lunes 10 de agosto de 2020

Primero hay que saber oír
Sup. Cultura

Primero hay que saber oír

Textos inéditos del escritor argentino ahora salen a la luz y se reúnen, en un libro llamado “Tinieblas para mirar”, con otros relatos antes dispersos. Una vez más, la solidez narrativa del maestro de periodistas nos invita a oír el habla popular y los d

Primero hay que saber oír

"Las ficciones son nuestra forma de rebelión” , dijo. Y, en su caso, la escritura empezó como un modo de transgredir. Sabido es que redactó su primer cuento cuando tenía menos de diez años para burlar el castigo de sus padres, que le habían prohibido leer. Así, al límite, investigó, documentó y escribió su vasta obra durante medio siglo.

Al fallecer en 2010, el escritor y periodista Tomás Eloy Martínez dejó inéditas o dispersas en diversas publicaciones muchas de las narraciones que escribió a lo largo de cincuenta años. “Tinieblas para mirar” - un volumen de pronta  aparición- reúne esos textos hallados en sus archivos.

Como explican los editores, este volumen no es el reflejo de un libro que TEM haya llegado a preparar como tal, sino un conjunto de cuentos, crónicas y relatos éditos e inéditos reunidos por su hijo Ezequiel.

Claro reconocemos en él, los cuatro elementos fundamentales del  autor de “Santa Evita”:  el habla popular, los desgarramientos de la realidad argentina, el peronismo y sus emblemas, el exilio, la sexualidad y la muerte.

En una visita reciente, descubrimos que el Archivo TEM atesora su vasta producción en ficción y periodismo. Guarda desde  originales mecanografiados de sus primeras novelas y ensayos, hasta cuentos inéditos. De ese cosmos bibliográfico, surgen ahora catorce relatos (entre ellos “Confines”, “Purgatorio”, “La estrategia del general”, “Colimba”, Vida de genio”, etcétera) que orbitan alrededor de sus pasiones literarias.

"Un fallido intento de intercambio de cadáveres ilustres —los de Evita y Aramburu— con la ayuda de un camión cisterna como vehículo y refugio; la vida de una mujer que despliega todos los días una coreografía en una estación de trenes neoyorquina; la semblanza irónica de un niño prodigio destruido por una madre posesiva; el enfrentamiento entre el ejército y unos obreros en las afueras de la ciudad de Tucumán poco después del '55; las legendarias andanzas de dos asaltantes de la década del treinta son algunas de las historias que abordan estos cuentos", adelanta la sinopsis. En ellos, también se aprecia cómo el escritor y maestro de periodistas mezcló sus dos formas de narrar (con resultados notables en "Santa Evita"): la ficción y la no ficción. 

Recordemos que su primera obra literaria “La novela de Perón” (1985), comenzó como un trabajo de investigación periodística “muy acucioso”, que nació de la necesidad de “enmendarle la plana a Perón”, como confesó el autor.

“Me dije que tenía que explorar qué había detrás de todo esto que Perón contaba y dónde estaba lo cierto y lo que no era cierto”, confesó. Así que toda esa exploración la volcó en “Las vidas del general” (2004). “Cuando empecé a escribir ‘La novela de Perón’, durante el exilio, tenía una discusión cotidiana con un matemático que vivía enfrente de casa, Manuel Sadosky. Yo le decía que mi desafío era revelar la verdad en la misma dirección con que Sarmiento escribió el Facundo. El Facundo que ahora conocemos es el de Sarmiento y no el Facundo real; yo quería que el Perón que conocieran las generaciones futuras fuera el de mi novela. ‘No querés poca cosa vos’, me decía Manuel. Perón devora todo porque tiene su propia ley de gravedad. Pero me bastaba con que mi novela lo desafiara”, subrayó Tomás, que fue uno de los referentes de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, creada por su amigo Gabriel García Márquez.

Al filo de la crónica periodística o lanzados a las más delirantes maquinaciones de la invención, estos relatos que ahora aparecen reunidos en las “Tinieblas...” brillan por su absoluta vigencia y confirman la dimensión literaria de un autor imprescindible.

“Nos hemos acostumbrado a no saber en qué país estamos ni aún cuando volvemos a nuestra casa. A veces pienso que nos hemos quedado sin país alguno, y que este horizonte vago al que llamo país es para mis compatriotas el patio de la escuela, o el gato del vecino o la melancolía de lo que no se puede hacer”, escribe en el primero de ellos: “Confín”.

