China la larga marcha de una potencia que Mao nunca imaginó

China la larga marcha de una potencia que Mao nunca imaginó
China la larga marcha de una potencia que Mao nunca imaginó

El gigante asiático logró combinar con éxito la economía capitalista con un fuerte control social.

Frente a la vidriera de una tienda de alta categoría con lujoso mobiliario y deslumbrante iluminación, una joven busca la ropa de marca internacional que le gusta lucir. Acaba de terminar la universidad y tiene programado un viaje con parte de sus ahorros, logrados gracias al privilegiado puesto que ocupa dentro de una empresa donde trabaja desde hace un tiempo, para pagar sus estudios.

Esa es una historia urbana típica de París, Nueva York o Mendoza, donde los negocios compiten por ofrecer los mejores productos y servicios mientras la gente dispone libremente de sus ingresos, sin tener que pedir permiso a nadie para definir su futuro.

Pero el relato también puede ser ubicado en Beijing, capital de la muy comunista República Popular China.

Hoy los habitantes del país que se moldeó desde 1949 bajo el poderoso influjo de Mao Tsé-tung pueden experimentar vivencias similares a las de una mujer o un hombre occidentales y tienen acceso a los mismos bienes y servicios.

Sellos capitalistas  

Los argentinos que viajaron en los últimos años al gigante asiático, o decidieron hacer su vida en ese vasto rincón del mundo, cuentan que no hay ninguna firma internacional que no se pueda encontrar en las más importantes ciudades chinas. Ningún rubro en ese país está exento de exhibir los grandes sellos del capitalismo mundial, una apertura económica que sus habitantes disfrutan con total despreocupación. 

"Los chinos avanzaron muy rápido y creo que se saltearon algunas etapas que vivimos nosotros", puntualiza Guillermo Bravo, escritor cordobés que desde hace un año instaló una librería en Beijing. "No escucho ninguna voz que pida por los viejos tiempos, sería hasta gracioso que alguien lo planteara", arriesga.

Las claves del éxito

Según cifras del Banco Mundial, 800 millones de chinos dejaron de ser pobres en las últimas cuatro décadas. Eso explica la fácil adaptación de amplios sectores de la sociedad a la nueva economía.

La base del desarrollo del país está en las grandes urbes habitadas por las elites ricas y de clase media, lo que provocó en los últimos años una masiva migración del campo a las ciudades. Si bien las regiones rurales parecen un lastre para la economía, el Comité Central del Partido Comunista Chino y el Consejo de Estado tomaron nota de ese desequilibrio, lo que derivó en 2015 en un ambicioso plan de reubicación de poblaciones y la ejecución de obras de infraestructura para el suministro de agua y electricidad.

Cuando se habla de inversiones entra en escena el Banco de Desarrollo de China, que a diferencia de los bancos comerciales, tiene capacidad para financiar proyectos a largo plazo de gran envergadura. 

Alfredo Curutchet, director del Centro de Investigaciones Participativas en Políticas Económicas y Sociales (Cippes) e integrante de un programa de investigación de la Universidad de Beijing, pondera el rol de esa institución, cuyo potencial le atribuye a la fuerte expansión del mercado de capitales logrado por el país asiático.

Pero aún falta un trecho importante para erradicar la desigualdad social, que se hace más patente con el contraste entre las grandes urbes desarrolladas y las atrasadas zonas rurales. Si bien ese fenómeno existía en el antiguo orden económico, las reglas del mercado lo profundizaron.

El problema de la desigualdad muestra paradojas que no son ajenas a las realidades que se pueden palpar en cualquier rincón empobrecido de Argentina: “Muchos chinos todavía son pobres y tienen menos acceso al agua pura que a los teléfonos celulares”, asegura Ning Wang, autor junto a Ronald Coase en 2012 de How China Became Capitalist  (“Cómo China se volvió capitalista”).

Aunque ese dato de la realidad puede resultar contradictorio, la difusión de la tecnología de Internet y el estímulo del comercio electrónico en zonas atrasadas son parte de las apuestas del gobierno de Xi Jinping para mitigar la pobreza. Una idea al mejor estilo chino, por cierto. 

A pura tecnología

Gracias a que su condición de librero le permite prestar mucha atención a los hábitos de consumo sociocultural, el cordobés Bravo tiene la impresión de que el uso de Internet y de los celulares en la vida diaria de los chinos es más extendido y adictivo que en el mundo occidental. Esa dependencia tecnológica volvió muy popular a WeChat, sistema de mensajería de texto y voz que proporciona una comunicación multimedia muy potente, porque además de operar como una red social permite a los usuarios pagar servicios, comprar productos y buscar información.

