Hablemos de terrorismo

La autora mendocina Ana Prieto se abocó a desentrañar un tema tan complejo como áspero. En “Todo lo que necesitás saber sobre terrorismo” aborda, con exhaustivo rigor periodístico, la trama de la violencia política y su sobreexplotado uso hasta nuestros d

Lo primero es definir la palabra “terrorismo”. Y, sobre todo, observar quién decide qué es terrorismo y qué no. Ese fundamental asunto da comienzo al libro “Todo lo que necesitás saber sobre terrorismo” (Paidós, 2015) que la periodista Ana Prieto ha escrito con responsabilidad y valentía, registrando casos de terror desde la Antigüedad hasta hoy.

“Si una bomba estalla en un tren de pasajeros y un grupo se adjudica el hecho, reconocemos el acto terrorista como una masacre indiscriminada de civiles. Si un grupo de encapuchados armados toma rehenes en un teatro, reconocemos el acto terrorista en el asesinato inminente de esos prisioneros fortuitos a menos que se cumplan las demandas de los captores. (...) Todos reconocemos al terrorismo cuando ocurre, pero definirlo ha resultado mucho más complicado”.

Sucede que ni los organismos internacionales ni los propios ejecutantes parecen ponerse de acuerdo con la definición, ya que en ella inciden tanto factores políticos, como subjetivos y emocionales.

Antes de capítulos sobre ETA, Al Qaeda, Chechenia, la mediatización de 11/S, el terrorismo en internet y una serie de atentados imborrables, Prieto observa: “Hoy nadie quiere ser tildado de terrorista: ni los grupos terroristas suelen autodenominarse así, ni los Estados que cometen actos de terror los reconocen como tales. El problema entra en el juego de Humpty Dumpty, el arrogante personaje de ‘Alicia a través del espejo’, que dice: ‘cuando uso una palabra significa exactamente lo que yo decido que signifique, ni más ni menos’”.

-¿Qué detonó tu interés en el tema?

-No estoy muy segura, pero creo que tiene que ver con lo abrumadora que me resulta la idea de disponer de vidas ajenas para lograr un fin determinado. También me interesa la porosidad del término “terrorismo”: cada persona, cada organización, cada cuerpo de inteligencia, cada Estado, le da el significado que prefiere darle. Debe ser una de las palabras menos unívocas que existen, y me pareció importante explorar por qué.

-¿Cuál fue el mayor desafío a la hora de escribir sobre tamaño asunto?

-El primer desafío fue aceptar que iba a abordar un tema complejo que genera reacciones muy viscerales. En otras palabras, tuve que asumir que ciertos pasajes del libro podían provocar no ya desacuerdos, sino enojos. Esto lo comprobé mientras escribía; varias personas me preguntaron por qué incluía a la agrupación vasca ETA, o a la agrupación sionista Irgun o a la Organización para la Liberación de Palestina, y mis explicaciones nunca terminaron de conformar.

El segundo desafío fue dar con una definición adecuada de la que partiera el resto del contenido del libro. No existe una acepción consensuada de “terrorismo”: hoy hay unas 250 definiciones en uso y ni siquiera Naciones Unidas ha logrado elaborar una que deje a todos los países representados conformes. Así que armé la mía, poniendo el hincapié en que se trata de un tipo de violencia política que se sustenta, sobre todo, en dos ejes: la propaganda y la matanza indiscriminada de civiles. El tercer desafío, que es el obvio al abordar cualquier proyecto así, fue lidiar con el kilometraje de información que reuní, resultado de clases, entrevistas, bases de datos y bibliografía, sin contar la información que se genera día a día sobre el tema.

-¿Y cuáles fueron los hallazgos que aparecieron en el proceso?

-Lo que más me interesaba era derrumbar algunos mitos, como la extendida creencia de que es la religión per se la que motiva campañas terroristas. No es así. Hay muchos pasajes en las escrituras islámicas, por ejemplo, que justifican actos brutales de violencia, pero también hay muchos pasajes que se oponen a cualquier tipo de brutalidad. Lo mismo cuenta para otras religiones. Y más útil que demonizar a todo un cuerpo de fe, es analizar de qué modo ciertas agrupaciones violentas utilizan esas escrituras para justificar su programa político.

También me interesó ahondar en el terrorismo suicida. Solemos creer que es algo privativo de agrupaciones islamistas y no es así. Solemos creer que quienes profesan el Islam y se inmolan lo hacen por supuestas recompensas en el cielo, y tampoco es así. También intenté derrumbar el mito de que terrorismo es “el arma de los pobres”, de que la guerra es efectiva contra el terrorismo, de que todas las mujeres que optan por esta estrategia están sometidas o siguiendo los pasos de un varón, o de que quienes eligen matar a civiles lo hacen porque “no tienen otras opciones”.

-¿Qué diferencia habría que destacar entre "terrorista" y "revolucionario"?

