Sup. Cultura Sábado, 25 de febrero de 2017 | Edición impresa

Un poeta con vidas extras

Oscar Fariña escribe raro y bien. En su último libro, “El Negro Atari”, remonta palabras sobre el muro de lo cotidiano y las suelta desde ahí como bombas.

Por Facundo García - Especial para Los Andes

Es difícil explicar la poesía. No se asemeja a nada, y a la vez se parece a muchas cosas. A la sangre, por ejemplo. Se puede pensar la poesía como la sangre de una lengua -¿cortada?- ; y tal vez hasta se la pueda considerar uno de los ejes para entender el mundo.

Oscar Fariña detesta estas definiciones pomposas. Para él, la poesía es consecuencia de su vida. Luego de varios libros que dieron que hablar, acaba de presentar “El Negro Atari”, una colección de poemas sobre videojuegos pero también sobre asuntos como la amistad y las pelusas que se adhieren a los ventiladores.

Cuidado: la enumeración caótica no pretende ser una broma. Después de todo, el siglo XXI se revela como una cadena de absurdos con consecuencias trágicas. Y si los paisajes se están poblando de máquinas sin sentido, el escritor enfrenta esos molinos, poetiza lo tecnológico y desmonta su significado.

Quizá sea la única forma de seguir siendo humano. En su poemario, Fariña enfatiza la capacidad que tienen los aparatos que nos rodean para revelar o esconder ciertas verdades. Así llega a decir que “una familia/sin televisión es un conjunto atomizado de individuos/amalgamados por la consanguinidad y el re/sentimiento. y es que ya nadie/puede cenar en una mesa…”. 

-En El Negro Atari hay un deseo de relacionarse poéticamente con la tecnología. Apuesta legítima, porque de lo contrario la multiplicación de aparatos no significaría otra cosa que una metástasis de las pantallas.

-Lo que uno escribe es una suerte de diario de las lecturas que hace cada día…

-¿Lecturas? Pero la referencia a máquinas como las consolas de juegos Family Game o la todavía más antigua Atari no entraría dentro de lo que usualmente se denomina “lecturas”. 

-Me refiero a la figura del lector en su acepción más amplia. Leer libros altera tu percepción del ambiente: te da alguna destreza para atender a ciertas cosas. 

-Te permite, por ejemplo, pensar sobre tecnologías olvidadas. El Pacman, el Tetris, el Mario Bros…

-Yo hago como la serie de televisión Black Mirror, pero con tecnología berreta (ríe). Sí, en lo que escribo hablo de inventos que afectivamente fueron muy importantes para una generación y que son vetustos, muy pasados.

Fijate que hoy un flaco de cuarenta años, en relación a uno de veinte, es muchísimo más viejo que un tipo de ochenta en relación al de cuarenta. Le han pasado muchas capas tecnológicas por encima. Antes eso no ocurría. Entonces yo me pregunto: ¿en qué lugar te deja a vos como sujeto histórico el haberte criado con algo tan obsoleto como el Pacman? 

Una cosa es segura: la generación que creció perdiendo tardes de acné frente al mentado Pacman transita su adultez tomando pastillas y escapando de sus fantasmas, tal como enseñaba el comecocos amarillo. Asociaciones similares podrían hacerse con otros entretenimientos en desuso.

En El Negro… hay hasta un poema para el Tetris, aquel juego que terminó sobreviviendo a la Unión Soviética que lo había visto nacer. Hay, asimismo, poesía sobre Mario Bros, el plomero que en vez de cobrar caro rescataba damiselas en apuros. Y hay escaleras mecánicas, televisores, internet: almas que se queman en secreto, por el simple contacto de las cosas.

“Más que sobre incomunicación, me interesa escribir sobre aquellas situaciones en que uno cree que se está comunicando y en realidad no lo está haciendo”, tira el entrevistado.

-¿La poesía serviría para tender puentes? O mejor: ¿sirve para algo, la poesía?

-La palabra es una tecnología y la poesía es otra tecnología que actúa sobre la primera. Para mí hacer poesía, descubrir esta otra posibilidad, ha tenido consecuencias palpables. Ha enriquecido mi percepción y me ha permitido contactarme con diferentes personas. Uno se reelabora como sujeto después de intentar la poesía.

