Policiales Domingo, 21 de mayo de 2017 | Edición impresa

Un falso amor por Tinder que puede costar miles de dólares

Una contadora local denunció que un hombre casi le quita 2 mil dólares después de seducirla por la web. Hay casos en los que se pagaron U$S 5 mil. Desde la fiscalía advierten, pero dicen que mucho no se puede hacer.

Por Rolando López - rlopez@losandes.com.ar

Separada desde hace un año, la contadora Carolina M. de 40 años, abrió una cuenta en la red social Tinder para ver si la soledad dejaba de ser una molestia en su vida. A los dos días de colocar su foto, apareció el corazón rojo que le indicaba que tenía afinidad con un hombre.

Lo vio y le gustó. El sujeto aparecía con el nombre de James Ferguson. Se veía apuesto. Lo que no vio Caro en ese momento, fue que Ferguson vivía a 13 mil kilómetros de Mendoza: "En Boston, Estados Unidos", recuerda.

A poco de empezar la conversación, James le pidió que la siguieran por mail. Ella sospechó y buscó el perfil de Facebook del hombre al que define como "guapo". Lo encontró pero le llamó la atención la escasa vida social que tenía James: "Apenas cuatro amigos y dos o tres posteos".

Al día siguiente, el 21 de marzo de este año, en el correo de Carolina apareció un mail que rebosaba ternura, seriedad, buenos deseos y, sobre todo, nada de sexo: 

“Hola Carina. ¿Cómo te va hoy cómo va tu día? Espero que estés teniendo un maravilloso día. Acabo de empezar mi día y todo va bien. Estoy contento de haber entendido lo suficiente como para darme su dirección de correo electrónico. Como te expliqué antes en el sitio soy un individuo ocupado porque mi trabajo es exigente y es por eso que no siempre estoy para entrar en el sitio porque para ser honesto a veces me olvido que me registré. Sin embargo, podemos comunicarnos a través de correos electrónicos y llegar a conocernos mejor. Mi nombre es James Ferguson y nací el 12 de abril de 1968. Vivo y trabajo en Boston, Massachusetts, como ingeniero nuclear y de petróleo en Shell. Tengo un hijo. Su nombre es Jack: es el amor de mi vida. Me gustaría escuchar sobre tu trabajo. ¿de qué se trata tu ocupación?

¿Cuáles son sus deberes en el trabajo y si amas tu trabajo? También quiero aclarar que lo mío es serio: no quiero perder el tiempo. Cualquier cosa que quieras decirme es bienvenida. Espero saber pronto de ti. Que tengas un día precioso, James”.

Los correos se sucedieron a diario. “Llegan a 90 en dos meses”, cuenta la contadora. Las cartas cada vez eran más románticas y la mujer se acostaba por las noches a la espera de despertar, abrir su correo, y leer las cosas lindas que James escribía en su español inseguro.

Los escritos iban acompañados por fotos en las que Ferguson aparecía siempre sonriente y limpio. En otras salía con su hijo: un chico perfecto y sonriente: parecían sacados de una publicidad de medicina prepaga.

En un momento de la relación epistolar todo había avanzado a lo que se puede definir como nivel “Miel”. Ya que James llamaba “Miel” a la contadora. Ella no dice cómo le decía. En medio de los correos, ambos ya habían acordado que el amor que sentían carecía de sentido si no se conocían en persona. Y Ferguson puso fecha para venir a Mendoza a ver a “Miel”.

Conforme pasaban los días, la relación rebosaba en confianza. Fue cuando la contadora le preguntó por qué la cuenta de Facebook que había abierto era tan pobre: “Cuando murió mi mujer, me fui a lo de mi mejor amigo a Escocia. Él y su esposa me vieron triste y me abrieron esa cuenta, pero nunca le di bolilla, ¿entiendes Miel?”

La explicación fue suficiente para que ella quedara conforme. Y para que apurara el encuentro.

Hacia el 9 de mayo, James Ferguson no paraba de escribir cartas melosas. Entonces pasó a otro nivel: “el regalo”.

Por medio de Whatsapp, Ferguson le dijo que le enviaría un regalo en encomienda. Incluso le mandó la lista con los obsequios: “un anillo de diamantes, dos ordenadores portátiles Apple, un iPhone aire y otro 7 plus”.

