martes 11 de agosto de 2020

Bajo el peso de lo ya visto - Por Fernando G. Toledo
Opinión

Bajo el peso de lo ya visto - Por Fernando G. Toledo

En el espectáculo vendimial de este año, el peso de lo repetido y vuelto a utilizar hace crujir las estructuras.

Bajo el peso de lo ya visto - Por Fernando G. Toledo

Si damos un golpe de vista al pasado más o menos reciente, un paisaje de bordes imprecisos se dibuja sobre la historia de los espectáculos vendimiales. Sobresalen algunos bordes cortantes, trastos desvencijados, algunos tan estridentes que de sólo rozarlos con la mirada parecen rasgar nuestras retinas. Otros puntos, pequeños pero radiantes, se alzan con airosa belleza, para dar paz (y dar las gracias) a aquellos que las mantienen vivas en la memoria.

Pero entre las simas y las cimas, hay un espacio gris donde todo se confunde. No están los monstruos informes ni las pequeñas glorias. Están aquellas cosas intermedias que parecen diluirse como una bruma cuya sola función pareciera ser la de rellenar los huecos.

“Constelación del vino”, el espectáculo con el que este año Mendoza celebra su anual cosecha, parece, apenas puesto sobre las tablas del Frank Romero Day, destinado a acabar allí, entre los otros que habitan ese lánguido arrabal.

Las cabezas creativas que han parido esta fiesta de la medianía son algunas de las más destacadas figuras del ámbito teatral mendocino. Guillermo Troncoso (uno de los mejores actores que tiene nuestro teatro) y Vilma Rúpolo (al frente de su quinta fiesta) son los directores. Arístides Vargas, el más notable dramaturgo mendocino, otra vez pone sus palabras al servicio de esta fiesta. Juan Emilio Cucchiarelli, notable pianista, es el director musical. Y así: artistas de probado talento han unido sus fuerzas en pos de esta obra.

Sin embargo, esta vez, la potencia creativa de las partes no ha alcanzado a este todo llamado “Constelación del vino”.

El peso de lo ya visto, del recurso repetido y vuelto a utilizar, hace crujir las estructuras de la obra. Para empezar, eso se nota en el argumento de Vargas. Todo aquello que supo sortear con fuerza y lirismo en el espectáculo anterior presentado sobre estas tablas (“Teatro mágico de piedra y vino”, 2013) es un obstáculo aquí. Si allí tuvimos una historia con carnadura, con rostro y drama personales, aquí se evapora en un corpus fastuoso, desencajado y posmoderno, en el sentido peyorativo de esta palabra.

La historia comienza, como tantas veces, allí en lo inconmensurable de un cosmos entre mágico y saganiano (por Carl Sagan). El espectador pasa desde allí, y sin puentes que suavicen el tránsito, hacia la “Cueca de la viña nueva” con la que, una vez más, Rúpolo elige dar comienzo festivo a su espectáculo. Vienen después los huarpes, dibujados con esa mitología de la arcadia feliz y virginal a la que se los somete tan frecuentemente. Y la historia pasa luego por la fundación de Mendoza, la llegada de la vid, la virtud de las acequias, la protección de la virgen, el arribo de los inmigrantes, la pujanza del vino como industria, nuestro prócer, nuestra fauna, nuestra música. Música esta que, por primera vez en muchos años, ni siquiera se destaca por sí misma.

Desde hace años se discute si nuestra fiesta es o no un género: algunos lo rechazamos, creyendo que aún busca su identidad. Otros entienden que el género es la repetición de tópicos.

Creadores como Walter Neira o como Arístides Vargas en su airosa fiesta con Rúpolo de 2013, habían mostrado que no hacia falta recaer en esa superficie transitada que empieza a mostrar los callos para encajar en lo que un espectáculo vendimial ha de ser. Esta vez, Vargas, Rúpolo y Troncoso parecen haber recopilado los más utilizados para esta fiesta.

Lo han hecho, eso sí, con una solvencia inobjetable: hay momentos de belleza plástica y algún cuadro acertado, al menos en lo expresivo. En ese sentido, el de la fundación doble de Mendoza –ejecutado en plan circense y buffo, incluso con el coro griego presente– es acaso el más acertado en lo formal, aunque estereotipado en lo conceptual.

Alcanzar el “dorado punto medio” fue el desvelo de los epicúreos. No gozar del arrabal más siniestro, pero tampoco aspirar a palacios suntuosos. Lo dijo el poeta Horacio mejor que nadie: “Quien se alegra por su dorada medianía / no sufre por un techo que se viene abajo / ni quiere provocar la envidia / habitando castillos espléndidos”. “Constelación del vino” es, en cierto modo, una apuesta por la medianía. Pero, esta vez sin embargo, sin el “dorado” que la debiera hacer virtuosa.