Somos como contenedores de residuos lingüísticos, y a la vez operamos sobre esos bloques lingüísticos que nos atraviesan. Probamos distintos modos de contar y de percibir, y eso nos afecta. A veces este efecto de la poesía nos llega de modo importante aunque imperceptible, como ocurre con la presencia de muchas otras tecnologías. 

Fariña navega sin GPS entre civilizaciones y barbaries. La frontera, si existe, ya no está clara. Hace algunos años abordó los discursos tumberos (Pintó el arrebato) y las cuitas de los pibes chorros a la luz de la analogía con los gauchos (El guacho Martín Fierro). Ahora, en El Negro Atari, rastreó otros costados marginales.

La náusea de los ex jóvenes que empiezan a envejecer; o el odio que flota bajo la superficie de algunas conciencias progres. “Por otra parte, en El Negro… trabajé hasta el paroxismo los poemas con remate. Creo que, por lo menos para mí, eso ya fue. Voy a buscar por otro lado”. 

-A lo mejor optás por el estilo de los viejos videojuegos, que tampoco tenían remate. Llegabas al nivel 100 y empezabas de nuevo desde el nivel 1, pero con un millón de puntos.

-Como en la vida misma: muchas veces no hay remate.

Todavía se escriben libros clandestinos

Antes de “El Negro Atari” (Gigante-Fadel & Fadel), Oscar Fariña publicó, entre otros, “Pintó el arrebato” (Chapita) y “Mamacha” (Felicita Cartonera).

A poco de editar otro de sus libros, “El guacho Martín Fierro” (Factotum), el poeta comenzó a recibir mensajes de docentes de colegios secundarios. No era por el ítem aula. Le contaban que habían leído el texto en clase y que los pibes habían quedado fascinados. 

Había una razón. La obra sugiere un paralelismo entre el sufrimiento de los gauchos argentinos del siglo XIX y la exclusión que padecen muchos jóvenes en la actualidad.

Ya en las primeras líneas se ven similitudes y diferencias con el Fierro de José Hernández: “Acá me pongo a cantar/al compás de la villera, /que el guacho que lo desvela/una pena estrordinaria, /cual camuca solitaria/con la kumbia se consuela”. Más adelante hay drogas, cárcel, muerte. Los límites que surcaba el gaucho, transpolados a los tiempos que corren. 

“Nunca calculé esta llegada a las aulas. Sin embargo sé que hay profesores que llevan y leen el libro con sus alumnos y a escondidas. Me gusta eso. En una época en la que pareciera que está todo permitido, me halaga en mi narcisismo que un texto propio pueda ser compartido con cierto dejo de clandestinidad”, bromea el autor, mientras se rasca la oreja con el dedo meñique.

Un poeta migrante

“Mi DNI dice que soy extranjero”, cuenta Oscar Fariña (Asunción, 1980). Vive en Argentina desde hace mucho, pero el entrevistado nació en Paraguay, como la mayor parte de los inmigrantes que hay en el país. Eso emerge con frecuencia en algunos de sus poemas más célebres, como Manchas. 

“Cuando mi vieja
se hizo el documento
argentino tenía
lo dedo tan roto
de fregar
la casa argentina de
su patrona argentina
que al momento
de tocar el pianito
la tinta
acumulada en lo tajo
traversale del pulgar
le impidió
al cobani
hacer una buena
impresión de la hueya
y hoy por eso
en vez
de prolija espirale
la identidá -extranjera-
de mi mamá -paraguaya
para la ley- argentina
consiste en una mancha.”

La escritura ha significado, incluso, un modo de reconectar con su país de origen.

“Una vez -recuerda- publiqué en un diario un texto sobre cómo llegué a la Argentina junto a mi madre cuando era chico. Había tratado de contar lo que pasó sin cargar las tintas en lo emotivo. A los dos días me llamaron de una radio paraguaya. El periodista se puso a leer mi historia al aire y se largó a llorar. Yo no lo podía creer. Cuando quiso dialogar conmigo yo me sentí en falta, porque no supe acompañar su emoción. Pero bueno, más tarde pensé: ¡loco, ya la paso lo suficientemente mal mientras escribo!”.