Carolina quedó impactada por el contenido. “Era mucho”, dice. Pero había más: “Me dijo que en una de las computadoras había escondido 18 mil dólares, dinero que yo debía usar para alquilar el hotel en Mendoza durante el mes en que él iba a venir: en junio”.

Cambio de planes

Cuando James tenía todo para ir a ver a “Miel” pasó algo inesperado. Así lo informaba el estadounidense: “Me salió un trabajo en una plataforma marina en Nueva Zelanda, por lo que nuestro encuentro se verá demorado, Miel”.

James le dijo que como ya tenía la encomienda hecha, la iba a mandar desde Nueva Zelanda ni bien llegara. “Me escribió apenas llegó, a las 8 horas, pero yo me fijé por la web y me di cuenta de que el viaje de Boston a Nueva Zelanda dura 13 horas. Eso me hizo sospechar”.

En las supuestas fotos de su trabajo, Ferguson aparecía en algo similar a una plataforma marina con otros hombres: aparentemente estaban trabajando en el medio del mar. Bajo su casco amarillo, la sonrisa de James resaltaba.

Una vez supuestamente instalado en Nueva Zelanda, James envió la encomienda por la empresa Airo Speed Courier Company. “Por la página de internet yo podía hacer el seguimiento”, recuerda la contadora. De hecho, veía por su monitor cómo el regalo viajaba sin problemas desde Oceanía a Mendoza por el mapa satelital. Hasta que hubo problemas.

El 9 de mayo, James le contó a “Miel” que la encomienda había quedado retenida en Malasia. “Descubrieron los 18 mil dólares”, le escribió.

Y luego le pidió que ella pagara la multa para que la encomienda siguiera en camino hacia Mendoza. “No es mucho dinero comparado con lo que hay en el interior de la caja, yo te lo repondré cuando llegue”, resumió un James ya no tan romántico sino más bien psicópata: “No me decepciones, Miel, paga esa multa por favor”, le escribía.

De inmediato otro mail llegó al correo de Carolina. Era supuestamente de la aduana de Malasia. Una mujer identificada como Nurul Aida, le indicaba que debido al problema con el paquete tenía que pagar casi 2.000 dólares para liberar a la encomienda. El mail indicaba la siguiente deuda a pagar en dólares: 880 de carga administrativa y 1.100 por liquidación; total: 1,980. La dirección de correo era: Malasia Oficina: No. 126-a, Lengkok Sungai Pinang, 10150 Penang Malasia.

“El pago lo debía hacer por medio de Western Union a nombre de esa mujer, pero gracias al consejo de una de mis hijas comencé a investigar y me di cuenta de que James aparecía en varias estafas. Usa diferentes nombres como Charly White o Alex Morgan. Y en Mendoza descubrí que tenía engañada a al menos tres chicas con el mismo cuento”.

Decepcionada, “yo estaba enamorada de James”, Carolina  fue a la Oficina de Delitos Económicos con su celular para hacer la denuncia por el intento de estafa. La atendió la fiscal Susana Muscianisi. “La escuché con atención. Nos llegan varias denuncias de ese tipo. Muchas mujeres han pagado hasta 5 mil dólares y lo siguen haciendo. Tenemos problemas con este tipo de delitos que son nuevos y no se ajustan del todo al Código Penal”, dijo la fiscal al este diario.

La contadora, aún con su corazón roto, se puso en la piel de una detective y trazó una idea de pesquisa. Para ella se trata de una organización delictiva enmarcada en la modalidad de 'estafa nigeriana'.

“Tiene los pasos diferenciados: te marcan por Tinder u otra red para conocer personas, te llevan al mail privado y el tipo siempre tiene un trabajo importante y es lindo. Te enamora. Después dice que te envía un regalo (encomienda), luego le aparece un viaje a un destino exótico. La encomienda tiene problemas y una tiene que pagar para solucionar ese problema. Luego las pruebas de tu celular -como la firma que traería la encomienda- desaparecen. Pero ya pagaste”, concluye la contadora.

Una vez que no pagó la multa y que hizo la denuncia, James desapareció por un tiempo del mundo Tinder, pero ya está de vuelta. A la espera de alguien que esté dispuesto a todo por amor. 

Hasta depositar miles de dólares.