China está aislada de la Internet que ve el resto del mundo y a su ciberespacio no tienen acceso gigantes como Facebook y Google. Sin embargo, sus empresas tecnológicas (como Tencent Holding, la creadora de WeChat) no tienen nada que envidiarles a las de Estados Unidos por su desarrollo y alcance.

Curutchet, otro cordobés que conoce en persona aquella lejana realidad, entiende que la causa de fondo de la guerra comercial entre los norteamericanos y los chinos es justamente el extraordinario avance que los asiáticos lograron en el campo de la tecnología. "El desarrollo tecnológico de China llegó hasta tal punto que en algunos casos tomó la delantera, lo que para Occidente es una competencia más inquietante que la producción de bienes con mano de obra barata", advierte.

Hollywood en mandarín

Al mejor estilo occidental, hoy los chinos son adictos a servicios similares a Netflix que inyectan sin resistencia en el gran público todo tipo de producciones y espectáculos de los más variados géneros. Eso incluye shows al estilo de "Bailando por un sueño" que no tienen nada que envidiar a la factoría de Marcelo Tinelli.

Mao y los jóvenes de la Guardia Roja, dedicados entre 1966 y 1976 a ejecutar su Gran Revolución Cultural Proletaria para combatir la infiltración burguesa en la sociedad, estarían horrorizados con los múltiples contenidos que disparó el crecimiento de la industria del entretenimiento. Jamás hubieran pensado que el encantamiento provocado en los chinos por el cine comercial sería aprovechado por las producciones de Hollywood, que como no podía ser de otra manera, copan el mercado. Al menos dentro del cupo permitido para las películas extranjeras.

La revolución burguesa

Grandes ciudades chinas como Beijing, Shangai o Shenzhen ofrecerían por estas épocas a Karl Marx un valioso material para estudiar las nuevas modalidades del culto al materialismo. Pero grande sería la sorpresa del fundador de la doctrina seguida por Lenin y Mao al advertir que, de la misma manera que ocurrió tras la disgregación de la Unión Soviética, en el coloso país asiático los más grandes beneficiarios del nuevo modo nacional de producción capitalista, basado en la propiedad privada, son ante todo las familias y los allegados de líderes y funcionarios que integran la burocracia del Partido Comunista Chino (PCCH).

Uno de los casos emblemáticos de ese fenómeno es el de Jack Ma, el hombre más rico del país y presidente ejecutivo de Alibaba, una de las compañías más grandes del mundo dedicada al comercio electrónico en Internet. Ma fue mencionado en un informe del Diario del Pueblo, órgano de prensa oficial del PCCH, como uno de los 89 millones de miembros de esa organización política que realizó "contribuciones extraordinarias al desarrollo del país" en las últimas cuatro décadas.

Los jerarcas del PCCH dejan deslizar públicamente cierta inquietud por la posibilidad de que la corrupción asociada al rápido enriquecimiento de muchos de sus miembros pueda corroer desde adentro a la organización partidaria. En principio, las vacunas para prevenir desviaciones son el espionaje interno y la exigencia de más estudio de la doctrina marxista-leninista por parte de los camaradas. Esos antídotos deberían ser suficientes para no apartarse del camino virtuoso y para pensar un poco menos en acumular fortuna.

La clase media

Pero la exaltación de los viejos principios de empoderamiento de los proletarios al fin y al cabo no interfiere en los negocios de los dueños del capital que, cualquiera sea su grado de pureza, contribuye a consolidar el sorprendente desarrollo chino. Claro que, para hacer mover esa gigantesca economía, hacen falta mujeres y hombres que proporcionen la fuerza de trabajo a cambio de un salario.

Así como llama la atención la cantidad de chinos vinculados al poder que se hicieron extraordinariamente ricos en  menos de 40 años, los trabajadores urbanos consolidaron una nueva clase media ávida de consumo que, para alcanzar un acomodado estándar de vida, debe sacrificarse como en todo país capitalista. Algunos objetivos, como la casa propia, muchas veces son difíciles de alcanzar a causa de la fuerte suba de los precios en el mercado inmobiliario.

Sin embargo, en los recientes viajes que realizó a China, Curutchet pudo constatar que un trabajador textil ya puede ganar un sueldo de hasta mil dólares al mes. Otro dato que aporta el investigador cordobés es que el flujo migratorio hacia las grandes ciudades está conformado fundamentalmente por jóvenes, en muchos casos con formación universitaria y una cultura de trabajo tan fuerte como la muy capitalista propensión al consumo.

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