jueves 9 de julio de 2020

Sergio Aquindo: “Me iría a vivir adentro de algunas películas”
Sup. Cultura

Sergio Aquindo: “Me iría a vivir adentro de algunas películas”

Tras 15 años de habitar en París, el artista mendocino rearma los fragmentos de inspiración, cuenta el modo en que se abrió camino a punta de lápiz y completa el cuadro tras el atentado desde la mirada del inmigrante.

Sergio Aquindo: “Me iría a vivir adentro de algunas películas”

Son los ’90: somos como una familia que se encuentra siempre en el drugstore de Diana para irse luego a un recital de In Puribus, Camisones o Karamelo.

Adolescemos con euforia y sed como el personaje de “Corderoi” (el libro de Leo Pedra). Un dibujante se sube a cantar óperas en la mesa del mini-market. La cerveza cuesta un peso. Otro dibujante derrama humor ácido.

“Ahora somos todos artistas”. Empezamos a entender que lo que nos unía como generación era, antes que nada, el plan sistemático de reírnos de nosotros mismos.

En una de esas mesas, Sergio Aquindo muele telgopor mientras cuenta su procesión a la casa de Scafati. Es un relato plagado de humor negro, absurdo. Esa noche nos regaló un dibujo: un hombre encorvado y con sombrero, una versión de Mr. Hyde.

Ahora es el invierno parisino. Estamos en 2015. Desde hace décadas, Sergio Aquindo vive y trabaja en Francia, sus dibujos aparecen en Le Monde y, en los últimos días, recibe llamadas desde la lejana Mendoza para que opine sobre el atentado de Charlie Hebdo porque se ha convertido en “el dibujante mendocino que triunfa en la Ciudad Luz”.

Abrimos un chat entre esas dos líneas de tiempo:

-¿Cómo fue tu crecimiento artístico en Mendoza? Qué influencias te marcaron? ¿Qué recordás del clima generacional en el tiempo que viviste aquí?

-Un crecimiento desordenado. Para resumir, diría que siempre me gustó contar historias con imágenes. De pibe hacía historietas copiadas de La Guerra de las Galaxias, con el texto escrito en la máquina de escribir de mi vieja.

En la adolescencia hacía películas de terror (en todo sentido), donde actuaban mis hermanas, mis viejos, y hasta los perros de la familia. He hecho fotografía, y hasta intenté hacer teatro. Gracias a Dios, no persistí en eso.

De Mendoza recuerda dos momentos con mucho cariño: “el primero sería el taller de cine de Cristina Raschia y López Escalante, donde se me abrió toda una nueva perspectiva de lo que era el cine. Ahí conocí a Laureano Manson, con el que nos hicimos grandes amigos.

Éramos dos nerds totales, hablando de cine hasta por los codos. Hacíamos una revista de cine en fotocopias, Cinema se llamaba. ¡Era espantosa! La armábamos en una fotocopiadora de la calle 9 de Julio.

Creo que mi verdadera pasión sigue siendo el cine, pero exige un tipo de energía que yo no tengo. Yo soy un anacoreta. Si pudiera, me iría a vivir adentro de algunas películas, como en "La Rosa Púrpura del Cairo" de Woody Allen”.

-¿Y el otro momento?

-Sería la Facultad de Diseño, a la que entré casi por casualidad. Ahí conocí a Malaño (Sergio Bordón), un personaje irrepetible, con su propio universo. El que conoce a Malaño sabe de lo que hablo. Él dibujaba historietas, y me contagió de nuevo las ganas de dibujar. El dibujo fue a partir de ahí como una fiebre: éramos dos nerds totales hablando de dibujo hasta por los codos.

Recuerda que en Diseño, con el único que hablaban de dibujo era con Mario Delhez, “un apasionado que sabía transmitir eso en sus clases”. Después empezó  a colaborar con algunas revistas, como la "Beztiario" de Laura Araujo y Leo Rearte. “Al cabo de un rato dejé la facultad y empecé a trabajar como ilustrador del diario Uno.

Luego con el Ale Crimi, otro tipo absolutamente inusual para Mendoza, hicimos el libro ‘Bolsa de Gatos’. Y empecé a sentir que en Mendoza había un techo creativo, que tenía que ir más allá”.

-Entonces te fuiste a ver a Scafati.

-Sí, en esa época conocimos a Scafati, que para nosotros era un ídolo porque había triunfado fuera de Mendoza. Nos recibió con un yerbeado y un pan con manteca. Y nos mostró los dibujos originales de “La Metamorfosis”. Fue un shock. Ya con él hablaba del tema de irme de Mendoza.

No, advierte que no sería capaz de dar una idea de clima generacional. Pero sí tiene figuritas, “pedazos de un puzzle que alguien podría tal vez armar”: el menemismo, MTV, las fiestas, los Karamelo Santo, cierta risa constante de cosas que eran graves... típica del menemismo.

Las influencias fueron sobre todo esos amigos: Malaño, Laureano, Ale Crimi, Gustavo Kletzl, Laura Araujo, Cecilia Salinas, Valentina Gonzalez... “Era una suerte de gran familia freak y disgregada, pero que me contenía”.

-¿Por qué París? ¿Cómo te recibió la ciudad? ¿Cómo te abriste camino como dibujante?

-Nunca le di bola a París. Yo iba a Londres, porque en aquel momento yo me creía un tipo muy londinense. En Londres, claro, me di cuenta que era un provinciano. Antes de que los ahorros se me terminaran, crucé La Mancha en un ferry y aparecí en París.

