jueves 3 de diciembre de 2020

Crónicas urbanas sobre el coronavirus: una serie de eventos desafortunados
Sociedad

Crónicas urbanas sobre el coronavirus: una serie de eventos desafortunados

Nuestra periodista ve una serie en Netflix y, bajo su influencia, ve todo lo que le pasa ese día... que es poco.

  • jueves, 16 de abril de 2020
Crónicas urbanas sobre el coronavirus: una serie de eventos desafortunados

Mendoza. 16 de abril. Día 28 de aislamiento D.V.

Mi día, mi reflexión, mi parálisis, el aturdimiento que me tiene llena la cabeza no arrancó hoy al abrir los ojos. Empezó a la madrugada.

De nuevo el insomnio. Esa sensación en el cuerpo, rarísima, como la del aura previa al ataque epiléptico. Bielinksky: siempre viene a mí el cine para explicarme algo.

No es que no me pude dormir sino al contrario. En lo profundo de mi sueño escuché a lo lejos el ruido de una pelota de fútbol rebotando contra un portón. Con furia, rítmicamente: paf, tac, PUUUM… paf, tac, PUUUM… paf, tac, PUUUM…

Me desperté asustada. “Es en la pieza de mi hijo”, musité. Salté de la cama como un resorte mudo y en puntas de pie pegué la oreja a la puerta. Silencio.

El ruido seguía. Me guiaba. Adormecida y temerosa, con paso felino empecé a bajar las escaleras. En mi aura vibraba la amenaza de un ataque. ¿Alguien entró? ¿Qué es ese ruido? Seguía. Con furia, rítmicamente: paf, tac, PUUUM… paf, tac, PUUUM… paf, tac, PUUUM…

Fui encendiendo las luces a mi paso. A medida que me acercaba a la puerta del patio el sonido era más fuerte, más nítido. Cuando subí las escaleras hasta la terraza vi una luz blanca, fría, iluminando el cielo oscuro de la noche sobre la casa de al lado.

Me acerqué a la medianera. Ya despierta entendí que sí: era el vecino pateando con furia una pelota contra su portón de metal. Locura: 4 de la mañana. No me atreví a decirle nada. A explicarle que yo lo estaba escuchando.

Volví a mi habitación, apagué todas las luces e hice el intento de dormir. Imposible, la descarga desesperada del vecino me atravesaba el pecho.

Desvelada encendí un cigarrillo, apuré el ron que tenía por ahí cerca -soy de las que aumentó el consumo de alcohol durante la pandemia pero relajado-. Me senté en la cama y con la pelota rodando como telón de fondo supe que no dormiría esa noche. Que acompañaría ese desquite desaforado del vecino con el sentimiento.

Puse Netflix para que la sensación aurática me sumergiese en otro estado más propio, más mío que la bronca de al lado.

Capítulo 4 de “Rey Tigre”, un documental que arrancó como un apunte bizarro sobre los dueños de zoológicos privados en Estados Unidos pero ha ido convirtiéndose en una vidriera nutrida de explicaciones sobre por qué, el imperio de la codicia, está cayéndose a pedazos con el virus.

La avaricia, la fiebre del oro que ya no existe -desde el ‘70 que no avala a esos papelitos que nos tenían rodando como hamsters en la bicicleta que ellos pedaleaban-, la impunidad, el mal gusto, el desborde grosero-grotesco, la violencia y su culto a las armas, el sexo procaz, la extravagancia mugrienta, la megalomanía. Todo eso es “Rey Tigre”. También Trump y sus lógicas que de nada le han servido. Hoy más de 30 mil muertos.

El virus todo lo desnuda, lo lindo y lo feo también.

Esa cosita que no está ni viva ni muerta le decretó el nocaut a Wall Street, la bolsa de Tokio y las prolijas cuentas a la alemana.

Todo cayendo bajo el avance rojo del bicho.

El “Rey Tigre” de la serie - que se hace llamar Joe Exotic- también va camino a la debacle en una apasionante concatenación de delirios psicopáticos sobre el dinero y su “yo”; que para él son la misma cosa.

