Opinión Martes, 20 de octubre de 2015 | Edición impresa

Los 5 jinetes del Apocalipsis nac y pop

En esta metáfora de la Argentina moderna, el autor nos habla bíblicamente de cuatro jinetes que en su marcha por el territorio de la República destruyeron al país -el estatismo, el nacionalismo, el industrialismo y el populismo- para al final cederle el l

Por Fernando Iglesias - Periodista y ensayista - Especial para Los Andes

Y entonces el Revisionista abrió los sellos, y se oyó a cuatro seres vivientes decir con voz de trueno: Ven y mira. Y miramos y vimos un caballo blanco; y el que lo montó tenía un FAL en la mano y un trozo de bronce y de mármol en los brazos; y le fue dada una corona, y salió decidido a la victoria, y el Estatismo se adueñó así de la Argentina. Y todo lo invadió y nada dejó sin su control ni sin su caos.

En nombre de todos y al grito de "Yo soy todos" se quedó con lo de todos; y asesinó al hijo, y secuestró a los hijos del hijo. Y cuando le acusaron, cuando le desenmascararon y mostraron que todo ese horror lo había consumado con crueldad y sin pena, en infames antros donde cantaba un himno y hacía flamear una bandera, contestó: No voy a hacerme cargo hoy, como doctor Jekill, de lo que hice ayer como míster Hyde. Y entonces los mismos que por él habían sido torturados y humillados, y desaparecidos sus hermanos, lo adoraron como a Dios en la Tierra.

En eso estaban, cuando unos monjes tristes que por allí pasaban se apropiaron de él, y de su FAL y su caballo blanco, su mármol y su bronce, y todo lo que obtuvieron de sus tráficos y ceremonias lo pusieron en bolsas llenas de papeles de colores, que pesaron; y el Pueblo los adoró y les dio las gracias. Y entraron al templo tres veces, dejando debida limosna a los mendigos y a los sacerdotes, y dijeron pestes y plagas de los que habían destruido al Palacio en nombre del Mercado e hicieron lo contrario, destruyendo al Mercado en nombre del Palacio.

Y entonces nada, o casi nada, quedó en pie. Y lo poco que quedó lo tomaron en nombre de lo que debían dar, pero no dieron. Y bajaron el retrato de sus antiguos aliados, y a todos convencieron de que habían sido enemigos. Y lo que sobró se lo dieron a sus amigos, y dijeron al resto: gocen de lo que tienen mientras puedan, ya que no les pertenece, y algún día será de todos, es decir: de nosotros, los que habitamos detrás de estas máscaras. Y abolieron la Ley, porque la encarnación del Bien sobre la Tierra no debe estar sometida a ella, dijeron, ya que el Estado no es cualquier hijo de vecino. 

Cuando se abrió el segundo sello se oyó al segundo ser viviente, que decía: Ven y mira. Y salió otro caballo, bermejo; y al que lo montaba le fue dado el poder de quitar la paz de la tierra y que se matasen los unos a los otros; y se le dio una gran bandera y una espada, y el Nacionalismo se apropió de la Argentina. Y en los ochenta años que gobernaron sus dos hijos a todos convenció de que era la voz y la sangre de todos, y a todos calló e hizo correr su sangre.

Un día, proclamando que los colorados eran infames, y que los azules los proscribían y mataban en el alto interés de la Patria. El siguiente, jurando que los azules eran agentes del extranjero, y que cada vez que uno de ellos caía la estatua de la Patria sonreía. Y otro día, y otro día, y otro día, sopesando martirios y comparando el volumen de los ríos de sangre.

Dividiéndolo todo en nombre de la sagrada unión de todos. Señalando a los réprobos y a los elegidos. Haciendo de los réprobos de ayer los elegidos de hoy, y de los elegidos de hoy los dueños y señores de la vida. Discutiendo eternamente si había sido Caín o había sido Abel el que había comenzado, y con cuáles armas habían combatido, y sobre si su amo era Dios o el Anticristo.

Y entonces la Guerra llegó, y los más pobres y oprimidos fueron llamados a ofrendarse en los altares del Dios de las escarapelas, mientras los que dormían tibios en sus casas salían a las plazas a aclamar a generales majestuosos. Y allí partieron sus nuevos sacerdotes, sus abnegados militantes y sus sufridos militares, rojos y azules, azules y rojos, abelistas y cainistas, en sus caballos bermejos y sus caballos azulejos. Y fueron juntos y comulgados, algunos, y unidos y organizados, los otros, a las irredentas islas prometidas, para bendecir a los que debían encontrar la muerte en ellas. 

