jueves 13 de agosto de 2020

Crónicas urbanas sobre el coronavirus: el primer paseo se transformó en un raro martirio
Sociedad

Crónicas urbanas sobre el coronavirus: el primer paseo se transformó en un raro martirio

Nuestra periodista, desacostumbrada a caminar, hizo sus 500 metros cuadrados con más dudas que certezas.

Crónicas urbanas sobre el coronavirus: el primer paseo se transformó en un raro martirio

Mendoza. 28 de abril. Día 40 de aislamiento D.V.

Hoy cuando desperté lo primero que vino a mi mente fue que llegué a un número “redondo” de encierro.

El dato es esencial. En tanto tiempo viviendo otra vida cualquier cifra ordenadora pone en eje todo: las sensaciones, las emociones, las rutinas, qué esperar en el corto futuro que ofrece la pandemia.

Hay signos que no deberían desarmarse. Una forma de batallar contra el monstruo silente.

Pensé que este día iba a ir por esa normalidad extraña que he inventado entre mi habitación, mi living, la terracita -hoy desechada por el nublado- y la cocina.

La cocina se ha vuelto el centro del mundo; y me encanta. Darle rienda a la creatividad para cambiar las recetas que siempre preparé. El “siempre” ya no cuenta. Todo se ha modificado, mis gestos culinarios también.

Pero la cocina es un signo -un índice, una imagen- que adopté en este encierro y no quiero abandonarlo.

Me puse a la tarea de armar mi barbijo: pañuelo, colines... Lo hago todos los días antes de salir.

Hoy me tocaba pasear. Tengo salidas transitorias de las que no gozan los presos amotinados en la Boulogne Sur Mer. Me tocan por el DNI los martes, jueves y sábados. Y los domingos en la tarde.

Con mi socia nos reíamos ayer de la picardía de hacer nuestros 500 metros cuadrados y encontrarnos en el vértice. Podríamos. Así de cerca vivimos. Pero caímos en la cuenta de que nos lo impiden los números de nuestros documentos. Tenemos salidas permitidas en días opuestos.

La carcajada ante esta realidad dislocada, absurda, sin razón aparente -así de minúsculo el bicho monstruoso- le ganó a la desazón. Solo podré seguir abrazando a mi amiga a través del chat. Pero la quiero cada día más, inmensamente.

El virus no puede contra el amor: el amor de verdad.

Agarré entonces ese adminículo espantoso y me lo puse. Tengo la profunda convicción del rechazo hacia este artefacto. No es solo algo corporal sino también ideológico.

El barbijo es el síntoma de un mundo que llegó. Un mundo de amores distanciados, de gestos a lo lejos. Tan ajeno a mi índole afectiva que no sé cómo podré abordarlo cuando el encierro termine.

Me volveré terrorista, guerrillera. Y mis armas letales serán abrazos y besos para repeler a la peste. Encontraré seguramente algunos que se animen y se sumen a mis filas.

Ahora respeto los pactos. Me tapé la cara con mi pañuelito atado de colines. Salí a la ruta y, claro, este primer paseo no fue igual a ninguno de mi vida anterior.

Iba sola, enmascarada, cruzándome con más rostros anónimos en silencio. La tela en la boca es un obstáculo más que se suma a la distancia.

El otro día bromeábamos en un chat respecto a que los barbijos tendrían que tener la forma de los pasamontañas de los zapatistas. Ahí sí, gustosa me hubiera puesto este trapo infame. El objetivo no hubiera sido separarnos sino unirnos, compenetrarnos con la vida y las circunstancias de los prójimos; de los próximos.

Luchar juntos por un mundo más justo. Ese es el símbolo de ese pasamontañas negro que solo muestra los ojos. Pero este adminículo infame que tengo adherido a mi boca y mi nariz mientras camino nada tiene que ver con esas causas. Viene atado a un bicho que acecha y se cuela por la tela también.

