martes 29 de septiembre de 2020

Cuando la mentira es la (pos)verdad
Sup. Cultura

Cuando la mentira es la (pos)verdad

Si una noticia es cierta o no, ya poco importa. En la era de la distorsión y la manipulación deliberada, todo vale para modelar la opinión.

Cuando la mentira es la (pos)verdad

Corría el 2016, un año inexplicable. Un  año que desconcertó al mundo, con noticias que parecían importadas de otro planeta. Por ejemplo: se votó el Brexit, ganó Donald Trump y, más cerca de nosotros, triunfó el "No" en el plebiscito sobre los acuerdos de paz en Colombia. Sucesos sin explicación, decían: ¿por qué las mayorías eligen la división, la demencia, la guerra?

Y no tardó en aparecer una explicación para todo ello. Una palabra que contenía todos los males y todos los remedios: la posverdad. Ese término circuló tanto que se puso de moda en editoriales y análisis políticos. Y tampoco tardó en llegar al diccionario: el Oxford eligió en 2016 a "post-truth" como palabra del año y la definió así: "[la posverdad] Denota circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal".

Es decir: los males de la política del mundo se deben a que el proceso de formación de creencias de cada persona está contaminado; sobre todo, por las llamadas "fake news". Y no es que antes las noticias falsas no existieran, es que ahora las noticias verdaderas ya no importan.

Darío Sztajnszrajber (filósofo y divulgador en ese campo) se explayó sobre este tema en una entrevista reciente a este diario: "La posverdad es un concepto nuevo para un tema tradicional, que es la crisis de la verdad. En nuestro tiempo se relaciona con el rol de los medios, la informática y la sociedad de consumo. El problema tiene que ver con una tensión entre dos polos: que la verdad en sí misma es inaccesible, es una construcción, siempre es interpretación que se impone, y deja abierta la posibilidad a interpretaciones que entran a debatir con esa interpretación hegemónica".

Completó: “Al no haber una verdad absoluta, el sujeto tiene la posibilidad de armar su propia verdad. Partiendo ya de una idea que quiere demostrar, siempre va a encontrar el modo de hacer encajar en la realidad lo que él supone, o necesita demostrar. Por otro lado, esto nos habilita la mentira, que no es lo contrario a la verdad; porque se trata de lo que se hace con esa información para engañar al otro o a uno mismo. Lo contrario de la verdad es el error, el que miente sabe la verdad pero la oculta”.

Como todo lo que sucede en la era digital, la posverdad no puede separarse de internet, es, de hecho, un fenómeno que nace de la proliferación desmesurada de noticias. Porque si el periodismo ha explotado (como sugería el investigador y periodista Ignacio Ramonet en el título de un libro suyo de 2011), las partículas que lanza al espacio esa explosión son millones de noticias.

Él ya la sugería cuando este fenómeno aún no encontraba un nombre: “Debido al estallido, multiplicación y sobreabundancia de información, ésta se encuentra literalmente contaminada, envenenada por mentiras de todo tipo, intoxicada por los rumores, las deformaciones, las distorsiones y las manipulaciones”, escribía.

Y si es que vivimos en una cultura mediática, como sostenía el sociólogo y especialista en medios Roger Silverstone, la asociación no parece gratuita: es inevitable, de hecho.

Es que vivimos en una cultura donde los medios son nuestro aire, son esa atmósfera de la cual nos nutrimos y de la que no podemos separarnos. Silverstone explicaba que los medios podían pensarse como "profilácticamente sociales", porque sustituyen nuestra experiencia del mundo y nos "protegen" de él. Es decir: interpretamos el mundo a través de los medios.

¿Pero qué tanto podemos saber del mundo ahora, en el caos de la información? Cuando todo lo que aparece circulando en internet parece ser cierto, y cuando son insondables los mecanismos para verificar o contrastar información por parte de los usuarios, ¿qué terminamos “conociendo”, finalmente?

Porque hay otro hecho constatable: de toda la marea informativa, son pocas las noticias que quedan en nosotros y no se volatizan en el camino. ¿Y cuáles son las que incorporamos? La posverdad da la respuesta: las que confirman lo que ya pensamos.

El diagnóstico asusta de antemano. Internet,  que supuestamente había democratizado la información, y las redes sociales como Facebook, cuya primera misión era "dar a la gente el poder de construir comunidad y acercar al mundo", nos han vuelto seres frágiles. Seres que tienen atrofiada su percepción del mundo.

Aquí entra otro factor más para entender la posverdad: la burbuja informativa. 

Es sabido -por ejemplo- que las ganancias de Facebook provienen principalmente de la publicidad que vende (vende en realidad nuestros datos, que son el gran capital de Mark Zuckerberg).

Es por eso que el objetivo de Facebook siempre fue que sus usuarios pasaran la mayor cantidad de tiempo posible en él. Y la estrategia para capturar ese tiempo ha sido crear un ecosistema agradable para el usuario, a través de una hazaña de la IA (Inteligencia Artificial): su algoritmo, el EdgeRank, se hace una imagen de nuestra personalidad y nos ofrece lo que queremos. Por eso, filtra las noticias y nos muestra solo aquellas que concuerdan con nuestras creencias. Quiere que asintamos, y no que nos enojemos.

Una digresión: la Universidad de Cambridge ha descubierto que con 100 likes Facebook puede describir aspectos de la personalidad como la orientación sexual, el origen étnico, la opinión política, la religión, el grado de inteligencia, el consumos de drogas y la constitución familiar. Apenas con 50 likes más, el algoritmo puede predecir nuestro comportamiento mejor que lo haría nuestra pareja. Con 250 likes, el algoritmo conoce nuestra personalidad mejor que nosotros mismos.

Esta "burbuja" informativa nos lleva a interactuar solo con gente que piensa como nosotros. Dialogamos con nosotros mismos o, en realidad, monologamos. Y el hábito de consumir las mismas noticias nos hace, evidentemente, más propensos a creer todo lo que leemos. Así se sigue erosionando la "verdad".

Y la posverdad tiene sus consecuencias, claro. Martin Hilbert, uno de los expertos en Big Data en Silicon Valley, ya ha llamado la atención: los gobiernos usan las "fake news" para manipular a los votantes. Así surge la necesidad de repensar las instituciones a través de las cuales nos veníamos organizando socialmente hasta ahora. Él piensa en adaptarlas a la eficiencia de los datos; otros, en ponerle un límite político y ético al desarrollo de la tecnología.

Esto nos obliga a plantear el término en cuestiones más físicas que metafísicas. Porque detrás de la posverdad hay hábitos, negocios, políticas, políticos, interfaces, números y dineros. Todo en esa pequeña pantalla de celular que Byung-Chul Han ha definido como el nuevo confesionario contemporáneo.

Un confesionario que sabe de nuestras risas y nuestras lágrimas, siempre. Después de todo, las religiones ya nos han enseñado algo hace mucho tiempo: la verdad es una cuestión de fe.