Sociedad Sábado, 1 de octubre de 2016 | Edición impresa

Los bosques nativos y sus riesgos

Representan un papel fundamental en la vida de todos los seres del planeta. Siempre han despertado la codicia por su posesión y posterior explotación.

Por Hugo Eberle - Especialista en temas ambientales

Las grandes masas de vegetación nativa distribuidas a lo largo del planeta son, en realidad, el pulmón del mundo por el papel que representan en la vida de todos los seres a través de la purificación del aire que respiramos y también de la captura del dióxido de carbono que, como sabemos, es el principal componente del efecto invernadero que causa el calentamiento global.

El valor de los bosques nativos no sólo es, de acuerdo a lo expresado, ecológico sino que también tiene un inmenso valor social y principalmente económico, que se manifiesta desde la explotación de la madera.

Desde la existencia misma de la humanidad está siendo usada para la construcción de viviendas y enseres familiares, pero también como fuente de materias primas para las industrias celulósicas, farmacéuticas, perfumeras o químicas, sin descartar muchas otras áreas que se nutren de estos recursos naturales.

Como todo lo que tiene un valor económico significativo, los bosques siempre han despertado la codicia por su posesión y posterior explotación, con el único propósito de generar lucro a quienes los poseen y a quienes procesan esa riqueza para transformarla en bienes de mercado.

Esto fue así hasta que los excesos cometidos y la percepción científica de los primeros eventos climáticos observados produjeron la aparición de las voces del ecologismo, las que, aún sin conseguir detener el ritmo de tala, han conseguido generar conciencia en el mundo de la importancia de mantener en pie la mayor cantidad de bosques de todo el planeta.

Ésta es una historia de éxitos y fracasos aunque de a poco se están consiguiendo logros, no sólo en la Amazonia sino también en los bosques rusos, canadienses, alaskanos e indonesios merced a una tarea que no fue ni es fácil debido a los gigantescos intereses económicos, especialmente agropecuarios, tendientes a sustituir florestas por praderas para producir los necesarios alimentos que requiere una población mundial en constante crecimiento y sin expectativas de freno.

Está claro que aún hoy la tala es el principal riesgo de los bosques pero no debemos descartar otros como los incendios o también pestes o plagas.

Los incendios suelen tener su origen en la propia naturaleza pero también pueden ser causados por actos negligentes o intencionales del ser humano; de hecho, estos son los más frecuentes según la mayoría de la bibliografía que se encuentra al respecto. El fuego forestal genera pérdidas económicas importantes pero principalmente perjuicios ambientales que, en la mayoría de los casos, son irrecuperables o de recomposición en el largo plazo.

En principio, el incendio forestal es un desastre natural muchas veces necesario para mantener el equilibrio de los ecosistemas. Sus principales causas son los rayos, pero también en épocas de mucha sequedad y temperaturas altas un inicio podría ser generado por los rayos solares concentrados en algún elemento reflectante. El fuego ya declarado podría agravarse luego con otro componente importante como es el viento, gran propagador y activador. 

El fuego naturalmente provocado suele producir la renovación de los bosques siendo que muchos de ellos -en especial las coníferas- aprovechan las llamas para abrir las piñas y de ese modo liberar las semillas que caen e inician el ciclo en los suelos. Estos son mecanismos de adaptación al fuego que algunas variedades contienen y aplican, aunque no siempre es así.

Los perjuicios ambientales provocados por los incendios forestales son inmensos, tal vez, la destrucción de los ecosistemas, ya sea en los propios bosques, gramíneas y matorrales que lo forman así como la fauna autóctona que deberá emigrar o morir, sean los principales.

Muchos otros que, aunque secundarios, no son menos importantes y tienen que ver con daños en los ojos de agua o nacientes hídricas, pérdida de fertilidad de los suelos, erosión seguida de desertificación, daños por el alza abrupta de la temperatura en la zona, contaminación por liberación de dióxido de carbono y material particulado en el aire, alteración de la actividad bacteriana y fúngica, entre otras, y finalmente el daño causado por la liberación de dióxido de carbono una vez producida la muerte de cada árbol que libera lo retenido mientras estuvo con vida.

En resumen, un incendio de bosques, que en 70% u 80 % es provocado intencionalmente o por negligencia de seres humanos, es mucho más que el árbol quemado.

En el plano material, la sola destrucción de árboles implica una pérdida económica por madera inutilizada, e insumos industriales como la celulosa, esencias y otros insumos y productos.

La dinámica de los incendios suele ser tan violenta y cambiante en función de las condiciones ambientales de cada momento que conlleva a dedicar ingentes recursos humanos y materiales para evitar o reducir hasta lo máximo que se pueda los riesgos de vida, de propiedades y de infraestructura necesarios para restaurar el desarrollo de la actividad normal de la sociedad, es decir el orden social y la calidad de vida que los bosques prestan a ella.