamos pero pensamos en regresar. Aún queda mucho por descubrir allí, donde el silencio es ley y el olvido amenaza.

*Luciana Sabina es historiadora y social media manager. Desde 2013 colabora en Los Andes. En 2016 publicó el libro "Héroes y Villanos", sobre historia argentina del siglo XIX. Fue parte de los proyectos multimedia "La Epopeya", "La Revolución" y "Sarmiento", producidos por este diario.

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