Crónicas urbanas sobre el coronavirus: los peligros nos acechan, adentro y afuera

Crónicas urbanas sobre el coronavirus: los peligros nos acechan, adentro y afuera
Crónicas urbanas sobre el coronavirus: los peligros nos acechan, adentro y afuera

Nuestra periodista charla con una amiga que le revela una situación que no esperaba. En tanto, las palomas vuelan por donde antes hubo gente

Mendoza. 31 de marzo. Día 12 de aislamiento, D.V.

Gris y fresco. No estoy preparada para que empiece el invierno en estas condiciones. Pero después de la oleada de amor y esperanza que experimenté ayer, siento que puedo tirar un par de nublados más.

Hoy es día laboral. Empieza una rutina rara que ha venido con el virus: sentarse a la notebook durante horas, en mi casa, con la tele de fondo, e intervalos para caminar por el living, subir la escalera. Sin interacción física con otros que no sean mis hijos.

Los descansos son distintos también. En el diario me levanto a fumar un pucho en la terraza. Acá voy para el sillón, me tiro un rato a ver la tele. Saco el noticiero, basta de muertos, de calamidades.

Me engancho con un documental sobre la historia del Louvre -todas calamidades- hasta que salta el wasap. Es la diagramadora, avisándome que llegó a la Redacción y es hora de arrancar.

Hoy también cedí mi dosis de mundo exterior a otro de mis hijos. Tenemos una rutina muy bien organizada y plácida. Fluye amorosamente, en armonía: con turnos para que los tres disfrutemos de la calle, de cocinar, de la tv, de la música, de los libros.

Nos reunimos a charlar durante el almuerzo -ventaja del teletrabajo- y la cena. También tenemos encuentros esporádicos y divertidos cuando caminamos para estirar las piernas por la casa. Nos reímos de un meme, revisamos una noticia sobre la pandemia, una reflexión sobre en qué está el mundo. Algo más de las charlas con el afuera.

La comida hoy la preparo yo. Decidimos entre los tres, sin ninguna tensión, que queremos un arroz con verduras para dejar de lado la carne unos días. Perfecto.

Antes de ir a la faena de la cocina, me contacto con mi jefe para contarle los temas que llevaremos en la edición de mañana. Estoy querendona, emotiva, con ganas de expresar el cariño y le tiro un: "los extrañoooooo".

Él me retribuye y adjunta un par de fotos sorprendentes: una paloma se metió en la Redacción que ahora está casi vacía. Una paloma-periodista, una paloma que camina a sus anchas en el área de Deportes, donde las máquinas duermen.

La otra foto es de un minimarket. En el lugar no hay personas sino más palomas en el piso, picoteando las miguitas; tan invisibles como el virus que ahora les permite a ellas ir tomando los espacios que antes eran nuestros: de los humanos.

De esto se trata, como siempre, pienso: de una lucha constante entre el hombre y la naturaleza. Vamos perdiendo, claramente. Y desde hace siglos: me acuerdo del Louvre.

Deslumbramiento que trajo el virus: el mundo se pone exuberante y hermoso cuando nosotros nos aislamos. ¿Molestamos, acaso?

Mientras estoy revolviendo el wok donde la comida va tomando buen aspecto, me llama una amiga.

Antes tuve otros contactos. Gente con la que no hablaba hace años o conozco poco; historias que habían quedado truncas, no resueltas, mal resueltas, bien resueltas, irresueltas, inexistentes. Se retoman o se cierran, según la emoción y conveniencia.

"Médicos y no bombas, médicos y no armas inteligentes de certera puntería", escucho en la tv mientras escribo. Fidel Castro en uno de sus discursos memorables, que pasa por la pantalla a modo de "queremos paz".

El mundo puertas afuera oscila entre el miedo y el amor. Puertas adentro, parece que también.

El virus nos mueve a buscarnos, a reconocernos, a reencontrarnos. Pero también a dejar atrás aquello que ya no cuaja. Como si este tiempo de aislamiento hubiese abierto la puerta a un "mirarse al interior" que revisa, chequea, resetea todas las decisiones que parecían definitivas.

Decía. Mientras revuelvo el wok hablo por teléfono con mi amiga. Le cuento lo de las palomas, lo de los raros llamados.

Ella devuelve. "¿y vos cómo lo estás pasando?, ¿qué tal la convivencia con tus hijos?". Estamos bien. Le digo lo de la fuidez amorosa y armónica.

"¡Qué suerte tenés!". Me tira con voz crispada. No entiendo. "Es un tiempo delirante. No sabés la cantidad de amigas con las que estoy hablando que ya no aguantan más a sus parejas. Que se quieren divorciar", completa.

Me río con la imagen de una lidiando con la presencia constante del otro. "Te lo digo en serio -reafirma-. Están hablando, pensando en divorciarse". "Me jodés". "No, no... He hablado con varias que están ya charlando el asunto con sus parejas. ¡Y una de ellas hace nada más que dos años que está viviendo con él!". Está aterrada, sorprendida, mi amiga.

Yo soy más grande, ya lo sé. Una relación perfecta es la que se lleva a la distancia; una distancia suficiente como para poder desplegarse. La convivencia... Le tiro esta hipótesis, que es mía por grande y por no necesitar proyectos de familia para armar. Ella está en otro momento. De ahí el pánico. Las amigas que piensan el divorcio están ahí mismo, en esa edad.

Más evidencias virales: estamos en un tiempo en el que el otro nos invade. No soportamos el contraste con la diferencia. No soportamos al otro, como un otro.

No es el caso de las palomas, que caminan de a varias en el piso del minimarket, se comparten las miguitas, el territorio y la posibilidad de reapropiación que han descubierto. Nos colonizan en bandada.

Salta el wasap. Un link que viene del otro lado de la montaña, de alguien con quien no hablaba hace años. Ahora sí. Ahora es otro tiempo, otra vida, otro mundo.

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