El tal Joe Exotic es un gay maltrecho por un accidente, con un peinado a la cubana de los ‘80 teñido de platinado, gorrita de béisbol adherida al cráneo, botas de vaquero, piercings y tatuajes, cadenas en el cinto en cartuchera con pistola, un rifle siempre en la mano, una palabra inmunda saliendo de su boca en continuado, maridos-niños desdentados que retiene gracias a la metanfetamina, el porro, la merca. Muchos tigres de su propiedad y de todo tipo a los que encierra, rebana, acaricia, vende o latiga entre besos.

¿No es acaso una metáfora perfecta?

Mi mente, envuelta en aura, lo pensó mientras veía el capítulo de Netflix. Mezcla de ideas, confusión: “es casi un sinónimo de un sistema basado en la codicia que cae con estruendo ante esta cosa semiviva que ha venido para retarlo a duelo”.

El virus llegó a decirnos que así, no. Pero Joe Exotic no escucha a nadie. Está ebrio del poder que cree tener en esas parvas de papelitos verdes que se le van volando por los aires.

Hoy los héroes son las gentes que trabajan en la salud y en la ciencia, no las armas.

Esta mañana la idea de la codicia siguió apareciendo como signo en diversos gestos. La clave está en los detalles, hoy.

Mientras daba mi clase, insistiendo en hacer videollamadas con Zoom, un montón de titulares, todos juntos y al unísono, la derribaron de un plumazo. Frente a mis ojos.

Estática y perpleja por la efectividad imbatible de esta pandemia leí en uno de los tantos artículos periodísticos internacionales: “Todas las denuncias sobre Zoom argumentan que la compañía no sabe controlar su explosión mundial y deja importantes agujeros sin cubrir… se descubrió que Zoom le permitiría a un atacante robar las credenciales de acceso de los usuarios que hacen clic en un enlace...”.

Plata, avaricia, espionaje.

Caída en picada de las acciones de esa empresa. Catástrofe económica desencadenada en microsegundos. Lluvia de wasap en mi teléfono: “no la abras, no la uses con los chicos, un padre le prohibió al hijo…”.

Zoom, herida, bajo el sablazo viral.

Con el cadáver de la aplicación aún humeando en mi computadora pasé a la plataforma educativa para seguir mi clase con los alumnos. Yo sigo moviéndome a tientas en este mundo que se sacude en labilidad. Por eso continúe con lo mío.

En estos días vamos pateando cadáveres como papeles que lleva el viento.

Por la tarde, todavía frente a la computadora. Mente en pausa. Aura vibrando ya sin sonidos que la amenazaran pero en alerta, más noticias: “Argentina hizo la oferta a los bonistas”. “Los bonistas alegan que tienen espalda para esperar que se vaya este gobierno nuestro y venga uno que los quiera más ellos”.

La codicia, de nuevo, que se resiste a la retirada; pensé mientras seguía.

La codicia que no entiende el apocalipsis que tiembla a su alrededor, que no ve el agujero inmenso abierto por el virus en esta tierra para que ella caiga directo al infierno, donde los papelitos que la sostienen arderán; como antes lo hicieron los libros del Quijote cuando ella reinaba.

Sigo moviéndome entre este bombardeo de guerra, sigo porque no sé qué más hacer.

Y mientras escribo, en el reposteo de Guadalupe Carnota que hice ayer en facebook sobre la avaricia de algunos artistas, me saltó una respuesta de la querida Analía Garcetti: “Así es Patri...y las palabras de Guadalupe también tienen sentido. Habiendo tantos colectivos y asociaciones por qué se sigue pensando que desde lo personal se puede resolver”.

Yo le contesté, mecánica: “es muy loco que se repitan las prácticas que ya son de otro tiempo. Hay que estar a la altura de lo que está sucediendo. Era preciso decirlo en este momento. De esto tenemos que salir distintos, o no salimos”.

Volvió a mi cabeza la imagen de Joe Exotic y sus cientos de tigres-objeto. Su debacle irremisible.

Mi aura se agitó. Detrás del muro volvió a sonar la pelota con furia, rítmicamente: paf, tac, PUUUM… paf, tac, PUUUM… paf, tac, PUUUM…

Son los ruidos de la caída, los gestos desesperados, las balas de cebita que pretenden dar por tierra con el bichito. Fuera bicho, muera bicho.

No entienden. Yo tampoco, pero confío en mi aura que se serena cuando pienso: “de esto tenemos que salir distintos, o no salimos”.