Opinión Lunes, 15 de febrero de 2016 | Edición impresa

La generación de Ale Schneiter

Por Leonardo Rearte - Editor suplemento Cultura y sección Estilo

1. La amistad comenzó en aquel 1ro 3ra del Colegio Universitario (1989). Escuchábamos U2, Pink Floyd, Queen, Cadillacs. Cassettes TDK 60 regrabados. Y, más tarde, compacts comprados con ahorros a base de mangueos a los viejos y a comer alguna factura menos en el colegio. ¡Maravillosos CD! Sonaban como si la banda estuviera en la habitación, empapelada con pósters de rockstars y alfombrada con el puro desorden.

Ale amaba la música y, recuerdo, hasta tenía incluso un lujoso vinilo de “The Final Cut” (¿o era de “The Wall”? ¡Cómo duele saber que no se lo voy a poder preguntar!). Justamente esos discos en los que se habla de la guerra, de Galtieri, y de cómo es tan difícil siempre que el otro te escuche. Y si el otro tiene poder, ni te cuento.

Ale era de la generación que guarda entre sus primeros recuerdos algunos que suenan a radio a transistores. 1982, y en los recreos las maestras escuchando noticias que llegaban desde el Sur más austral. Esos boletines hablaban de batallas, de aviones y de buques, y de todo lo ganador que fuimos durante un par de semanas. Esas viejas imágenes auditivas se mezclan con el mundial del 82, porque en la cabeza del pibe de 6 todo se revuelve. Exitismo y frustración. Y jugar, sólo jugar, a ser los mejores del mundo.

2. Los titulares nunca debieran escindirse de la persona. Me explico: cuando se dice Marino mendocino murió en la Antártida en un confuso hecho, debería decir (si se pudiera hacer títulos tan largos y poco periodísticos), el Ale, el Pachu, o el Gordo (tuvo tantos amigos, tuvo tantos apodos) supo que lo suyo era la libertad, quería cruzar mundos en su Harley Davidson, y trabajar de lo que sabía, de médico; tan lejos llegó que cuando se dio cuenta ya estaba en la Antártida, laburando, explorando, sirviendo en el sentido amplio del término; el traje militar (hace 4 años entró en la Fuerza), la chaquetilla de médico, sus 39 años, el eco de sus risotadas profundas, el recuerdo de los más de 3.000 amigos que crearon una página de Facebook para extrañarlo un cachito menos y luchar un poquito más; sus ganas de volver a Mendoza, todo eso, se acabó de repente; murió, a raíz de algo que los periodistas solemos denominar “confusos hechos”, pero que mayormente en nuestro país, significa desidia.

3. El teniente y médico viajaba desde Ushuaia con destino a la Antártida, enfermo con fiebre y náuseas, en el buque Castillo. La escueta información oficial dicta que sufrió un “infarto no traumático” el 25 de enero; un diagnóstico que, según los especialistas, no tiene ningún sentido. La familia tuvo que sumar, al dolor de la noticia, un cúmulo de sospechas: por qué subió enfermo al navío, por qué no fue trasladado y llevado de urgencia como sí sucedió con otros soldados que sufrieron infecciones en el trayecto. Y lo más difícil de entender, por qué es tan confusa la información sobre el caso. Los medios nacionales reflejaron luego, aspectos que hablan de la tragedia de nuestro país.

El primer avión Hércules que fue a buscar el cuerpo sufrió un desperfecto que lo obligó a hacer un aterrizaje de emergencia en Río Gallegos. Esto demoró aún más el traslado. Así, durante días y días, no hubo manera de trasladarlo por falta de recursos. Recién el jueves se le hizo una autopsia a Alejandro en Buenos Aires, y los resultados fueron enviados al juez. La incertidumbre continúa. Mientras, sus papás reciben anónimos provenientes, supuestamente, de miembros de la institución, que refuerzan la teoría de que nadie hizo lo que tenía que haber hecho, ni antes ni después. 

Por qué hubo un solo médico en una misión tan larga y peligrosa; por qué las autoridades no han dado la cara; por qué parece que estas historias siempre se repiten a lo largo de nuestra historia.

4. La de Ale fue la última generación que, a los 17 años, tuvo que escuchar con la genitalidad en la garganta, los números del sorteo de la colimba. En nuestro caso, fue un amargo simulacro: hicieron la selección, y hasta las revisaciones médicas... para nada. En eso, se abolió el servicio militar obligatorio.

Sucedió lo del soldado Carrasco, ¿recuerdan? Otra vez el Estado dejando abandonado a jóvenes, encubriendo, dando vergüenza. ¿Te suena? La cuestión es que de aquella tragedia devino el fin del servicio militar obligatorio, aunque nosotros no lo sabíamos aún. Sí, uno de nuestros amigos del curso comió sólo frutas durante semanas para parecer enfermo en la revisación; yo tenía preparadas mis radiografías de pie plano (muy útil este defecto antes de 1994) y Ale... Ale no le tenía miedo a nada. Al menos eso nos parecía.

Siempre era el más fuerte, el más grande y el más gracioso. Era el líder. Y, también, como todos los líderes, un poco cabrón... En el grupo se hacía lo que él decía, se iba de campamento a donde él quería e iban los que él invitaba. Siempre el primero en bancar a los amigos. La amistad lo era todo para él.

Nunca vi un pibe con tanta energía, desbordante todos los días de la semana... salvo el lunes, claro; ya que el domingo lo había dejado todo en su equipo de rugby Teqüé. ¿Qué más les voy a contar? La pasábamos genial (¡teníamos 17!), entre los primeros bailes, las primeras borracheras y esa sensación de que nunca nos podía pasar nada malo. Porque todos, en esta vida, somos inmortales hasta que dejamos de serlo.

5. Después de la secundaria dejé de verlo, cosas de la vida. Él amaba la aventura, viajar, desafiar los límites. No nos llamó la atención, a aquellos que nos quedamos en Mendoza, que anduviera como Médico Sin Fronteras por Sudáfrica. Tampoco que su destino final haya sido la Antártida, ya como teniente. Todos los que lo conocíamos sabíamos que no se quedaba quieto. Y que el mundo le quedaba chico.