Cuento incluido en el libro "Tinieblas para mirar" (Alfaguara)

Habla la rubia

Ahora, la abuela Cleme me hace mojar los dedos con saliva y ponerlos sobre los ojos de don Osorio y decir fuerte: “Por Diosito y la Virgen Santísima, curesé”. Yo y la abuela, las dos, estamos sentadas y tocándonos en la cama de fierro, y don Osorio sigue arrodillado y reza. El tío Beni me trae agua y dice: “Tomá, para que te crezca la saliva”. Yo le pregunto otra vez a la abuela: “¿Qué no habrá sido el picor, abuela?”, y otra vez ella se queda callada. Don Osorio se para y le cuenta al tío Beni que está viendo un poquito de luz. A mí me besa la punta del vestido. “¡Estoy viendo un poquito de luz!”, le dice a la gente que ha venido. Oigo que la gente se pone a aplaudir y a cantar Oh María madre mía. Ahora, uno que ha venido en camión y que vive para el lado de Leales se arrodilla frente de la abuela Cleme y de mí y me muestra la espalda con el morado de las ventosas. La abuela me hace que le ponga saliva y que le diga: “Por Diosito y la Virgen santísima, curesé”. El José y el Mocho andan juntando los pesos que da la gente. A mí me viene un poco de sueño, y miedo porque nadie le va a dar maíz a la gallina colorada y se me puede morir ahora que es el tiempo del emplume, pero el tío Beni y la abuela no quieren que salga y que deje la curación. Para qué habrá venido la Virgen, digo yo.

Todo ha empezado cuando he estado descascarando un poco el eucalipto. Bajo una cáscara había una juanita medio redonda y a mí me ha dado por escarbarla con la uña. La juanita me ha soltado agua cerca de la cara y me ha hecho picar. Yo he mirado arriba para que me dé el aire y se me vaya el picor y en la punta del eucalipto había como un fueguito azul que caminaba despacio y se hinchaba y se calentaba en medio del sol. Lo he llamado al Mocho y le he dicho: –Mirá ese fueguito.
El Mocho me ha dicho que no veía nada y que sería el picor de la Juanita que me estaba haciendo mal. La abuela Cleme venía por atrás. Con las dos manos se ha tapado la resolana de los ojos.

–¿En qué parte?

El eucalipto estaba limpio arriba otra vez.

–Debe ser la Virgen –ha dicho la abuela Cleme. Pero yo me suponía que no. No tenía brazos ni el pelo de la Virgen que estaba en el almanaque. Y si la Virgen era así, y la abuela lo estaba sabiendo porque había visto muchos almanaques con la Virgen, a mí me daba lo mismo.

La abuela Cleme me ha lavado la cabeza y la cara y me ha puesto un escapulario. Por el gallinero hemos cruzado a la casa de doña Ema y yo me he quedado esperando en el patio a que la abuela le diga: –La Virgen se le ha aparecido a la Rubia, doña Ema.

Y doña Ema me ha besado la punta del vestido y me ha hecho tocarla a la gallina overa de ella a ver si la curo de la tristeza.

Las tres hemos abierto la puerta de atrás del gallinero y hemos ido al galpón donde tiene su carro el tío Beni, la abuela adelante y yo y doña Ema siguiéndola, las tres, y la abuela le ha dicho al tío Beni que llame a los más que pueda porque en el eucalipto se me había aparecido la Virgen y me había hecho curarla a la gallina overa de doña Ema.

Estábamos más o menos todos en el galón y la abuela ha contado lo del eucalipto.

–Habrá sido como en Vipos –ha dicho don Arias–, cuando la Virgen se ha bajado para decir que iban a acabarse los pobres y a la final, se ha desaparecido y no ha vuelto más.

En Simoca también dicen que se ha aparecido una vez –ha dicho la Gregoria, que estaba dándole de mamar al Josecito de ella– y ha curado a cuanta criatura que tenía flojera de vientre.

Y ha sido la abuela Cleme la que ha dicho entonces que yo estaba bendecida y que iba a darle salud a todos.

–¿Qué no habrá sido el picor de la Juanita nomás, abuela?, le he preguntado yo.

–Eso, a lo mejor era el picor –ha dicho doña Basilia, que sabía prepararnos las cataplasmas al José y al Mocho y a mí cuando andábamos con la fiebre y ponerle sebo de pato a la abuela para el reuma. Ella, que es entendida.

Pero a mí el tío Berni me ha hecho a un lado y doña Ema me ha empezado a rezar el rosario y las que eran mujeres a contestarles. Sería para la oración, y la abuela Cleme ha dicho que vayamos al eucalipto a ver cómo era la Virgen. Ella y el tío Beni y doña Ema han salido adelante y seguro que me la han espantado a la gallina colorada cuando han pasado por el gallinero, y yo me he quedado atrás un poco para que la Gregoria le haga la señal de la cruz al Josecito de ella con mi escapulario.

