Crónicas urbanas sobre el coronavirus: en aislamiento, ¿me controlo o me controlan?

Crónicas urbanas sobre el coronavirus: en aislamiento, ¿me controlo o me controlan?
Crónicas urbanas sobre el coronavirus: en aislamiento, ¿me controlo o me controlan?

Nuestra periodista repara en aspectos insospechados sobre el control del aislamiento que antes no había tenido en cuenta.

Mendoza. 29 de marzo. Día 10 D.V. (después del virus...: en mi vida)

Nublado.

Nublado el cielo, nublado el juicio. Así me desperté esta mañana. Pero no me siento mal para nada, ¿eh? Al contrario. Mi cuerpo y mi mente se han adaptado perfectamente a la nueva vida: horarios erráticos, mucho tiempo de teletrabajo frente al ordenador, un deambular sin rumbo de habitación en habitación, única conexión con el mundo a través de la virtualidad, y una caminata diaria de cuatro cuadras, al mediodía, para la compra.

De la paranoia de ayer ya casi no queda nada: he podido razonar con bastante facilidad que en el encierro casi absoluto es poco probable que entre el virus. No imposible.

Soy juiciosa. Apenas llego de la calle agarro la lavandina: limpio el changuito y paquete por paquete de lo comprado. Antes de realizar el procedimiento, me la paso por las manos. Dejo todo aireando en el mueble del living dispuesto para la ocasión -y sí: la fisonomía de mi casa va cambiando lentamente, según los nuevos hábitos-. Voy al baño, hago mi rutina de "I will survive" mientras paso el jabón por mis dedos 20 segundos. Y, si tengo dudas, me cambio la ropa con la que salí.

Dudas significa, en esta instancia, un concienzudo repaso mental de qué rozó mi ropa y qué no. De ese examen surge si es preciso cambiarme.

Los zapatos me los dejo. Hasta hace tres días tenía unos preparados para salir y otros para estar en casa, pero el asesor del presidente explicó por la tele que, excepto que te pases los zapatos por la cara, es difícil que el virus entre en los ojos, la boca o la nariz si la pandemia tomó tus pies. Para ser previsora me conformo con una esponjita de lavandina en cada una de las suelas; y ya.

Esta mañana, como es día de franco, cambié la rutina. En lugar de instalarme frente a la computadora, me puse a leer. La estructura permanece intacta, las variaciones son mínimas. Así es como mejor tengo el control. Me tranquiliza.

Como venía hace un tiempo inmersa en historias ficticias decidí leer un ensayo. Y me topé con una nota interesantísima del filósofo de moda: Byung-Chul Han.

El tipo es suceso por varios motivos: es un rarito surcoreano que vive en uno de los países mejor conceptuados del mundo, Alemania; se especializa en lo que la big data puede producir en la humanidad -tema cool y actual si los hay-; y tiene un aire de fatalidad en sus escritos que cala hermosamente con los aires de época.

Sus argumentos son formidables. Casi profecías en las que "Terminator" o "Westworld" se vuelven fábulas infantiles porque, amigos, para Byung-Chul estamos con una pata pisando el "1984" de Orwell y su ojo-Gran-Hermano-que-todo-lo-ve-y-controla. Somos humanos-robots adoctrinados hasta en las costumbres. Mansos y tranquilos, entregados a lo que el poder decida: cómo, cuándo, por qué, para qué, dónde... existimos.

"Sospechan que en el big data podría encerrarse un potencial enorme para defenderse de la pandemia -leo en el artículo que escribió este filósofo para el diario El País de España-. Se podría decir que en Asia las epidemias no las combaten solo los virólogos y epidemiólogos, sino sobre todo también los informáticos y los especialistas en macrodatos".

"¿Cómo?", me pregunto. Me acuerdo de la noticia que vi hace un par de días sobre los policías chinos vestidos como astronautas y con unos lentes que detectaban la temperatura de la gente. El que tenía unas líneas demás era inmediatamente aislado junto con todos los que estaban alrededor.

