La hora de los colegios universitarios

Una reciente reunión entre el Ministerio de Educación de la Nación y la Coneau volvió a poner en agenda la discusión sobre los colegios universitarios. La sobrepoblación del sistema público de educación superior y la insuficiencia de los fondos destinados a las universidades pueden encontrar en estas instituciones una alternativa viable.

En la ley de Educación Superior Nº 24.521, el artículo 22 se refiere a la posibilidad de que instituciones no universitarias acuerden con las universidades mecanismos de acreditación de carreras o programas de formación. Estos colegios universitarios, ya creados por ley pero no impulsados ni desarrollados aún, son una opción para formar recursos en todo el territorio, alentando el desarrollo productivo local en ciudades de menor infraestructura, y garantizando la continuidad hacia una formación superior y la necesaria inserción laboral. Al mismo tiempo, pueden aliviar la matrícula de las universidades más grandes, permitiéndoles reasignar sus recursos hacia otras prioridades tradicionalmente descuidadas como la investigación científica.

Las carreras cortas deberían ser la meta de los colegios universitarios y la vinculación de estos con el reclutamiento laboral real en cada región puede ser decisiva. Son una oportunidad de proveer a las ciudades más pequeñas con los perfiles profesionales que requiere su estructura productiva. Habrá que diseñar caminos de articulación y equivalencias de los alumnos de los colegios con las universidades. Esto presupondrá criterios curriculares y de calidad convergentes entre dichas instituciones. Además, los profesorados que califiquen, según la formación que imparten y su calidad, también pueden convertirse en colegios universitarios.

Es importante que los colegios den una formación sólida, que extienda la provista por la escuela media, facilitando opciones laborales a jóvenes y adultos. Al mismo tiempo, que ofrezca a estos una proyección hacia estudios superiores, mejorando la calidad de los ingresantes a las universidades y, con esto, los índices de retención.

En cuanto a su organización, estos colegios deben ser autónomos, sin importar que cuenten con el patronazgo de un gobierno, una universidad pública o privada, o alguna otra institución. La vinculación con estas instituciones deberá ser exclusivamente en términos de interés mutuo y calidad académica. De esta forma, podrán contribuir a la descentralización educativa y al ocupamiento territorial en lugares que, por su población, lo justifiquen.

Así como a fines de los años ’60 se impulsó el Plan de Nuevas Universidades, que culminó con la creación de 14 universidades en cinco años a lo largo de todo el territorio nacional, desde los años ’80 se viene planteando la necesidad de colegios universitarios que puedan cubrir la demanda en ciudades más pequeñas, evitando la migración de sus jóvenes y capacitándolos para generar un círculo virtuoso que nutra el desarrollo productivo local. Un modelo flexible e integrado a los requerimientos zonales de recursos humanos y conocimientos específicos de su industria.

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