viernes 7 de agosto de 2020

La rica etimología
Sup. Cultura

La rica etimología

La rica etimología

¡Cuánto pierden hoy las jóvenes generaciones que no toman contacto con la riqueza del mundo clásico! Quienes tuvimos la suerte de haber podido acceder al estudio de las lenguas clásicas descubrimos no solamente un mundo tan rico que hasta hoy nos conmueve su legado, sino que aprendimos, de una vez para siempre, un modo de abordar con lógica el estudio de cualquier lengua moderna. Hay una faceta del abordaje al mundo escondido tras el estudio del latín o del griego que muchos ignoran: el fascinante descubrimiento de la visión cultural del hombre a través de la realidad oculta en la etimología de las palabras, viajeras incansables a lo largo de los siglos.

Erróneamente se piensa que dar una etimología es, simplemente, abrir un término en sus étimos y decir qué valor significativo tenían ellos. Planteada así, la etimología es aburrida y con fronteras muy limitadas; ella no debe ya contentarse con el trazo insípido que une el punto de partida con el punto de llegada…

Debe, por el contrario, pintarnos el vasto fresco de las vicisitudes que la palabra ha atravesado. Así, entonces, desde un punto de vista semántico, será muy interesante ver en un estudio etimológico las variaciones operadas desde el origen de un término hasta nuestros días, de acuerdo con los cambios culturales e históricos del entorno de la palabra.

Un vocablo puede haber mutado su valor, a lo largo del tiempo, por causas lingüísticas: así, cuando dos palabras aparecían habitualmente juntas, llegaron a fundirse en una sola y hoy el hablante la percibe como un todo. ¡Cuántas veces habremos corregido a los alumnos que no sabían abreviar el término “etcétera” y colocaban, equivocadamente, “ect.”; a partir de la explicación de su origen, es casi seguro que no volverán a invertir el orden de las letras en la abreviatura.

En efecto, “etcétera” proviene de la conjunción latina “et”, que significaba “y”, y del adjetivo neutro plural “cetera”, que equivalía a “las cosas restantes”. Cuando se colocaban esos dos términos a fin de cerrar una enumeración incompleta, significaba que había otros elementos de la misma especie de los nombrados que no se mencionaban. Los dos vocablos se fundieron en uno solo y la abreviatura conserva íntegra la conjunción y la primera letra de la segunda palabra.

Y también, entre las causas lingüísticas de un cambio, se encontraba el hecho de haber mudado un término su valor gramatical; así, hoy se utilizan, en el ámbito económico, vocablos como “déficit” y “superávit”, y en ecología, se habla de la defensa del “hábitat”: los tres términos eran, originalmente, verbos en tercera persona, con el significado respectivo de “faltó”, “sobró”, “habita”; ahora, en cambio, poseen valor sustantivo, aunque su valor significativo haya permanecido casi igual a lo largo del tiempo. ¡Y qué valor sustantivo tienen nuestros “haberes”, sobre todo cuando están todavía intactos en nuestras cuentas! Ese valor actual fue, al igual que en los casos precedentes, el que tenía como verbo la forma latina “habere”, cuyo significado era “tener, poseer”.

Cuando comienza un año, nos gusta que nos regalen una “agenda”; nos ponemos ansiosos cuando a nuestras manos llega un “memorando” y, al comparar dos ediciones de una misma obra, podemos advertir que la más reciente ha incorporado alguna que otra “adenda”. Y cuando se aprende la operación matemática de resta, nos enseñan que hay un “minuendo” y un “sustraendo”. ¿Qué encontramos en común en estos términos? La terminación que nos hace acordar a nuestros actuales gerundios.

Sin embargo, no lo son: actualmente, se trata en todos los casos de sustantivos que provienen de una forma latina llamada “gerundivo” o “participio futuro pasivo” y que indicaba una acción que obligatoriamente se debía cumplir. Entonces, cuando anotamos algo en la agenda, etimológicamente, estamos tratando de no olvidar “las cosas que deben ser realizadas”; cuando recibimos un memorando, alguien nos está advirtiendo sobre un hecho “que debe ser recordado”. La adenda de un libro enmendado nos señala “las cosas que deben ser agregadas”; en la operación de resta, tendremos una cifra “que debe ser disminuida” y otra “que debe ser sustraída” de la primera.

Tampoco sabemos razonar el significado etimológico de un vocablo, a partir de sus elementos constituyentes porque no poseemos la historia de ellos: ¡cuántas veces usamos el vocablo “compañero” y pensamos únicamente en el significado que nos da el diccionario! En efecto, el diccionario nos dice que el término “compañero” indica a la  “persona que se acompaña con otra para algún fin”. La etimología nos da un significado más preciso: “cum” era una preposición latina que, entre otros valores, tenía el de señalar idea de simultaneidad y de circunstancia acompañante; pero, en este caso, aparece “panis”, que designaba el pan y, por extensión, todo alimento; entonces, un “compañero” es aquel que comparte el mismo pan y la “compañía” es la “acción de comer del mismo pan”.