Cuando se abrió el tercer sello se oyó al tercer ser viviente, que decía: Ven y mira. Y los que miramos vimos un caballo negro, y el que lo montaba tenía en la mano un martillo. Y se oyó su voz en medio de los cuatro seres vivientes, que decía: ¡Dos toneladas de trigo por una tuerca! ¡Seis toneladas de cebada por un bulón! Y el Industrialismo se apoderó así de la Argentina. Y a todos convenció de que no habría patria fuera de su reino. Y de todos tomó, pero no devolvió nada. Y dejó los ríos oliendo a podredumbre, y yertos los campos, y deshabitadas las aldeas.

Y amontonó a sus servidores en un rincón de la Tierra para que sus hijos vivieran en promiscuidad. Y usurpó y encalleció y libró de todo goce a sus cuerpos. Y a todos convenció de que no existían otros bienes más que sus becerros de oro, y de que debían ser adorados y reemplazados por otros cada vez más rápidamente. Y en un país donde todo estaba por hacerse juró que el trabajo escaseaba, y le creyeron; y afirmó que era el único capaz de ofrecerlo, y le amaron; y exigió que todo le fuera dado, y se lo dieron. Y a todos puso así a producir lo que nada valía.

Y a la educación la llamó "servicio" y la destruyó, ya que quienes de ella gozaban se le oponían. Y lo aplaudían y vivaban, especialmente, los que nunca habían doblado el lomo bajo su yugo; los que enviaban a sus hijos a instruirse para que no tuvieran que hacerlo; los que vivían del sudor ajeno y el sudor ajeno veneraban. Y cuando se les preguntaba a todos por qué, a coro respondían: el trabajo nos hará libres. Y así lo escribieron en las puertas del Infierno. 

Cuando se abrió el cuarto sello, se oyó la voz del cuarto ser viviente, que decía: Ven y mira. Y se vio un caballo amarillo, y el jinete que lo montaba tenía por nombre Populismo, y le fue dada potestad para saquear en nombre de la prosperidad, para oprimir en nombre de la liberación y para matar en nombre de la vida. Y todos lo aclamaron como nunca habían aclamado a nadie, y entonces el Cuarto Jinete se alzó sobre la multitud y les dijo: Dadme vuestros bienes, que los repartiré con más justicia. Y se quedó con los bienes de todos, y la Justicia destruyó en nombre de la Distribución, y en lugar de la Distribución organizó una fiesta. Y a su fiesta llamó a los otros jinetes: el Estatismo, el Nacionalismo y el Industrialismo, que concurrieron cabalgando sus tres caballos -blanco, bermejo, amarillo- a la fiesta del jinete Populista, para juntos marchar y dominar la Tierra.

Y en homenaje se les dieron unas esculturas: un enorme y complicado artefacto que se movía sin generar efectos externos, al Jinete Estatista; el ataúd de un soldado desconocido, al Jinete Nacionalista, y la estatua de un obrero en actitud de martillarse los dedos, al Jinete Industrialista; y ellos las encontraron muy bonitas. Y todos fueron convocados a compartir el vino; y cuando todos hubieron bebido el Jinete Populista proclamó que San Jorge era el Dragón, y el Dragón, San Jorge.

Y multiplicó los panes y los peces, e hizo ofrenda a los antiguos dioses y habló de los viejos buenos tiempos, que ninguno había visto pero todos reverenciaban. Y cuando la comida y el vino se acabaron, cuando no hubo para repartir más que mendrugos y palos, los Cuatro Jinetes dijeron que la culpa era del Demonio y señalaron a sus enviados terrenales: unos locos encerrados en un manicomio que todo lo habían predicho, y que fueron quemados allí mismo ante tan evidente signo de brujería. 

Y los muchos aplaudieron, y los más callaron, ya que todos tenían miedo de la hoguera y preferían creer, o simular creer, en los Cuatro Jinetes: el Estatismo, el Nacionalismo, el Industrialismo y el Populismo, y en las virtudes de sus caballos: blanco, bermejo, negro y amarillo. Y muchos quisieron montarlos, y prometieron al Pueblo que lo harían mejor que sus predecesores.

Y en eso estaban, disputándose las riendas y los estribos, cuando se abrió el quinto sello y el sol se puso negro, la luna se volvió como de sangre, el cielo se desvaneció como un pergamino que se enrolla, y el Quinto Jinete hizo su aparición, montado en un caballo de neón cuyos colores cambiaban como los de un caleidoscopio. Y su nombre era Droga.