Opinión Martes, 14 de julio de 2015 | Edición impresa

Una víctima de su propia mentira

Un análisis que desenmascara la posición de víctima adoptada por Sandra Russo a partir del secuestro virtual de su hija. El autor concluye que “si de algo es víctima, es de su propia mentira”.

Por Fernando Iglesias - Periodista. Especial para  Los Andes

El sábado por la mañana posteé este tuit: “El que le hizo el secuestro virtual a Sandra Russo tiene cien años de perdón”, y mi vida ya no fue igual. Era un tuit irónico pero no agresivo, y hasta carente de sentido del humor.

Sin embargo esa noche, según me cuentan, los muchachos de 678 se ofendieron y salieron a denigrarme con su habitual estilo policíaco por no sumarme al coro de condolencias obligatorias que el drama de Sandra Russo debía generar. Muy sensibles estaban, las huestes seis-siete-ochescas. Mucho más, inclusive, que cuando su ex candidato Randazzo se burló de la condición de manco de Scioli, entre las sonrisas astutas de los intelectuales de Carta Abierta. 

La movida de 678 funcionó como campana de largada del gran aparato tuitero nac&pop. Miles de tuiterforajidos indignados por mi disidencia emocional con el movimiento de liberación de la Patria me enviaron emotivos mensajes. El más representativo, por contenido y estilo, fue éste: “Basura HdP, habría q matarte a un fliar chorro mal cagado, sorete, viejo sucio.

Si te cruzara te reviento la cara d perro q tnes”; decididamente más expresivo que el sintético: “El que te pegue un tiro en la cabeza a vos ¡tiene la vida eterna!”, de otro admirador.

La cosa no terminó allí. El lunes por la mañana, la productora del programa de otro asiduo asistente a 678, Camilo García, me llamó para pedirme una entrevista “sobre los resultados de las elecciones en la CABA”, dijo. Me pasaron al aire y allí estaba Camilo acusándome de descerebrado e insensible por no compadecerme con la colega Russo. Le contesté que la señora Russo no es mi colega ni es periodista sino una operadora del régimen más corrupto y autoritario que parió la democracia argentina. 

Disculpen que insista con una historia tan personal, pero me parece instructiva acerca de dónde hemos ido a parar. Ahora bien, lo que decía mi tuiter era fácil de entender: “cien años de perdón” era una denuncia de la condición de ladrona de Sandra Russo. No ladrona en el sentido de robar por los caminos, de lo que no tiene necesidad; sino ‘ladri’, como decimos en este país.

Lo digo más claro: Sandra Russo es una ladri porque vive del dinero público por defender cosas en las que no cree. Si creyera, por ejemplo, que la inseguridad no existe, no creería posible que se rapte a los hijos de personas de clase media ni les hubiera regalado 50.000 dólares a los criminales sin verificar lo que estaba sucediendo. 

Si lo hizo es porque sabe perfectamente en qué condiciones vivimos los argentinos mientras ella gana fortunas paseándose por los medios estatales hablando de “sensación de inseguridad”. Y si en vez de confiar en la Policía para “rescatar” a su hija prefirió confiar en que los “secuestradores” le iban a perdonar la vida si les entregaba 50.000 dólares es porque cree que la palabra de los delincuentes es más confiable que las fuerzas de seguridad que parió durante la década ganada el gobierno que le da de comer. 

De manera que es indigno que se haga ahora la víctima y la ofendida. Víctimas ofendidas son los miles de argentinos que han muerto porque el gobierno carece de toda política de seguridad y el crimen organizado se ha expandido por todo el país. Víctimas ofendidas son los miles de deudos que no han obtenido justicia para sus muertos porque el gobierno que defiende Sandra Russo ha transformado voluntariamente al sistema penal argentino en una gran puerta giratoria mediante doce años de aplicación de la doctrina Zaffaroni.

Víctimas son los que han sido muertos o robados o violados por criminales dejados en libertad durante una década por ser considerados “víctimas de la sociedad”, y que sólo se transforman en “delincuentes sádicos” -como declaró Russo- cuando se atreven a atacar a una integrante de la oligarquía en el poder. 

Sandra Russo es una ladri también porque vive del dinero público por defender a un gobierno que a todos corre con su antiimperialismo de boquilla mientras pesa bolsas de euros, en tanto la buena de Sandra ahorra en dólares. Si creyera que la inflación es la del Indec, ¿por qué no ahorra en pesos la señora Russo, hoy que los bancos pagan por los plazos fijos el doble de interés que la inflación que declara el sistema de estadísticas nacional?

¿Y por qué guarda sus ahorros en su casa en vez de ponerlos en una cuenta bancaria? ¿Acaso porque cree que su maceta es más segura que el sistema financiero del país en el momento de “mayor crecimiento de la historia”? ¿O acaso son también insinceras sus declaraciones sobre la estabilidad de la economía nac&pop? 