He escuchado comentarios razonables y amorosos: “el barbijo es para que vos no contagies a los demás”. Desde esa perspectiva, el otro también existe. Yo elijo aferrarme a la consigna para tolerar lo intolerable.

Así, entre estos pensamientos ligados al sentido de un signo, se escurrió el disfrute del primer paseo.

Es que el símbolo es tan fuerte, tan impactante, tan contundente y visible que se hace imposible de eludir.

Como el virus al que combate. “No importa, tendré otro el jueves. Al fin de cuentas, otra novedad a la que acostumbrarse: empezar a salir”, me dije.

El día entero me empujó a la velocidad de muchas tareas al mismo tiempo -uno formal que no responde al del virus-: la difusión de nuestros cursos online que son hijos nacidos del vientre de la pandemia, la edición de páginas del diario de mañana, charlas, chats, zoom, jitsi, gente que me hablaba, gente que me reclamaba, gente que me interrogaba. Todos con justas causas laborales.

Pero el combo fue letal para el motor que ruge en mi interior cuando tengo que apurar.

Para bajar el subidón de adrenalina que latía en mi cuerpo me levanté y preparé unos mates. Cuando volví hojeé un poco los diarios. Encontré una nota que sumó concepto a mi indignación sobre los barbijos y sus modos de expresarse.

Esas casualidades de la interconexión temática entre nosotros que ha llegado con la pandemia.

“Moda en cuarentena. Coronavirus en Argentina. Barbijos prêt-à-porter. Los tapabocas ya son obligatorios en nuestro país en ciertas situaciones: todo indica que los usaremos un tiempo prolongado. Varios diseñadores ya venden”, anunciaba el artículo.

Justo ahí, mi objeción. Justo.

Hace un par de días -creo- una colega a la que quiero mucho posteó en Instagram un video sacándose el barbijo: muy bonito cosido, de telita estampada con colores alegres y simpáticos. Ella decía con ese gesto: “no nos acostumbremos a esto”.

La felicité con una alegría exacerbada, esa que siempre me da cuando algo me entusiasma. Soy desmedida y no hay caso.

Ella me respondió: “no Patri. No es contra el barbijo. Estos los hace una amiga diseñadora que está sacando unos mangos. Es contra el control de la policía y el Estado”.

No pude conmigo. Soy desaforada. No pude pensar en que esa diseñadora encontró una chamba con la que vivir; y está bien. Está bien.

Me mató lo del diseño. “¿Cuál es el finito límite entre ponerle onda a la vida haciendo estos implementos con lo que hay en casa y volver al fatal artefacto un tip de tendencia?”.

En esa pregunta basé todo mi sistema ideológico en contra del tapabocas.

Por ahí no, siento que dice el virus. Esas prácticas son de antes, de la otra vida, de aquella en la que el consumo se nos colaba por los poros. A todos.

Yo guerrillera elijo el provisorio. El que nos enseñó a hacer Pedro Cahn con un pañuelo, un papel tissue y dos colines. El de los pobres. De los que no saben de tendencias.

Así lo armo cada día. Lo armo y lo desarmo cuando vuelvo de la calle. Un gesto político y decidido.

Siento que en ese acto de provisoriedad, de desmantelamiento de las armas que hoy usamos contra el bicho, hay algo de resistencia noble para construir un futuro pospandemia.

No me gusta la palabra “tendencias”. Viene siempre adherida al mullido confort de la pulsión inconsciente. La que no dominamos, la que nos domina, la que manejan otros en nuestra contra. A mí me gusta desarmar la moda, desarmar el barbijo, deshacer el símbolo.

Siento que en ese acto revolucionario, mínimo, como todos los que nutren nuestro día, está la promesa del amor, del tacto y del encuentro como asuntos posibles cuando volvamos a mirarnos.

Yo desarmo el barbijo y lo vuelvo pañuelo, mío; ese que me hace sentir bien frente a un otro cuando lo uso.