Creo que elegí París por cosas muy simples: había un poco más de sol, la gente era más solidaria, uno veía chicas leyendo libros en los bares... En Londres, como en Nueva York, time is money. En París flotaba todavía cierto clima de bohemia que me conquistó.

-¿Ibas con la carpetita a golpear puertas?

-Para abrirme paso, agarré mi carpeta de dibujo y me fui a visitar todas las redacciones. Absolutamente todas: desde los diarios importantes, hasta las revistas de karate o fisicoculturismo. Me pasé dos meses yendo a ver editoriales. No hablaba francés todavía, lo cual paradójicamente era una suerte.

Porque uno tiene que pensar que nadie te está esperando allá: ¡no te conoce ni el tero! Hay miles de dibujantes antes que vos. Tu "arte" no es suficiente: tenés que hacer todo lo posible para que se acuerden de vos.

Como buen mendocino, yo llegaba siempre tarde a las citas. Eso los volvía locos a los parisinos, que han nacido con un reloj en la cabeza. Los tipos querían que abriera la carpeta inmediatamente, ¡me querían despachar rápido! Pero yo demoraba la cosa, les contaba historias de Argentina, verseaba... Los sacaba del ritmo cotidiano. Y después se acordaban de mí

¡Algunos hasta terminaban invitándome a comer! Como cuento en mi blog, entre todas esas redacciones que visité, estaba la de Charlie Hebdo, que era sin duda la más delirante. Al cabo de un tiempo empezaron a caerme algunos trabajitos de dibujo, pero no me alcanzaba para vivir. Ni siquiera los podía cobrar porque no tenía papeles.

Entonces hice un poco de todo para sobrevivir: albañilería, mudanzas, lo que fuera. El camino clásico del inmigrante. De todos lados me echaron a las patadas, claro.

-¿Qué significa ser un inmigrante en París? ¿Cómo se vive eso ahora después de Charlie Hebdo?

-Todo depende del color de tu piel y del país del que venís. Preguntale a un inmigrante boliviano cómo lo tratan en Argentina. El racismo está mucho más presente de lo que creemos, y tiene muchas formas: administrativas, laborales, culturales. En Francia tienen principalmente un problema no resuelto con sus antiguas colonias.

El gobierno de Sarkozy fue realmente un desastre en ese sentido: la xenofobia era una política de Estado. No sé qué va a dar la tragedia de Charlie Hebdo. Quizás se acentúe dramáticamente el clima nauseabundo que hay en toda Europa.

Pero en la marcha del domingo pasado sentimos cierta esperanza. Mucha gente parece estar redescubriendo el sentido de las palabras Libertad, Igualdad y Fraternidad. Tres conceptos que no se pueden separar: sin Igualdad y Fraternidad no hay Libertad posible. Eso se sintió en la marcha. Quizá la generación de pibes que manifestaban por primera vez tome esos conceptos y los re-invente.

-¿Cuáles son tus impresiones sobre la reacción de la sociedad europea?

-Francia vive una crisis de identidad, y como siempre cuando uno está en crisis, busca responsables, le echa la culpa a los otros: a los musulmanes, a la inmigración. Es lo más fácil. Imaginate que en Argentina te dijeran todo el tiempo que vos no sos argentino “de verdad”, porque tus padres o abuelos eran extranjeros.

¿Cómo puede ser feliz un pibe francés al que le niegan un trabajo porque tiene un apellido árabe? Y si ese pibe se subleva por eso mismo le dicen “que no se integra a la sociedad francesa”. Cada vez lo van alejando más. Mucho de esos pibes se refugian entonces en la religión. Y algunos, muy pocos, caen en las redes de predicadores islamistas, que les lavan el cerebro.

Pero el malestar es profundo. Para ser claro: la discriminación, que es muy real en Francia, es mucho peor que todos los -queridos- muertos de Charlie Hebdo. Es hipotecar el futuro.

Como dibujante, a veces tiene encargos diarios; a veces, no. Labor en la urgencia, y no hay horarios ni fines de semana. Su última entrega fue al diario Le Monde, donde 27 ilustradores aportaron su visión gráfica sobre el atentado a la revista satírica. El diseño de Aquindo muestra cómo la oscuridad se va comiendo las letras de Charlie Hebdo.

Pero siempre anda en mil proyectos a la vez. “Hago grabado, escribo, armo bocetos de libros... Mi meta es poder concretar algunos de esos proyectos. He elegido ganar poca guita, pero tener libertad para hacer lo que quiero.

Vivo de todo eso un poco, de los dibujos para Le Monde, las clases de ilustración que doy, la venta de algún dibujo o algún grabado... A veces me parece un milagro haber podido vivir quince años así, sin sueldo, sin ninguna seguridad. Creo que los argentinos estamos bien acostumbrados a eso, ¿no? Somos todo terreno”.

Su zona de vagabundeo y creatividad ahora es el norte de París, “que es un poco el melting pot de la ciudad”, allí donde se mezclan razas, religiones, vestimentas y músicas de todo el mundo. “Me gusta mucho caminar por esta parte.

Siempre descubro algo que no he visto: un cartel, un edificio antiguo escondido, un baldío, o la casa de un pintor famoso, de un escritor. Como el norte de París siempre fue popular, todos los artistas y escritores han vivido por ahí, desde Baudelaire, Monet, Daumier o Degas hasta Cortázar... Como dice Vila Matas, París no se acaba nunca”.

-¿Ves hoy tus etapas creativas en perspectiva?

-Desordenadas, de nuevo. Pero empiezo a ver hacia dónde voy, qué quiero realmente hacer: seguir trabajando para concretar mis proyectos, que debe ser la única razón para que un tipo como yo haya venido a parar a este planeta de mierda.