"Bah -pienso-. Cosas de primer mundo. Acá qué lentes ni lentes. Acá, no". Al instante, pienso de nuevo: "¿es que la pandemia no me enseñó nada? Si algo aprendimos con este virus es que el mundo es una aldea sin fronteras, una casa común, un mismo lugar".

El corazón se me acelera: torrente de dudas y preguntas. Despejo la idea. Me concentro en lo mío: el súper.

Camino bastante relajada, inspirando el aire de la calle que me sabe más puro que el de mi casa. Ya aprendí cómo son las rutinas que ahora me guían, y las tengo controladas. Soy muy consciente de a qué distancia paso de alguien que va en sentido contrario. Sé qué toco con el chaguito y con mi ropa: trato de que sea "nada más que mi mano".

Llego al mercado y todos, todos, estamos a dos metros de distancia unos de otros. Nos saludamos con sonrisas más anchas que puedan suplir la imposibilidad de tocarnos. Me parece divino, cálido. Oleada de buen humor. Me digo: "este filósofo asiático no conoce a los latinos".

Diez minutos, quince minutos. La cola avanza en mutis. Lenta. La ausencia casi absoluta de sonido que hay en la calle es sobrecogedora: la gente se mueve y habla como si fueran mimos.

Me empieza a picar la cara. Increíble cómo ahora mi cerebro controla el movimiento que antes era automático, tocarme la cara con las manos. Es pura conciencia así que, nada. Ni un dedo. Muevo la nariz de un lado y para el otro a ver si se me pasa, me aguanto. La mano a la cara, no.

Mientras estoy en estos padecimientos reparo en que los que me rodean más o menos están igual. Un chico, al que se ve que la barba le molesta, mueve la pera de un lado a otro para aflojar. Una señora que tiene un mechón entero de pelo arriba del ojo se lo quita con un vigoroso cabezazo.

No soy la única que aprendí. Parecemos perros recién entrenados. Diez días han hecho falta para que los movimientos del cuerpo cambien rotundos: las demostraciones de afecto ahora son gestos; el cumplimiento de las reglas ya mandatos adquiridos mansamente. Nos hemos vuelto pulcros y obedientes.

Me voy acercando a la entrada del súper y veo un cartel inmenso que dice: "Señor cliente: para prevención y cuidado de todos en esta emergencia sanitaria no se deja ingresar a más de una persona (el una está resaltado con rojo) por familia. No insista". Adelante mío hay una pareja que charla, despreocupada; los dos con el cuerpo descansado sobre el carrito. Me sobresalto: "¡uy!, no han visto el cartel o disimulan. ¿Se los digo? No: botona no soy. Que se los diga el guardia: a ver si el cartel es una formalidad o una orden".

Avanzamos. Llegan a la puerta. El pibe, con su gorrita y su uniforme, pone cara de bulldog y les dice: "solo puede ingresar uno". El hombre protesta blandamente -hay silencio, para gritar no da-, miente diciendo que vio antes entrar a una pareja; pero no hay caso. Entra ella. "Era una orden", pienso.

Ya en casa, día franco, me tiro al sillón a ver una pelicula. Elijo un documental muy bueno que se llama "One child nation" y habla sobre cómo el gobierno chino impuso durante años su política del hijo único en el país. Pavoroso y revelador.

Salta el wasap que he dejado olvidado todo el día y es una amiga, que vive cerca de mi casa. Está ahí de cuarentena. Charlamos un rato. No le pregunto dónde está, porque es obvio. Corto. Abro el instagram y hay una foto de ella con unos vinitos en la mano. Ubicación del posteo de hace 5 minutos: Chacras de Coria.

"¡Qué!, ¿cómo?, ¿se fue de su casa?, ¿habrá violado la cuarentena?". Las preguntas involucran dos respuestas: "hay que denunciar y lo supe sin moverme del sillón de mi casa vía gps activado".

"Maldito filósofo", pienso. Enciendo la tele de nuevo. Netflix. Una comedia romántica divina y reparadora: es coreana.

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