jueves 25 de febrero de 2021

Construir una nueva humanidad - Por Rafael Felipe Oteriño
Opinión

Construir una nueva humanidad - Por Rafael Felipe Oteriño

  • lunes, 4 de mayo de 2020
Construir una nueva humanidad - Por Rafael Felipe Oteriño

La pandemia que estamos viviendo reinstala en un primer plano la congoja por la finitud, que la sociedad contemporánea, acaso juiciosamente, tendía a disimular. De su mano vuelven los interrogantes eternos: el sentido de la vida, la endeblez de los proyectos, la tan ansiada como negada trascendencia, junto al gélido abrazo de ese huésped nunca del todo expulsado: el miedo. Pero también afloran otras pulsiones de raíz antropológica que la literatura explora desde la antigüedad, como lo son la pregunta por el papel de la persona humana en el planeta y, en concierto con ella, el mito griego por excelencia: el regreso al hogar.

Cada uno de nosotros pasa las horas cumpliendo tareas de sobreviviente: meditar, leer, recordar, enfundarse (si ha de salir a la calle) como un viajero galáctico. Pero algo más inédito nos alerta: sentir la densidad casi física del tiempo. Esto es, la dimensión de un día no fraccionado en horas, sino en labores domésticas autoimpuestas, a la espera de algo que no se sabe si llegará. La corta experiencia, permite advertir, no obstante, algunos frutos: la indisciplina de los primeros días fue dando paso a la humilde obediencia; el egoísmo de los más ansiosos, a una mejor ejercitada cooperación. Ahora que casi no podemos vernos ni tocarnos (¿qué será de nuestros abrazos itálicos y de los hispanos saludos a dos cachetes?) hemos comenzado a comportarnos como prójimos, semejantes, vecinos.

Al poeta, tanto como al lector, se le impone la pregunta por el sentido de la poesía en tiempos de zozobra. Cuando miran hacia atrás, recogen que la poesía cumplió un muy largo recorrido histórico. Supo tener una finalidad mágica en la noche solitaria de la caverna. Fue portadora de leyendas que circulaban de boca en boca en tiempos de Homero. Cumplió funciones didácticas sobre agricultura y navegación con Hesíodo, parcialmente repetidas más tarde por Virgilio. Con Heráclito, Parménides y los presocráticos prestó su lengua para inaugurar la búsqueda de un saber sin supuestos. Tanto en Grecia como en Roma ocupó la escena teatral y llegó a conjuntos de oyentes que veían en el accionar de los dioses una encarnación de sus propios destinos.

Y en nuestra era, en salmos y coros, pobló de imágenes simbólicas la asamblea de fieles del cristianismo. Rozó la inquietud metafísica por el cosmos cubriendo de fascinantes monstruos las cartografías de la antigüedad. Se alió a la moral, al derecho, a la iluminación mística, y ya sea en forma oral o escrita sirvió a los grandes combates de la humanidad, adoptando la modalidad épica y la solemnidad hímnica. A su turno, buscó refugió en el lector solitario y procuró darle placer, amparo y compañía. Y hoy persevera  (¿deberíamos decir “resiste”?) bajo dos modalidades tan viejas como la lectura en voz baja de ese mismo lector en la intimidad de su silla y su lámpara, y la poesía oral del intérprete, dirigida a un oyente múltiple e indiferenciado.

De la physis cósmica de orientación helénica, pasando por la superabundancia barroca, hasta las amplificaciones paganas de la modernidad, siempre la poesía dejó oír su voz. Y no solo bajo la modalidad del canto, la celebración y la mimesis, como tan estrechamente a menudo se le adjudica, sino también como un modo articulado del pensar. Desde cualquiera de estas modalidades, la poesía tiene capacidad para prestar ayuda. ¿Cómo? De un modo alternativo, por la entronización de un universo verbal, de algún modo autónomo, que se superpone al discurso convencional y lo recrea, poniendo en claro que hay otro modo de ser y de entender. Que la vida, aún en tiempos de excepción, no es solo un ejercicio práctico de supervivencia.

“De otros diluvios oigo una paloma” escribe el poeta italiano Giuseppe Ungaretti, abriendo un horizonte de esperanza ante la cerrazón de lo indiscernible con la que nos topamos a diario. “La aparición de esos rostros en la multitud: / pétalos en una rama negra y húmeda” describe Ezra Pound para señalar la humanidad de ese mismo sujeto anónimo en la multiplicidad de la urbe. “De vez en cuando la vida / toma conmigo café”, nos confía Joan Manuel Serrat, y desgrana en pocos versos el instante sublime en el que la exterioridad del mundo y el yo más íntimo se concilian (o parecen hacerlo). “No tenemos miedo, / no tenemos miedo, no tendremos miedo / nunca más”, se oye en los labios de María Elena Walsh.

Aproximando mundos, dándole cabida al recuerdo y transformándolo, reuniendo las partes y reafirmando la idea con la percusión afirmativa de la rima, el poeta crea una zona de entendimiento. Es un territorio que comparte con el lector. Lecciones simples cuyo objetivo apuesta a un sentido más integrado de la vida. Sí, la poesía tiene capacidad para ayudar; acaso, ofreciendo respuestas a preguntas aún no formuladas, como tan bellamente se la ha definido. Saldremos adelante -siempre la especie salió a flote- efectuando cambios, corrigiendo desvíos, convirtiendo en una nueva potencia este dolor compartido. El trabajo es enorme, pero es el mandato que nos impone la época: proyectar una nueva humanidad.