Sup. Cultura Sábado, 14 de marzo de 2015 | Edición impresa

Luis Sagasti: “La musicalidad del lenguaje sigue siendo un desvelo para mí”

Escritor, docente, crítico de arte, Sagasti nos entrega una nuevo libro-constelación. En “Maelstrom” aparecen los hilos fundamentales de su literatura: las conspiraciones, la idea de totalidad, los intentos por recuperar la relación con el mundo por fuera

Por Mariana Guzzante - mguzzante@losandes.com.ar

"Alto como un basquetbolista,  frente a su biblioteca silenciosa, Luis Sagasti mira los 50 tomos de las Obras Completas de Sarmiento que heredó de su abuelo, entre volúmenes de Borges, Bioy y Saer.    

Desde su rincón preferido de Bahía Blanca, el escritor de “Bellas Artes” reflexiona: “No sé si me siento cómodo en alguna tradición; me han gustado siempre esos escritores que no son fáciles de poner en un estante.

O, mejor, ciertos libros más que escritores. ‘Contrapunto’ de Don de Lillo, por ejemplo; ‘El idioma de los gatos’, de Holst; ‘La invención de la soledad’, de Auster; ‘Colores Primarios’, de Alexander Theroux o ‘Esto no es un libro’, de David Markson”. 

De los bocetos que cuelgan entre las maderas, Sagasti arma su escritorio de trabajo: una constelación en papelitos. Todo, o casi, va a parar a esa partitura de la lengua que compone su literatura. 

-¿Qué implica escribir en/desde Bahía Blanca?

-Bahía tiene la ventaja de tener una escala humana, lo que permite tiempo para poder escribir.  Nunca comprendí esa distinción que algunos aún hacen entre interior y nación. Quienes viven fuera de CABA son ‘el interior’, los de Buenos Aires escriben ‘literatura nacional’. Por suerte esa forma de unitarismo idiota está desapareciendo.

En la ciudad portuaria de las casas grises, Luis ha escrito sus novelas “El canon de Leipzig” y “Los mares de la Luna” (a las que definió como “relatos donde el lector debe aguardar una resolución, y que plantean, por así decirlo, algún enigma”). También “Bellas Artes”, una criatura textual extraña (ensayística + recursos narrativos) que forzadamente se etiquetó como novela.

 No está de más pensar en el aura de Macedonio. Aquel prólogo de prólogos que anunciaba una novela futura como links de mails que se disparan al futuro parecen encontrar hoy un click en las novelas de Sagasti.  

“Tengo una predisposición natural a unir y entrecruzar datos, hechos, personas sin declamar nunca lo que los une. Y que cada una de esas cosas estén como si fueran nodos, planetitas con su módica fuerza de gravedad que hacen que entre ellos puedan sostenerse sin chocarse”. De esta forma definió el modo en que escribió Bellas Artes. 

Episodios de la vida y de la obra de artistas, filósofos y escritores desfilan y componen una trama original en Bellas Artes. Allí, el bahiense teje líneas de textos que se abren y despliegan como los links de la Red; así, une nodos que van desde Vonnegut hasta Primo Levi, de la caída de la familia Barón Biza al avión de Saint-Exupèry y, entre medio, escribe una novela sobre la percepción del tiempo en el siglo XXI.

La idea es trazar conexiones, armar un mapa inesperado y, a la vez, trabajar con la música del lenguaje.  

-¿Qué experiencias influyeron en tu visión de la vida y, por ende, del arte?

-Puedo detenerme, sí, en algunas circunstancias que de alguna manera han sido simiente de una forma de estar en el mundo. Que nada muy particular tiene, como casi la de la mayoría de las personas pero que al menos a mí me permite relacionarme con la realidad con una intensidad que considero estimulante, nutritiva.

La muerte de mi hermano a los 21 años, yo tenía 20, me fue dando con el tiempo, una clara conciencia de finitud, por ejemplo. O los constantes aguijones a mi curiosidad durante la infancia, los diálogos con mi abuelo más concretamente, fueron claves -con sonoro acento en la a: cláves.

De hecho encuentro extremadamente curioso, y no es un juego de palabras, la falta de curiosidad de mucha gente. Otra circunstancia la constituye el tejido conjunto de una red de afectos que permiten atrapar moscas maravillosas. Me encantaría poder responder con algo a la manera de Hollywood: “ Cuando yo era niño una vez salí corriendo en busca de una pelota cuando encontré que…”  Pero me temo que no es posible.

-¿Y cómo te convertiste en escritor? 

-Como a todos, siempre me gustó que me cuenten historias pero por alguna razón también, me gustaba contarlas. Cuando estaba en tercer grado dibujaba historietas; recuerdo haber guardado algunas en cajas que luego enterraba en el patio, una suerte de tesoro escondido. Ahora que pienso: se trataba de continuar o de incorporar la aventura, ciertas tramas, en mi módica biografía de niño.

Digo, ir al patio con un plano y desenterrar el tesoro para, por ejemplo, mostrárselo a un amigo (también pienso ahora: acaso por eso venían cada vez menos amigos a casa). Sobre fin del secundario me habitaba cierto impulso literario, me fascinaban escritores como Henry Miller, por ejemplo, pero sentía que no tenía nada para contar.

Digamos, quería aventurarme en la gastronomía pero ni siquiera había aceite en la cocina. Ya después en la universidad escribía algunos textos para revistas under hasta que a principios de los noventa comencé con una historia que con los años se convirtió en “El Canon de Leipzig”, mi primera novela.

-¿Cuál es tu visión de la narrativa argentina actual?

