viernes 14 de agosto de 2020

Opinión

Un canalla llamado Fidel

Una dura crítica al régimen castrista, con particular énfasis en las relaciones entre Cuba y la Argentina. De cómo Fidel Castro apoyó en los años 70 tanto a la guerrilla montonera de Firmenich como a la dictadura militar del general Videla.

  • lunes, 5 de diciembre de 2016

Por Fernando Iglesias - Periodista. Especial para  Los Andes

“Conocí” a Castro durante su visita a Buenos Aires de 2003, en ocasión de la asunción presidencial de Néstor Kirchner. Fidel iba a hablar en el Aula Magna de Derecho y yo tenía que cubrir el acto para la revista italiana Avvenimenti. Casi nada me sorprendió de su actitud ni de su discurso. Lo sorpresivo fue, por el contrario, la enorme distancia entre ese discurso y los detalles de la realidad cubana que se dejaban ver para quien quisiera mirarlos.

Primera sorpresa: la guardia pretoriana que defendía la seguridad del hombre que había escapado de 600 atentados de la CIA me dejó pasar al palco de periodistas sin casi revisarme; ni a mí, ni a los bolsos de mi equipo de fotografía, en los que hubiera sido fácil esconder un arma. Segundo: eran todos negros. Los guardias, digo. En cambio, Fidel y las autoridades cubanas que lo acompañaban (así como el 99% de las cúpulas revolucionarias) eran blancos caucásicos.

Curioso resultado de medio siglo de Revolución Socialista. Tercero: mientras la muchachada nac&pop que atestaba la sala saltaba sobre sillas aterciopeladas gritando consignas de defensa de la educación pública, un funcionario cubano anunció que Fidel hablaría en la explanada y salimos todos en estampida. Fidel me pasó a unos tres metros de distancia caminando en medio de sus guardaespaldas y la multitud, que lo palmeaba. Otra oportunidad desperdiciada por el imponente aparato de espionaje imperialista que hacía medio siglo intentaba asesinarlo…

Cuento estas anécdotas impactado por los homenajes que brindó a su muerte la mayor parte de la sociedad argentina, siempre respetuosa de tiranos y opresores, siempre a la búsqueda de un líder y de un padre. Un general del Partido Militar, los de Derecha. Un general del Partido Populista, los de Izquierda; curiosos antimilitaristas adoradores de toda una dinastía de líderes políticos con grado militar: comandantes, coroneles, generales, capitanas.

No pienso entrar en la polémica por el lado habitual, que ha ocupado los diarios del mundo por una semana. Fidel fue un dictador y un criminal, sobran las pruebas; y los cincuenta años de su Revolución han sido una tragedia totalitaria que suprimió las libertades, arrasó a la oposición, creó campos de reeducación para homosexuales y dejó un país derruido, devastado, miserable, postrado e incapaz de cubrir sus más mínimas necesidades.

Quienes no quieren verlo; quienes creen que la Cuba castrista, cuyo régimen opresivo sólo logró sobrevivir gracias a la dependencia de la Unión Soviética, primero, y de la Venezuela chavista, después, es un ejemplo de soberanía nacional; quienes creen que a los balseros les pagaba la CIA por arriesgar la vida en el mar, argumentan que la miseria cubana se debe al embargo americano y lo llaman “bloqueo”, al mismo tiempo que repudian el ALCA, no necesitan más información sino un psiquiatra.

Lo que quisiera modestamente aportar a la discusión sobre el legado de Fidel son dos elementos poco mencionados; uno, argentino, otro, mundial. Comencemos por éste: nunca la subsistencia de la civilización humana estuvo más en riesgo que cuando Fidel y el Che tuvieron algo que ver con ella.

Me refiero a la crisis de los misiles de 1962, cuando el camarada Nikita Kruschev decidió complementar la presencia de 50.000 soldados soviéticos en la isla con la oportuna instalación de misiles R-6, portadores de cabezas nucleares capaces de alcanzar Nueva York y Washington. Nunca el mundo estuvo más cerca de una guerra nuclear devastadora, ni nunca volvería a estarlo, que cuando los simpáticos barbudos de la Sierra Maestra intentaron pasar del campeonato local a las grandes ligas.

La cosa no pasó a mayores gracias a que los burócratas stalinistas de la URSS eran totalitarios pero no suicidas; pero el acuerdo entre las dos potencias -llevado a cabo a espaldas de los cubanos- desagradó profundamente al Che, quien puso en blanco y negro su preferencia por el holocausto nuclear reivindicando “el ejemplo escalofriante de un pueblo que está dispuesto a inmolarse atómicamente para que sus cenizas sirvan de cimiento a sociedades nuevas y que cuando se hace, sin consultarlo, un pacto por el cual se retiran los cohetes atómicos, no suspira de alivio ni da gracias por la tregua”.