La inseguridad es cuento y las macetas hacen milagros. He allí la hipócrita ideología que ha amparado Sandra Russo, a quien -felizmente- nada malo le ha ocurrido y puede disfrutar de su vida y la de los suyos; una oportunidad que han perdido miles de argentinos, con su colaboración. Si de algo es víctima es de su propia mentira. Y no, no se trata de una diferencia de opinión. Legítimo es que Russo opine lo que quiera, pero es un abuso que gane fortunas de un Estado con 6% de déficit fiscal para hacerlo y que sus actos confirmen que no cree en nada de lo que proclama con el tono de salvadora de la Nación. 

Ojalá que quienes cometieron el delito execrable del secuestro virtual de su hija vayan presos. Pero ojalá vayan presos también los que han robado miles de millones desde el poder. Ojalá vaya preso el senador Menem y cumpla los siete años de prisión que le dictó la Justicia argentina. Para eso, bastaría que la mayoría kirchnerista del Senado vote su desafuero junto a la oposición. ¿Hablará de ello Sandra Russo en la próxima edición de 678? Ojalá.

Aún más inconcebible me parece la actitud de quienes criticaron mi posición desde la “oposición”; gente que parece creer que si te están apaleando entre varios y escupís en la cara al que te golpea “te ponés a su altura”. Pensando así, llevamos años de permitir que la máxima autoridad de la Nación a cargo de las Fuerzas Armadas y de Seguridad use la cadena nacional para apretar a abuelitos que regalaron diez dólares al nieto y a empleados de inmobiliarias que criticaron el cepo cambiario, mientras acusa a los miembros de la oposición de vendepatrias, traidores, agentes del imperialismo, buitres, esclavos de las multinacionales y siervos de las corporaciones. 

Llevamos años, además, de aceptar con naturalidad que el partido que ha gobernado veinticuatro de los últimos veintiséis años llame a sus opositores con el nombre de un animal; truco preferido por los totalitarismos para negarles hasta la dignidad humana. Llevamos años de todo esto, pero si alguien publica una ironía contra el poder peronista, los mismos que el peronismo apalea desde hace décadas salen a desinfectarse y a dejarte solo. Para ellos, las tapas irreverentes de Charlie Hebdo son macanudas, pero si no te declarás horrorizado con el espantoso crimen que sufrió Sandra Russo (algunas horas de angustia, cuando más) es porque no tenés corazón. “Sos igual a ellos” te dice gente que padece el síndrome que permite a los buenos muchachos kirchneristas conservar el poder: creer y comportarse como si vivieran en un país normal.

Tengo malas noticias para ellos: la Argentina ya no es un país normal. La Argentina es un país con un gobierno que va por todo y si no lo logra es porque muchos nos interponemos; como los millones que salimos a la calle en 2012 para defendernos de la recontra-reelección.

La Argentina es un país con un gobierno que ninguneó los muertos de Cromañón y de Once, y cuyo candidato actual escondió las cifras de los de La Plata. Un país con una Presidenta que en diciembre de 2013 bailó con Moria Casán y una murga en un acto oficial mientras en Córboba y Tucumán morían trece argentinos. La Argentina es un país con un gobierno que organizó una campaña de difamación contra Nisman, que difundió datos de su vida privada y lo puso en el lugar de padre abandonador, borracho y promiscuo serial. La Argentina es un país con una Presidenta que culpa de sus males a una conspiración judía internacional y propone al medieval y antisemita Mercader de Venecia como clave para entender la situación. 

Finalmente, la Argentina es un país donde las ironías, esa mínima defensa frente a un poder abusivo, no están permitidas, ya que el Gobierno nac&pop no sólo nos apalea sino que exige que nos dejemos apalear en silencio y sin chistar. Un país, desde esta semana, en el cual la nueva SIDE hará inteligencia interna ilegal y anticonstitucional para evitar “corridas de mercado”, así la gente no saca sus pesos de los bancos para comprar dólares y ponerlos en la maceta, como los heroicos periodistas nac&pop. 

La Argentina se ha transformado en un país donde un psicópata, el peronismo, considera válidas todas sus acciones e inválidas las ajenas, y establece cuándo y cómo hay que indignarse, y por qué. Que muchos opositores simulen no comprenderlo y castiguen la menor ironía igualándola con los delitos cometidos desde el poder explica muy bien por qué estamos como estamos, y por qué aceptamos lo que aceptamos. Como dijo el gran Wystan Auden “... por miedo a que veamos cómo estamos, perdidos en un bosque de fantasmas, niños temerosos de la noche que no han sido nunca felices ni buenos”.