Espectáculos Domingo, 28 de abril de 2013 | Edición impresa

¿Los abrazos imposibles?

El cineasta Gus van Sant quiere convertir en película al libro "Cincuenta sombras de Grey". Curiosa noticia que reúne a dos elementos casi antagónicos: la pornografía y el erotismo.

Por Patricia Slukich - pslukich@losandes.com.ar

En una primera lectura es una noticia casi anecdótica de la industria: el consagrado director estadounidense Gus van Sant sería quien lleve al cine el best-seller ‘erótico’ “Cincuenta sombras de Grey”, de E.L. James.

El proyecto, acariciado por toda major que se precie como un batacazo de taquilla (debido a la sed de consumo que dispara en los lectores la novela), es casi una obviedad.

Los millones, no se anuncian: gritan. Y en tren de materializarlos, los padrinos del proyecto, que son la Universal Pictures y Focus Features, habrían tentado a van Sant para que tome las riendas del film. Tanto es así que, afirman, el director ya habría rodado una secuencia de prueba con Alex Pettyfer como Grey.

Hasta aquí seguimos en el terreno de la noticia pura. Pero este anuncio entraña una contradicción que promete maravillas. ¿Cómo es que van Sant, realizador de films filosóficos y conceptuales al estilo de “Elephant”, se ha embarcado a rodar una historia ‘porno soft’ como “Cincuenta sombras de Grey”?

¿Cómo habrían de cruzarse el porno y el erotismo, dos géneros cinematográficos antagónicos? ¿Por qué buscar a un director ‘de culto’, con firma de autor, para hipnotizar a las masas con el sexo en primer plano? Es que, al ritmo de nuestras prácticas culturales, ¿cambió también el concepto de lo ‘erótico’?  En el anuncio de esta película están latentes también estos interrogantes.

La imagen que no espera

De los ‘80 a esta parte la fisonomía del cine erótico y el pornográfico han cambiado evidentemente. O, mejor dicho, la pornografía ganó el territorio que comenzó a dibujar el erotismo. Y lo hizo al ritmo frenético en que las audiencias extinguen, en el consumo, toda posibilidad de elusión o espera.

En términos históricos, el erotismo fue primero; largamente. Y los ejemplos se remontan a los griegos -o aún más atrás-, desde distintas fuentes de materialización artística (no sólo el cine). Pero a fines del siglo XIX llegó la fotografía para cambiarlo todo: la imagen, y su poder icónico ineludible, se apropió también de la sexualidad e hizo de ella un segmento de mercado de altísimo rendimiento económico.

En el tránsito por el siglo XX y el XXI los avances tecnológicos y los virajes de las prácticas culturales y simbólicas en estas sociedades nacientes, dejaron al cine erótico arrumbado como un asunto ‘ineficaz’ en términos de narración de la ‘sexualidad’, y encumbraron a la pornografía como el paradigma eficiente del ‘decir’ corporal y genital de las masas.

¿Por qué, entonces, volver al erotismo con van Sant y su mirada sobre “Cincuenta sombras...”? ¿Será un buen negocio revisitarlo, en estos tiempos de evidente obscenidad, donde el espacio público ha fagocitado a la esfera privada de los sujetos? ¿Es hoy el erotismo tal y como lo conocimos hasta los ‘80?

Mirame, tocame, dame más

El género erótico tuvo su apogeo en los ‘70, aún cuando ya Rita Hayworth y su “Gilda” alucinaban espectadores con sus caderas (1946); o Hitchcock esbozaba apuntes sobre el fetichismo y la necrofilia en “Vértigo”; o Luis Buñuel jugaba en los supuestos extremos con “Belle de jour” -por ejemplo-.

Todos escarceos. Pues los ‘70, decíamos, llegaron para instalar el erotismo en el cine. En Europa, los cuerpos desnudos de “El último tango en París” de Bernardo Bertolucci, la sutileza poética de “El imperio de los sentidos” de Nagisha Oshima, el apunte casi político de Marco Ferreri en “Adiós al macho”, los planteos morales de “Las mil y una noches” de Pier Paolo Pasolini, o la indagación en las perversiones de José Bigas Luna y su -casi insoportable- “Caniche”, le dieron al cine erótico un peso temático y específico que nunca antes había tenido.

Pero Hollywood y su fábrica (pese a que en el under estadounidense existiese Russ Meyer, por ejemplo; también John Cassavetes o el mismísimo van Sant, unos años después) se acomodó en los ‘80 a las libertades del mundo global, a las fronteras diluidas, y nos ganó la batalla cultural con películas estrictamente ligadas al porno: “9 semanas y media” o “Bajos instintos”, como productos referenciales.

¿Por qué? Fácil: la necesidad creciente en las audiencias de ‘verlo todo’, de ‘contarlo todo’ y ‘frente a todos’ (el espacio público dando cuenta del mundo privado). El estímulo de la industria ligada a la imagen -y su lógica de lenguaje- comenzó a formar espectadores cada vez más demandantes de lo explícito, de la ‘verdad’ retratada en primer plano.

Este afán vouyeurista de las teleplateas, y la imperiosa meta de crear un “código cultural global” por parte de la industria cinematográfica, congeniaron a la perfección para desdibujar los límites y peculiaridades del erotismo y su cine; para convertirlo en ‘insuficiente’ ante el pedido del muestreo a destajo.

Flirteos que son promesas

Lo que nos inquieta en esta noticia, que trae a Gus van Sant y a “Cincuenta sombras de Grey” en la misma oración, es casi una promesa y su consecuente esperanza: que aquellos paraísos perdidos de lo erótico puedan, en tiempos del porno, volver a seducirnos.

Este cruce de abordajes que supone el nombre del realizador, junto a la evidente voluntad explícita y masiva de la novela, entraña una rara posibilidad: la preeminencia de la palabra poética por sobre la imagen.

O, lo que es lo mismo: pese a que los individuos asientan hoy sus  prácticas culturales en lo icónico, como constructor de discurso, tal vez este film pueda anteponer la palabra como creadora de significados en el circuito masivo y comercial.

Aclaramos: la palabra es aquí la mirada provocativa e interesante que tiene van Sant sobre el cine. En tanto que la imagen es la estereotípica descripción de “Cincuenta sombras...”, que reproduce en una versión porno-soft algunas ideas sobre el sexo y la dominación.
Raros cruces, ¿imposibles abrazos? Veremos.