Es cierto que el autor de este despropósito según el cual el Hombre Nuevo no provendría ya de los paredones de fusilamiento revolucionarios sino de las cenizas radiactivas fue Guevara, y no Fidel. Como también es cierto que lo enunció cuando aún formaba parte de la pareja cínico-fanático que componía con Fidel, y que tantos éxitos tuvo también (Perón-Evita, Néstor-Cristina) en el nacionalismo populista argento.

Lo que nos trae a nuestro país y a los desastres que en él promovieron Fidel y la Revolución Cubana. En primer lugar: la aplicación del modelo guerrillero que llevó directamente al terrorismo de los Uturuncos de Tucumán, primero, y del ERP, las FAR y Montoneros, luego.

Pero la contribución del castrismo al terrorismo no fue sólo simbólica. La isla de Cuba fue territorio de entrenamiento de las huestes guerrilleras y el gobierno cubano financió a los grupos insurgentes o subversivos, como prefieran. Hubo un comando montonero permanente en Cuba; servicios financieros que permitieron el reciclado del dinero de los rescates y hasta una guardería infantil para los hijos de los Montoneros que participaron de la Contraofensiva.

Significativamente, la dictadura y el genocidio añadieron nuevos motivos de repulsa a esa alianza nefasta que dejó al país, y a América Latina, sin la izquierda democrática y anti-dictatorial que el momento histórico requería a gritos. Del lado montonero, el exilio en Europa y México, ese indigno patrio trasero de los Estados Unidos, que la mayor parte de las cúpulas guerrilleras prefirió en vez de optar por el paraíso caribeño del camarada Fidel.

Del lado cubano, la ausencia absoluta de toda condena a la dictadura y al genocidio, cuya explicación es fácil: la crisis de la producción agraria colectivista había hecho a la URSS dependiente de los cereales argentinos, que los camaradas moscovitas compraban a Videla para evitar una hambruna que acabara con el régimen, y que retribuían no sólo con moneda sino con cobertura política al Gulag versión pampeana. Un festival de la solidaridad revolucionaria que debemos a Fidel, compañeros.

En “Por qué fracasan los países”, Daron Acemoglu y James Robinson hacen referencia a la “ley de hierro de las oligarquías”, por la cual la mayor parte de los gobiernos revolucionarios que se alzaron contra dictaduras pre-existentes terminaron en el simple remplazo de una oligarquía por otra y en la prolongación de sus males. Nada describe mejor, me parece, que lo sucedido en todos los regímenes comunistas que, a contramano de las previsiones y los deseos de Marx, se hicieron con el poder en países atrasados. Del zarismo al stalinismo (al putinismo) en Rusia. De la dictadura de Batista a la de Castro, en Cuba.

Batista había poblado la isla de cabarets; Castro la hizo la patria de las jineteras. Batista fue un siervo de los Estados Unidos; Castro, de la URSS y Venezuela. Ambos gozaron de niveles de vida de los que excluyeron a sus pueblos, y de los que su amor por los Rolex fue testigo. Ambos fueron incapaces de sacar a la economía cubana de las producciones básicas de caña de azúcar, café, turismo playero y turismo sexual, ron y cigarros; pero sólo Castro logró dejar a la isla en las presentes condiciones de escasez racionada, penuria social y decadencia.

Contrariamente al discurso justificatorio tercermundista, Cuba nunca se pareció a Haití sino que era la joya del Caribe, como bien muestra la magnificencia decadente de La Habana. Como cuenta Adrián Simioni en su gracioso “Éramos tan progres”, por su posesión combatieron España y los Estados Unidos, y en ella rodó, en 1837, el primer ferrocarril latinoamericano. Se desarrolló el primer sistema de alumbrado público latinoamericano (1889), la primera edición radiofónica latinoamericana (1922) y la segunda emisión de TV-color del mundo (1958).

En cuanto a la salud y la educación cubanos, viejos caballitos de batalla fidelistas, la tasa de mortalidad infantil, alfabetización y expectativas de vida actuales son similares en Cuba y los países más avanzados de América Latina en esos índices: Chile, Uruguay y Argentina. Y, como demuestran Mc Guire y Frankel en su célebre estudio, así eran también en la época prerrevolucionaria del cruel Batista; con dictadura pero sin totalitarismo, y con menos cadáveres en la cuenta que los admirados canallas Fidel y Che Guevara.