Y al pensar en ese elemento “com-“, “con-“ y “co-“ advertimos que lo tenemos en infinidad de términos actuales, que podemos explicar a partir de esa idea de circunstancia acompañante: “contemporáneo” (que comparte el mismo tiempo): “coterráneo” (que comparte la misma tierra); “compadre” (que comparte la paternidad); “copartícipe” (que participa de algo al mismo tiempo); “comensal” (que comparte la mesa); “coordinar” (poner orden al mismo nivel), “cónyuge” (el/la  que comparte el yugo) y “consorte” (el/la que comparte la suerte o fortuna), por nombrar solamente algunos.

Nos resulta interesante saber que hay términos en español asociados desde su etimología; así, “compasión”, “simpatía”, “paciencia”, “pasión”, “impasible”, “patógeno” y “homeopatía” tienen un étimo en común: el latino “patior” o el griego “pathein”, con el valor de “sufrir, aguantar, sentir, soportar, tolerar”. Entonces, ¡qué parecidos “compasión” y “simpatía”! El primero, de raíz latina, es el sufrimiento en común, la comunidad de sentimientos, mientras que el segundo, de origen griego, es el acto de sentir igual que el otro.

También descubrimos que la “pasión” y la “paciencia” son parientes: mientras una es la acción de padecer, de sufrir, de soportar y el apetito o afición vehemente a algo, la otra es el aguante, la resistencia, el sufrimiento, la tolerancia. Y entonces, decir “permanecer impasible” es algo negativo puesto que es atribuirle a alguien la cualidad de no ser capaz de sufrir, de ser insensible.

Asimismo, desde su origen griego, están ligados “patógeno” y “homeopatía”. En ambos términos “pathos” era el mal, la enfermedad; en un caso, al ir con el elemento compositivo “-geno” (de la raíz griega “gen-“, generar, producir, con el valor de “que genera o produce”), su valor será “que engendra el mal o enfermedad”; en el otro caso, el elemento “homeo-“ proviene del griego “hómoios” = “semejante, parecido”, por lo cual el vocablo “homeopático” se aplicará a la medicina o a los remedios análogos al mal que se desea curar.

La reflexión etimológica nos lleva a advertir cómo, a lo largo del tiempo, las palabras pueden haber mejorado su significado, en relación con la cultura que forma su entorno, o haberlo empeorado. Pensemos solamente en algunos vocablos de uso cotidiano: “maestro” y “ministro”; el primero de estos términos era en latín “magister”, palabra que encerraba en su interior el adverbio “magis”. Ello significaba que quien desempeñaba ese oficio (“officium = “función, deber”) “conducía” (llevaba conjuntamente) al joven al que enseñaba a perfeccionarse, a ser “más”, por la importancia del conocimiento que iba adquiriendo; ejercía, entonces, una noble función.

En el polo opuesto, estaba el “minister”, voz que originariamente designaba al sirviente, al criado, al doméstico, al que hacía uso de sus manos para su desempeño; luego, en la evolución semántica del término, se produce un desarrollo ameliorativo de su significado, al designar el ministro al que sirve a Dios, esto es, al sacerdote y al vicario; posteriormente, pasa a nombrar el cargo político que hoy todos conocemos, cargo en el cual debería estar presente el étimo original: el servicio, la ayuda, el instrumento.

En otros casos, simplemente hay una aplicación diferente a la que el vocablo tenía originalmente: “decano” proviene del latín “decanus”, emparentado con el numeral “decem” (“diez”). En efecto, el “decanus” era el jefe de diez soldados o de diez monjes; luego, el término ha experimentado una ampliación de su valor pues hoy se aplica a toda especie de dignatarios civiles, militares o religiosos, en especial al que preside una corporación o una facultad universitaria; en algunos casos, al miembro más antiguo de una comunidad, como en la expresión “el decano de la prensa en Cuyo”.

Para concluir esta breve alusión a la etimología, invito a reflexionar acerca de términos que usamos habitualmente, emparentados entre sí: “cordial”, “concordia”, “discordia” y “recordar”. En todos ellos, el núcleo significativo se encuentra en “cor”, vocablo que, en latín, designaba al corazón, como sede de los sentimientos y de la voluntad, pero también a la inteligencia, como sede del pensamiento. Entonces, un “saludo cordial” no es solamente cariñoso o amable, sino “con el corazón”; la “concordia” (“cum” y “cor”)  es la unión de las voluntades en armonía, en unión; lo contrario es la “discordia”, en donde se ha producido la ruptura de esa conformidad, por división, agitación y disenso. Y desde aquí RECUERDO a un profesor de lengua latina por el que llegué a amar esta clásica y a disfrutar con su enseñanza: puedo hacerlo porque “recordar” es “representarse algo pasado con el corazón, con la imaginación, con el pensamiento”.

Y ¡qué hermoso es sentirse subyugado por alguien! Lo que sucede es que hoy, para nosotros, “subyugar” es sinónimo de “embelesar”; pero, etimológicamente, significaba “estar bajo el yugo” y, por lo tanto, poseía la connotación negativa de “estar avasallado, sojuzgado, dominado poderosa o violentamente”.

Sobre la autora

María del Rosario Ramallo es profesora y licenciada en Letras y Especialista en Docencia Universitaria. Ejerció la dirección de la Carrera de Letras, en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNCuyo. Es titular de las cátedras “Semántica. Fonética y Fonología” y “Filología Hispánica II”. Es autora de varios libros de ortografía y normativa y coordinadora de un equipo de investigación sobre el habla mendocina.