Crónicas urbanas sobre el coronavirus: "todos para uno y uno para todos"

Crónicas urbanas sobre el coronavirus: "todos para uno y uno para todos"
Crónicas urbanas sobre el coronavirus: "todos para uno y uno para todos"

Nuestra periodista, en el encierro, se ve invadida por el optimismo y la felicidad ante varios gestos solidarios inesperados.

Mendoza. 30 de marzo. Día 11 D.V.

Segundo y último día de franco. Sí: aquí, en el encierro, también hay diferencias entre días laborales y no.

Hoy, descanso. Me vuelvo más errática, más redundante, más dispersa, más aislada. Mucho menos interesante, entonces, para cronicar. Saco rápido dos conclusiones: el trabajo socializa y ordena.

Otra revelación más trae el virus. Cada día un aprendizaje: no sé disfrutar del ocio. O, mejor dicho, entiendo al ocio como el no-trabajo, y toda yo me vuelvo inconsistente.

Tengo que parar. Tengo que parar. La vida es corta, esta es una certeza que sobrevuela desde que la pandemia se hizo presente.

Anoche vi una película que me dejó enamorada.

Enamorada de todo: de este momento, de los que amé y me amaron, de los que me aman hoy, de lo que fui, de lo que soy ahora, de mi potencial yo. Una pelícua que me inundó de belleza. Se llama "Un largo viaje hacia la noche", es del chino Bi Gan y si querés sentirte así, como yo en este instante, mirala. Está en Netflix.

Y entonces hoy, al abrir los ojos, el oriente no me representa una amenaza sino una posibilidad. Dejo entre paréntesis las profecías oscuras de Byung-Chul Han y me sumerjo en la hermosura de Bi Gan, en su humanismo absoluto, estremecedor.

Anoche escuché al presidente anunciándonos la extensión del encierro. No fue dramático sino gozoso. Dijo cosas que necesitaba escuchar en este largo viaje hacia la noche en que estamos todos, cada uno desde su casa. Habló de solidaridad, de salvarnos juntos. El rey de los mosqueteros: "todos para uno y uno para todos". Hay belleza en eso.

Hoy, a diferencia de la mirada del filósofo surcoreano, elegí leer otras. Varias campanas afinan la mía. Por eso, arropada en la sensación de la película que me duró toda la noche y lo que va de esta mañana, encontré el pensamiento de otros notables.

Alessandro Baricco piensa que este virus vino para obligarnos a ser más generosos: “no hay dinero público suficiente para paliar los efectos de la crisis que se avecina”, dice el tialiano. Entonces, hay que redistribuir.

Hmmm, no está mal. O sea... El que tiene mil millones de dólares en su cuenta, nos pasa un cachito a los que la tenemos en rojo y a los que ni siquiera la tienen. No está mal.

Zizek, tipo que me cae divinamente, está seguro de que el virus nos va a obligar a pensar otras formas sociales más solidarias y de cooperación, otra manera de entendernos con la idea de nación y Estado.

Estoy optimista esta mañana: dispersa, errática, lábil y optimista. Con ese espíritu agarro la mopa con lavandina y la emprendo contra los virus que durante la noche se haya instalado en los pisos de mi casa.

Voy repasando habitación por habitación mientras escucho música y bailo. Cuando limpio, siempre bailo. Vamos bien.

Hoy cedí mi privilegio de salida a uno de mis hijos: me siento generosa. Total, puedo caminar a gusto mientras friego y a la tarde tengo programada mi clase virtual de pilates. Moverme, me voy a mover.

El chico vuelve de la compra con una sonrisa de lado a lado. Me cuenta: "no sabés, mamá. El verdulero... ¿viste cómo es? Bueno... el ver-du-le-ro (lo resalta con voz de sorpresa) nos dijo a los que estábamos haciendo la fila, que lo íbamos a tener que esperar porque iba a ayudar a una viejita que no puede salir y está sola. ¿Qué genial, no?".

Qué genial, el verdulero ya no es el verdulero desde que llegó el virus. O, al menos, está empezando a ablandarse; y no es poco.

Cerca de las 4 entra un wasap. Es del dueño del local que estamos alquilando con mi socia.

No quiero ni abrir este aparte para contarles la angustia en la que estamos por el proyecto cultural en el que nos metimos, que se llevó todos nuestros ahorros y no hemos podido abrir, ni ver florecer. Será en primavera, como corresponde.

Quedó, como nosotras, en suspenso; pero sigue consumiendo dineros que ya no tenemos. Somos guerreras, que venga el virus, le ponemos el pecho con la certeza de que no vamos a menguar. Esa es la conclusión a la que arribamos en la última reunión virtual para analizar la gravedad del asunto. Somos guerreras y locamente osadas.

Cuestión es que salta el wasap a las 4. Veo que es él, el hombre que nos alquila. Una nube de reactualización, con todas las teorías oscuras que ayer me invadieron, empieza a esbozarse.

Play: "Pato, buen día... cómo estamos... Bueno, no muy bien debés estar con todo este quilombo (se refiere al proyecto en pausa), más todo el laburo que tenés. Escuchame... hemos hablado para que el mes que me tenés que pagar ahora no sea el total, sea la mitad, para darte una mano...".

Saltar, es poco. No es una mano: es la mismísima gloria. Y nada de tener que pedírselo bajo alegato de normas que decretó el gobierno -y que no tenemos muy claro si nos incluyen-, sino que él, ÉL, sin mediar súplica, se puso en nuestro cuerpito y sufrió el... "quilombo".

Suena en la tele el noticiero. Denuncia a los que quieren aumentar sin norte, despedir, cesantear, dejar en banda.

"Todos para uno y uno para todos". El verdulero, mi paseo cedido, el locatario, la viejita solitaria, el presidente y mi socia que, cuando le cuento, exhala un suspiro que llega a la Luna.

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