-La respuesta fácil sería decir que no todo revolucionario es terrorista ni todo terrorista es revolucionario, lo cual es cierto. También es cierto que, ateniéndonos a las definiciones, ambos tienen el objetivo final de modificar un determinado statu quo. Pero ocurre que estamos hablando de dos dimensiones ontológicas distintas. El terrorismo es un tipo de violencia política, es decir, un modo de organizar la acción violenta: plantar una bomba, volar un edificio, entrar a los tiros a un lugar público para llamar la atención respecto de una causa a través de víctimas simbólicas y mayormente indiscriminadas.

Un revolucionario puede o no emplear la estrategia terrorista y, de hecho puede no optar por la violencia nunca. Ejemplos sobran. Lo que pasa es que señalar quién es y quién no es "terrorista" suele depender de la ideología de cada persona y de los objetivos de cada Estado. Nelson Mandela meditó mucho sobre qué estrategia emplear contra el brutal apartheid sudafricano, después de años de lucha pacífica. Optó por el sabotaje. Solo cuando él estuvo preso el MK empleó la estrategia terrorista, y durante mucho tiempo el propio Mandela fue tildado de terrorista.

-¿Cómo abordar el argumento de "la causa justa" que han empleado -y emplean- diversas agrupaciones o Estados capaces de bombardear o fusilar a poblaciones civiles enteras?

-Este argumento estuvo en la raíz de la imposibilidad de llegar a una definición universal de terrorismo ya desde los años 70. Yasser Arafat, en un histórico discurso ante la ONU, dijo que quienes luchaban por una causa justa no podían ser tildados de terroristas. Es muy interesante ver de qué modo fueron evolucionando las resoluciones respecto de terrorismo en la Asamblea General de Naciones Unidas en los últimos 40 años.

En los 70, a la vez que se condenaba cualquier tipo de violencia contra la población civil, se subrayaba la legitimidad de los movimientos de liberación nacional y las luchas de los países del Tercer Mundo contra el colonialismo y la opresión extranjera. Después de la Guerra Fría, esas luchas dejaron de mencionarse, como si hubiesen dejado de existir. Ahora bien, yo creo que es tan sencillo como plantarse desde una posición humanista: el terrorismo es ejercer el terror contra la población civil; contra personas que no tienen ningún poder para cambiar el estado de situación.

Estas personas pasan a ser meros objetos anónimos de uso y descarte para quien opta por matarlas. Y esta violencia puede ser ejercida tanto por agrupaciones clandestinas como por Estados, y unas y otros esgrimirán argumentos para justificar sus actos. Por eso creo que partir de la legitimidad o ilegitimidad de una causa como factor para definir al terrorismo lleva siempre a un callejón sin salida.

-Centrémonos en Argentina. ¿Cómo analizar el caso Simón Radowitzky?

-Visto en términos históricos, el asesinato del jefe de Policía Ramón L. Falcón por Simón Radowitzky se inscribe en la tradición de atentados selectivos anarquistas contra figuras de alto perfil, y lo cometió en momentos en que el anarquismo era tildado de “conspiración internacional” y de “crimen contra la humanidad”.

Fueron muy pocos los anarquistas que optaron por la violencia, y todavía menos los que optaron por la violencia indiscriminada, pero el relieve de sus víctimas dio una prominencia histórica e internacional a sus atentados. En Estados Unidos, un anarquista mató al presidente William McKinley; en Europa, uno mató al rey Umberto I, y otro a la emperatriz Isabel de Baviera. En Argentina, este chico ucraniano de 18 años asesinó con una bomba casera al poderoso e intocable Falcón, responsable de la masacre obrera del 1 de mayo de 1909. Después de asesinarlo, Radowitzky intentó matarse, algo que, podríamos decir, también se inscribe en la tradición de dejar la vida por una causa.

-¿Y el caso AMIA?

-El caso AMIA probablemente sea una deuda en mi libro. Desde luego lo menciono, especialmente en el capítulo dedicado a las víctimas, pero me resultó muy difícil abordar el tema con una herida que sigue tan abierta (al terminar el libro se cumplía el 21 aniversario), y cuando no se sabe a ciencia cierta quiénes cometieron el atentado, por qué, y por qué se siguen haciendo tantos esfuerzos para que no se esclarezca. Salvo señalar con mucho énfasis que el Estado argentino tiene una deuda inmensa para con su resolución, y que 21 años de impunidad han hecho estragos en la unidad de las víctimas.

En tres líneas

Ana Prieto nació en Mendoza, en 1975. Es licenciada en Comunicación y periodista. Ha realizado cursos de especialización en

"Comunicación y procesos democráticos" (Universidad de Oslo), "Terrorismo y medios de comunicación" (Universidad Complutense de Madrid) y "Trauma y duelo" (International Center for Health and Human Rigths, Tiflis).
Fue editora de la revista Hecho en Mendoza y co-conductora del programa radial "El último disco virgen".

Publicó “Pánico. Diez minutos con la muerte” (Marea, 2013), una crónica e investigación sobre el trastorno de pánico y su narrativa social, mediática y médica. Entre 2012 y 2014 relevó, organizó y catalogó el archivo del periodista argentino Tomás Eloy Martínez para Fundación TEM.

Actualmente es consultora de la Red de Periodistas Internacionales IJNet. 
Desde el año 2005 escribe en Revista Ñ y colabora en medios gráficos de América Latina y España.

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