La abuela ha hecho que el tío Beni la ponga de rodillas al frente del eucalipto y todos se han arrodillado y yo también. Arriba del árbol estaba medio oscuro y ya andaban revoloteando algunos tucos.

–Decile a la Virgencita que se aparezca –me ha dicho la abuela.
Vení Virgencita, vení –he dicho yo.

La Gregoria se ha puesto a cantar Oh María madre mía y hasta el tío Beni y don Arias han cantado. Entonces la abuela ha preguntado fuerte: –¿Qué no ven como un fuego en el eucalipto?

El Mocho y el José andaban en medio de la gente haciendo como gárgaras de rana.

–¡Si no hay nada, abuela! –han dicho.

Para mí que no había nada, pero el tío Beni los ha sacado al Mocho y al José, a los dos, y les ha torcido el brazo. Para mí que no había nada. La Gregoria y la abuela Cleme y las demás han vuelto a cantar Oh María madre mía y la Gregoria se ha tapado la cabeza con un pañuelo para que le vean el respeto.

–Ahora está clarito el fuego –ha dicho doña Ema–. Debe ser la Virgen nomás.

Como al rato, la abuela Cleme me ha llevado a dormir a la cama de fierro de ella y me ha dejado con el escapulario, y cuando la abuela se ha ido el José me ha dicho: –Para qué habrá venido la Virgen.

A mí no me gustaba tampoco que venga.

La gente se ha empezado a juntar a la vuelta del eucalipto y se vienen para la casa así yo los mojo con saliva y les digo lo que la abuela Cleme me ha enseñado: –Por Diosito y la Virgen Santísima, curesé.

Cuando es de siesta, la abuela y el tío Beni me llevan al eucalipto y me hacen arrodillar, y la gente se amontona al lado de mí y me besa el vestido. Siempre es la abuela la que dice primero: –Miren ese fuego.

Y la gente empieza a cantar y a arrodillarse. Para mí que no hay nada.

A cada rato se juntan ahora los camiones y los carros, y el Mocho ha visto que están poniendo una rifa como la de San Roque en el galpón del tío Beni, pero la abuela Cleme no quiere que salga de la pieza más que a la siesta. Con lo que a mí me sabe gustar la rifa de San Roque.

Como a la oración me ha dado un caimiento y parece que el tío Beni se ha ido a llamarla a doña Basilia a ver si me prepara una cataplasma, y doña Basilia ha dicho que si estoy bendecida para qué la quiero. Así que me han dado agua con azúcar y me han puesto abajo del vestido un saco que era del José.

Ahora, a lo mejor me puedo dormir. La abuela Cleme ha roncado con la boca abierta y yo le miro toda la boca pesada. Apenitas lo he oído al José cuando me ha dicho: –Con el Mocho le vamos a poner humo a la Virgen. Así se va a ir.

Pero yo me supongo que a la Virgen le gusta el humo si es que anda en medio de las nubes.

–Los van a ver y el tío Beni les va a torcer el brazo –le he dicho al José. Con toda la gente que se queda a dormir afuera.

–Para qué habrá venido la Virgen –dice el Mocho.

Para qué habrá venido, digo yo.

Cuando ha sido la siesta, la abuela y el tío Beni me han llevado otra vez al eucalipto y me han hecho arrodillar. Como hasta la mitad, el eucalipto estaba tapado del tizne ahora que el José y el Mocho lo han querido quemar con trapos y querosén y el tío Beni les ha torcido el brazo y los ha llevado en el carro para que vivan con la abuela Sara hasta que pase todo esto. Parece que don Arias y el tío Beni y todos han trajinado mucho a la noche por tras de la quemazón.

Ha sido la abuela Cleme la que ha dicho primero: –Miren ese fuego.

De atrás de nosotros han salido porfiando con que no, con que ya no se veía nada.

–Se ha ahuyentado la Virgen –han empezado a decir.

Ahora, el tío Beni ha dicho: –Ahí está, se la ve clarito.

Y la gente ha porfiado con que no, y no ha querido arrodillarse más. Para mí que no había nada. Me supongo que la abuela estaba llorando un poco.

Ahora, han venido otros tres para que los moje con saliva, pero después hasta la oración he estado en la cama de fierro de la abuela y me he comido las uñas. Afuera estaban empujándose los carros y los camiones para irse. Dice el tío Beni que ya no voy a dormir más en la cama de la abuela. A lo mejor me deja ver la rifa de San Roque que han puesto en el galpón.

Ahora, ha entrado don Arias y le ha contado a la abuela Cleme que la Virgen se ha aparecido arriba de una higuera en El Cruce y que dos que no caminaban en El Cruce han empezado a caminar lo más bien.

Cuando vengan el José y el Mocho, seguro que la abuela Cleme nos va a llevar para que la veamos a la Virgen.