Opinión Miércoles, 10 de diciembre de 2014 | Edición impresa

La educación y la “vida real”

Con la siguiente nota se incorpora al listado de columnistas de opinión del diario Los Andes la prestigiosa firma del ex-rector de la UBA y prestigioso médico y educador, Guillermo Jaim Etcheverry. En esta primera y auspiciosa oportunidad nos habla de su

La educación actual intenta privilegiar la enseñanza de lo que se considera relevante, es decir, de aquello que se estima que el alumno podrá utilizar de inmediato. Esta tendencia encierra el grave peligro de desheredar culturalmente a las nuevas generaciones.

Efectivamente, se corre el riesgo de privarlas de la posibilidad de conocer lo que el ser humano ha logrado a lo largo de su historia y, por lo tanto, lo que cada persona está en condiciones de hacer. Una discutible concepción de lo que es “útil” y “real” hace que a menudo los padres y, por supuesto, sus hijos se pregunten para qué sirve lo que se les enseña.

Ese interrogante refleja el preocupante hecho de que, crecientemente, se concibe a la vida humana como circunscripta a la experiencia cotidiana del aquí y el ahora, a la limitada esfera de la producción.

Esta inquietud no es nueva. Hace 2.300 años, un joven estudiante de geometría interpeló a Euclides: “¿Qué es lo que ganaré aprendiendo estas cosas?”. El maestro llamó a su esclavo y le dijo: “Dale unas monedas pues parece que éste debe ganar algo con lo que aprende”. 


Ese alumno de Euclides no difiere mucho del que frecuenta hoy nuestras escuelas. Es poco común que se incite a aprender para experimentar la singular sensación que acompaña el hacerlo: la de entender, es decir, la de intuir que el mundo puede llegar a ser inteligible. Hoy, en cambio, nuestra sociedad está preocupada por lograr que lo que aprendan los jóvenes les “sirva”.

Y, además, que ese servir se demuestre rápidamente. Se generaliza el convencimiento de que la principal función de la educación es adiestrarlos para el trabajo. Se trata de una propuesta aparentemente sensata que, además, está apoyada en el prestigio del pragmatismo contemporáneo.

Pero eso lleva al desprecio por todo aquello que se considera poco relevante para ese trabajo, eso que padres y alumnos consideran “inútil” para hacer dinero. Esto hace que resulte casi inexistente el interés por aprender lo que una sociedad, caracterizada por una alarmante mediocridad, descarta por “inútil”, es decir, por alejado de lo que considera la realidad. 


La escritora estadounidense Fran Lebowitz ha señalado que “en la vida real no hay tal cosa como el álgebra”. Esa afirmación resume la actitud actual que sólo considera valioso familiarizar a los jóvenes con lo que existe en la vida real.

Pero, contrariamente a lo que afirma Lebowitz, el álgebra forma parte de la vida real porque ésta no se limita a la experiencia cotidiana sino a todo lo que los seres humanos somos capaces de hacer y de comprender. De ceñirnos a este criterio limitativo de lo que debe ser enseñado, bastará con tomar los periódicos o inundarnos de noticias.

Felizmente, la realidad es mucho más que eso y así como el álgebra y la geometría son la vida real, también lo son Mozart y Bach, Botticelli y Picasso, Aristóteles y Heidegger, Dostoievsky y Coetzee, para citar sólo algunos ejemplos. 


Durante la celebración de un aniversario de Shakespeare, preocupado porque la presencia del poeta en la formación cultural británica tiende a disminuir, el príncipe Carlos de Inglaterra señaló que el poeta “sostiene ante cada uno de nosotros un espejo que nos permite contemplarnos y explorarnos, de modo tal de lograr una comprensión más profunda de nosotros mismos y de los demás, apreciando el bien y el mal así como los factores que nos llevan a comportarnos como lo hacemos.

Resistamos, pues, la tentación de negar nuestro legado cultural a tantos jóvenes simplemente por un errado enfoque utilitario. Vivimos en una época obsesionada por lo tangible, por los resultados apreciables y por lo que es mensurable.

Si bien es loable el énfasis puesto en lo técnico, lo práctico, lo vocacional y lo comercialmente viable, la educación es más que el entrenamiento. Después de todo, carece de sentido llegar a ser técnicamente competentes si, al mismo tiempo, nos volvemos culturalmente ineptos”.


Cuando desvalorizamos la cultura considerándola como un accesorio, como algo ajeno a la realidad, estamos privando a los jóvenes de la posibilidad de ser personas más completas, más humanas.

Juan Pablo II señaló que “con la cultura se siembran gérmenes de humanidad” ya que ésta es “aquello que impulsa al ser humano a respetar más a sus semejantes, a ocupar mejor su tiempo libre, a trabajar con un sentido más humano, a gozar de la belleza y amar más a su creador”. 


Además, el énfasis puesto en la educación “utilitaria” no responde sólo al convencimiento de que debemos entrenarnos mejor para lograr sobrevivir en un mundo tan competitivo.

En realidad, revela la desconfianza en la imaginación libre y especulativa, no orientada específicamente hacia una función determinada. Por eso, es frecuente volver a observar actitudes como la de aquel comerciante que decía: “¡No le enseñen poesía a mi hijo! ¡Él será comerciante como yo!”.


Las características del cambio veloz que experimenta la sociedad y que hacen imposible anticipar qué terminará por ser útil para la actividad productiva de un individuo, sugieren que hoy, más que nunca, es preciso regresar a la idea de que la sociedad debe estimular la formación de personas lo más completas posibles.

Ese tendría que volver a ser el objetivo central de la tarea de educar: formar personas completas que, por añadidura, sean “empleables”. Educar a nuestros niños y jóvenes es prepararlos para enfrentar, de la mejor manera posible, los complejos desafíos que se les presentarán durante sus vidas.

Esto supone no sólo entrenarlos para el trabajo sino, sobre todo, brindarles la posibilidad de comprenderse a sí mismos y de asomarse al significado profundo de la vida. Precisamente para eso “sirve” aprender lo “inútil” que hoy parece verse como tan alejado de la vida “real”.

Por Guillermo Jaim Etcheverry - Médico. Educador. Ensayista. - Especial para Los Andes