viernes 3 de julio de 2020

Crónicas urbanas sobre el coronavirus: el planeta grita auxilio y se nota
Sociedad

Crónicas urbanas sobre el coronavirus: el planeta grita auxilio y se nota

Nuestra periodista sale a su paseo permitido y descubre que la naturaleza se expande y pide el lugar que le quitamos.

Crónicas urbanas sobre el coronavirus: el planeta grita auxilio y se nota

Mendoza 6 de mayo. Día 48 de aislamiento D.V.

Salí al mundo. Probé los placeres del afuera, el contacto con la vida y las personas que laten más allá de mi ventana del encierro.

Sigo en cuarentena pero en estos días salí al mundo. Y fue otro. Uno que no esperaba encontrar pero intuía a través de las noticias, de los datos científicos, de las certezas ínfimas aunque sólidas que van constituyéndome en el encierro.

Salí al mundo y probé el aire, el sol, el agua, las plantas, la tierra, el cielo más puro que nunca. Una intuición se acurrucó pequeña, primero, pero magnificada después. La idea de otra vida posible.

La semana pasada la terapeuta me dijo: “no existirá una sola persona que no salga transformada de esto”. Esa frase tan revolucionaria. Es revulsiva en mi interior. Se expandió como el virus en mis incursiones al afuera.

Y como el tiempo se cruza, se mezcla, vuelve, viene y va, mientras caminaba tocando flores, oliendo su aroma como nunca -sé que no tengo el bicho porque el olfato todavía no me ha abandonado- viajé con mi mente al ‘93. Cuando me creía poeta.

En aquellas épocas de noches eternas en el Liverpool de San Martín y Rivadavia la foto me tomaba discutiendo de filosofía y política con Fernando Lorenzo y Marcelo Santángelo. Maestros que me dejaron el lugar en esa mesa de whiskys ilustres por pichona inquieta e inexperta. Tenían en mí un lienzo en el que pintar.

En esos tiempos, pensé, gané un premio y buen dinero -me compré la primera máquina de escribir eléctrica que usé en mi vida- con un poema que hoy vino a mi recuerdo y se volvió presente.

Las épocas, la memoria. El pasado que se hace futuro en momentos cruciales de pandemia.

“Me están creciendo tallos de los poros

Tallos tiernos.

Tallos brotando por la nariz

y por los muslos.

Troncos recientes que me cuelgan:

de las piernas

de los pechos

Arrastrándose;

enquistándose;

rodéandonos los límites;

conquistándonos los vértices:

uno a uno.

Tallos desbordantes de savia

inacabadamente nueva;

nutriendo la sumatoria de los cuerpos.

Tallos enraizándose

en tu ojos

vueltos hacia adentro

hurgando más allá de los órganos:

donde gravita el pneuma.

Emergiendo por las concavidades de mi boca:

selváticamente…

Me están creciendo tallos con orificios de luz,

por los que asoma la nariz

o la manos…

Para palpar la vida,

para aspirarla con furia.

Tallos que absorben lágrimas,

que besan labios,

abriéndonos la sonrisa.

Protegiéndonos

de la aridez del mundo”

Eso escribí hace 26 años como si intuyese que el planeta hoy me volvería vegetal. Nos volvería vegetal. El tiempo es una dimensión que no sabe de razones ni de cuentas.

Y caminando en el mundo que está más allá de mi encierro, rozando las hojas todavía frescas que el otoño no atrapó supe que la libertad es eso: volverse agua, viento, tallo, brote.

Con esa certeza regresé hoy a mi casa y me encontré con que otros entienden que la libertad es la pandemia. El imperio del pandemia, someterse a la pandemia, comerse el virus para que llegue profundo a los pulmones. Todo a cambio de dinero: un papelito fabricado con lo que los químicos hacen de un árbol.

Pensé en las villas. Donde no hay voluntad vegetal libertaria versus el liberalismo de tañir cacerolas.

Pensé en las villas. Donde el virus viaja supersónico a los pulmones de los desposeídos. Ellos se lo están comiendo a tarascones por falta de agua con la que lavarse las manos. Ellos están doblegados frente al bicho sin posibilidad de elegir. Sin libertad.

En esto estaba pensando cuando escuché la frase más lúcida del día respecto del contraste inaudito entre mi voluntad vegetal que desata el deseo del campo, la tierra y la jarilla. Y esa libertad gritada con las ollas desde las ventanas o en una irresponsable salida con barbijo a una avenida central en Buenos Aires.

Esa frase la dijo un hombre, un médico, un especialista que durante estos días de aislamiento y miedo me guió y enseñó cómo batir mi duelo con el virus: Pedro Cahn.

Dijo él: “quien no cree en la cuarentena, que pruebe con el coronavirus”.

Después de escucharlo supe que mis ansias naturales corresponden a este tiempo. Que otras ya no tienen lugar. Que los que resisten serán los que más pronto que tarde perezcan.

Como las hojas en el otoño.