-Yo creo que hay muchos escritores muy buenos, de grandísima calidad literaria, hablo no solo de narradores sino también de poetas. Eso me inhibe de nombrarlos porque obviamente de alguno siempre te olvidás. Todos los años salen al menos diez libros muy buenos.

Al mismo tiempo en estos últimos años han surgido una serie de editoriales que han hecho una apuesta muy seria en términos de calidad literaria: Mar Dulce, Entropía, Eterna Cadencia, Caja Negra, Mansalva, Adriana Hidalgo, La Bestia Equilátera… La inmensa mayoría de los escritores que no nombro suelen publicar en ellas. 

-¿Qué sensación te dejó el éxito de "Bellas Artes"?

-El término “éxito” es muy relativo en literatura, se parece mucho a una pequeña llama sujeta a vientos que no se controlan. Así, puede apagarse muy pronto o devenir fogata, incendio. Me siento muy halagado por la generosa disposición de lectores y críticos para con “Bellas Artes”.

Se trata de un relato muy difícil de clasificar -lo que en sí mismo no es ningún mérito- en consecuencia su lectura corre el riesgo de generar algún tipo de incomodidad. Por suerte mayormente no ha ocurrido así.

Por supuesto todo esto me genera mucha alegría pero también un estado de alerta para no convertir los aspectos formales de Bellas Artes en pura fórmula; aunque creo que mi voz, mi forma de relacionarme con el mundo, se asemejan mucho a esa manera de escribir. 

En 2011, el mismo año que publicó Bellas Artes, Sagasti lanzó también “Perdidos en el Espacio”. Allí explora cómo la historia argentina comienza a escribirse una vez que la burguesía terrateniente consolida su poder.  

-¿Cuál fue tu motivación para escribir "Perdidos en el espacio"?

-Las clases de Historia del secundario suelen estar constituidas por una serie de batallas, dinastías y tratados que para la inmensa mayoría de los alumnos no tiene el menor significado. Es cierto, y quiero aclararlo, que, desde hace algunos años, hay excepciones muy saludables en todos los ámbitos. Pero Historia siempre fue una materia dictada por una vieja, así tuviera treinta años y fuera varón.

De alguna forma esto pareciera responder a una estrategia: la Historia como archivo desangelado de un pasado que no vale la pena revisar. Un triunfo, claro, del espíritu conservador. Entonces, hace mucho, se me ocurrió en mis clases indagar con mis alumnos la naturaleza de ese aburrido discurso cuyos perfiles mítico religiosos resultan difíciles de soslayar.

Baste ver que nuestro relato histórico comienza con una semana –la Semana de Mayo-  al igual que el Génesis bíblico, o que la figura escolar de San Martín sea casi un calco de la de Moisés.

Todo este relato se refuerza con una liturgia diaria -izar la bandera al compás de una canción incomprensible para la mayoría de los docentes y alumnos- así como también con la disposición física de los mismos alumnos en el aula y el diseño y la ocupación del espacio público entre otros dispositivos.

De esta manera los grupos dominantes han ido creando a través de instituciones del Estado un ciudadano proclive a aceptar gobiernos autoritarios o dictaduras. Baste ver la verticalidad simbólica sostenida por el Cabildo como para graficar un poco las cosas.

-Hablanos de tu nueva novela, “Maelstrom”. 

-Tenía una serie de ideas que me daban vuelta por la cabeza hasta que encontré sin buscar un par de versos de Calveyra que me permitieron acomodarlas en una trama de cierta consistencia.

No podría decir, claro, de qué trata la novela pero sí que coexisten, espero que armónicamente, algunas ideas que siempre han aparecido en mis libros: las conspiraciones, la idea de totalidad, los intentos por recuperar la relación con el mundo por fuera del lenguaje, como hacíamos cuando niños.

La trama se plantea a partir de una serie de historias e interpretaciones de esas historias cuya resolución –digamos que hay un misterio a resolver- se anticipa, por decirlo de algún modo, en los epígrafes.

El de Olaf Stapledon, por ejemplo: “El universo que el destino me había señalado no era una cámara estrellada, sino un vórtice de corrientes de astros.”  Por supuesto que más allá de la trama, los aspectos formales, la musicalidad del lenguaje  sigue constituyendo un desvelo para mí.

Sobre “Maelstrom”

Gustavo está en Santiago de Compostela investigando la repercusión de la Guerra Civil Española en Bahía Blanca, más precisamente, cómo se organizó allí la ayuda a los republicanos. En un paseo por el parque de la Alameda, un pequeño jardín de helechos, el Jardín de Andrómeda, y una placa con siete nombres despiertan su curiosidad.

Que una ciudad tan católica le dedique un jardín a un personaje de la mitología griega le pareció algo raro. Los nombres en la placa le hicieron pensar en víctimas de la guerra, en republicanos, sobre todo porque eran de diferentes nacionalidades. Pero al parecer nadie sabe nada al respecto, ni siquiera el jardinero del lugar, cuyo nombre, llamativamente, es uno de los siete que figuran en la placa.

El narrador, a medida que recibe por mail los avances y detalles de la investigación de su amigo, va entrando con él en una espiral de intrigas e hipótesis que, a su vez, le disparan infinidad de asociaciones, que van desde la astronomía y los mitos griegos, hasta la obra de Julio Verne, Van Gogh o Hundertwasser y su Jardín de los muertos felices.

Mientras, la acción se traslada del parque de la Alameda a un circo en el Gran Rosario y de allí a un grupo secreto en Temperley, como en un gran maelstrom que todo lo abarca. “¿No será la espiral la figura que aparece cuando no se piensa, cuando se gesta el vacío?”, se pregunta el narrador.