Crónicas urbanas sobre el coronavirus: resignarse es luchar

Crónicas urbanas sobre el coronavirus: resignarse es luchar
Crónicas urbanas sobre el coronavirus: resignarse es luchar

Nuestra periodista descubre que la inacción es la forma, en épocas de pandemia, de volverse más activo.

Mendoza. 1 de abril. Día 13 de aislamiento. D.V.

Hoy es un día de número fatídico, dicen los que creen en brujas y monstruos. Para mí es un día. Un día igual a otro día, y distinto a los que ya viví o viviré.

Ninguna rutina se parece, aunque las creamos idénticas. Son los detalles los que hacen la diferencia y es ahora, en esta época, donde los detalles y los peligros microscópicos están en zoom. La pandemia pone blanco sobre negro en todas las cuestiones que dábamos por sentadas. Hay brujas, hay monstruos, hay caminos inescrutables.

Por eso el abrir los ojos esta mañana no es el mismo que el de ayer. Esta vez me habita una cierta entrega. Es una concesión interna, pacífica y liberadora, que ha ido tomando forma a través de los días. Hoy se expresa plena: acato, acepto, me detengo.

Pero el detenerse de este tiempo de virales no es la quietud de la muerte, no la mía; precisamente lo contrario: me he vuelto más creativa, más exótica en mis búsquedas, más selectiva en mis gustos, más precisa en las palabras. En todos los sentidos.

Y yo, que pensé que a mi edad ya no cambiaría nada. Somos organismos vivos, mutantes como el virus; tan voraces como las palomas que ahora se adueñan de los minimarkets y las redacciones de los diarios.

"En Estados Unidos vuelcan los cuerpos en camiones frigoríficos porque no dan abasto", escucho que dice la tele hace un rato. "Se les está empezando a caer la careta a muchos en este tiempo", dice otro tramo del noticiero refiriéndose a los ricos que pretenden sus prácticas del pasado. Una historia de unos mil años atrás, desde hace 20 días, que ya no ha lugar.

En ese mar de muertos y vivos que anuncian las noticias yo me muevo en otra frecuencia. Nado haciendo la plancha. En la de la quietud; sosegada.

Esta mañana, antes de ir a la compra empecé a leer a un teórico que amo especialmente. Y lo amo por el humor, la irreverencia, la índole punk y fumona con la que anuncia fatalidades. Todas ligadas con los territorios de pensamiento en los que me muevo: la comunicación, la semiótica, el psicoanálisis.

Se los presento: se llama Bifo Berardi -hasta el nombre es adorable-. A Bifo le gusta provocar, como a mí, por eso lo siento próximo.

Hoy leía esto de él: "... El organismo sobreexcitado del género humano, después de décadas de aceleración y de frenesí, después de algunos meses de convulsiones sin perspectivas, encerrado en un túnel lleno de rabia, de gritos y de humo, finalmente se ve afectado por el colapso... La revolución ya no era pensable, porque la subjetividad está confusa, deprimida, convulsiva, y el cerebro político no tiene ya ningún control sobre la realidad. Y he aquí entonces una revolución sin subjetividad, puramente implosiva, una revuelta de la pasividad, de la resignación. Resignémonos. De repente, esta parece una consigna ultrasubversiva".

Iluminada por el virus, una vez más. Coincidencia total. Lo que dice Bifo es lo que me habita desde esta mañana: la resignación. Esbozo una sonrisa: estoy "ultrasubversiva". No hay un estado que me guste más en este encierro en el que parece que nada sucede.

Otra vez camino bajo la lluvia finita y fría hacia el supermercado. Otra vez salí sin protección y me muero de frío. Hay cosas que son esenciales, puro ADN cultural e identitario. Eso no se me hace carne, también lo pienso con resignación: "nunca me acordaré de traer el paraguas".

Cuando llego a la fila hay otro pulso. No más gente, la misma calle solitaria, la lluvia cayendo suave, la inmovilidad de siempre. Pero nada es igual. Lo noto: los resignados estamos en paz y eso nos vuelve más afables, más dados al otro, más cuidadosos del detalle: aprendimos que ahí están las sorpresas.

Me instalo y se pone detrás un hombre. Dos metros de distancia no le impiden la charla. Cuando me doy vuelta mecánicamente para mirar quién llega, hace el gesto que abre puertas: la sonrisa amable con toda la cara. Le sonrío y emprende una charla con tintes de seducción; pero hoy, como todo, es distinta: es mirándome a mí y no a su deseo. Se entrega primero: "hoy es mi primer día de salida después de estar 18 encerrado", arranca. Y sigue una narración sincera sobre quién es, qué siente, qué piensa, qué no, qué espera, qué no. Por pura solidaridad ante tanta exposición frente a una desconocida, recibo lo que tiene para darme pero no devuelvo más. Cierra con un acto de pasividad mansa: el encuentro conmigo será ese, lo que dura la charla de diez minutos en la fila del supermercado. Se da por satisfecho; y está bien que así sea.

Todo fluye hoy en ese tono. La posterior conversación con funcionario de cultura que está desbordado por cosas del virus, y poco puede hacer por pensar en otras que no sean frenar la pandemia. No puede, lo sabe, hace lo que tiene a mano y se deja. El hombre sigue en su lucha eterna contra la naturaleza. Sigue perdiendo, claramente.

Todo fluye hoy en ese tono. La posibilidad de hacer, la imposibilidad de hacer, las ideas truncas, las que florecen. Aquello que en el tiempo del A.V. habría sido estrés y desasosiego es ahora aceptación de las limitaciones.

Por eso no tengo mucho más para narrar y, sin embargo, lo digo todo. "Cansada de procesar señales demasiado complejas, deprimida después de la excesiva sobreexcitación, humillada por la impotencia de sus decisiones frente a la omnipotencia del autómata tecnofinanciero, la mente ha disminuido la tensión. No es que la mente haya decidido algo: es la caída repentina de la tensión que decide por todos. Psicodeflación". Te amo, Bifo. Vos lo expresás mejor que yo en este día de mansedumbres sin tragedias, de flirteos sin tensión, de monstruos que paralizan para volvernos activos y mancomunados.

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