martes 2 de marzo de 2021

Opinión

En defensa de los ideales baratos

El idealismo barato empieza con una visión precisa de la naturaleza humana y después adopta una opinión realista de la política. Sabe que los actos con himnos y gritos son mera ficción pero siente un cálido afecto por cualquier político que muestre cordia

  • domingo, 26 de octubre de 2014

Supongamos que alguien maduró políticamente durante la campaña presidencial de Barack Obama en 2008. Quizá se sintió inundado de idealismo.

Pero ahora ha visto que una elección impulsada por la esperanza cedió su lugar a otra impulsada por el miedo. Cada quien tiene miedo de que gane el otro partido. Los candidatos son peones en manos de sus asesores pues tienen miedo de sí mismos. Todo el mundo le teme al virus del Ébola, al Estado Islámico y a la fragilidad de la economía.

Los políticos de los últimos años nos han dejado decepcionados, desilusionados y cínicos. Echamos un vistazo al idealismo de ayer como si fuera sueños de opio.

Bueno, yo estoy aquí para defender el idealismo político.

No estoy defendiendo el elevado idealismo que rodeó esa campaña de 2008. Se basaba en la idea de que la gente básicamente es inocente y que las diferencias pueden trascenderse rápidamente.

Estaba basado en la idea de que la sociedad es fácilmente maleable y que es posible tener un cambio transformativo rápido. Estaba basado en la idea de un salvador heroico (recuerde los carteles con la palabra “Esperanza”).

Estoy defendiendo el idealismo barato. El idealismo barato rechaza la política de la inocencia. El idealista barato retrocede ante cualquier movimiento que prometa “un nuevo comienzo”, que trate de ofrecer momentos trascendentes que nos hagan sentir “la dicha de estar vivos” o que trate de llenar vacíos espirituales.

El idealismo barato empieza con una visión sólida y precisa de la naturaleza humana. Todos somos un poco egocéntricos, egoístas y nos inclinamos a pensar que somos más nobles de lo que realmente somos.

Fue Montaigne quien escribió: “Si los otros se examinaran a sí mismos atentamente, como yo me examino, se encontrarían llenos de necedades y sinsentidos, como yo me encuentro. No podría desprenderme de eso sin desprenderme de mí mismo”.

El idealismo barato después adopta una opinión realista de la política. La política significa taladrar lentamente planchas duras. Es una serie de compromisos sucios.

Las funciones básicas del gobierno son negativas -extinguir incendios, arrestar criminales, dirimir disputas- y buena parte de lo que hace el gobierno es la poca romántica tarea de evitar que las cosas malas se vuelvan peores.

Los políticos operan en un medio recalcitrante con información incompleta, malas opciones y sin dormir. En sus buenos momentos, el gobierno es soso; cuando es fascinante es porque los tiempos son malos.

Así pues, el idealismo barato empieza con un tono de compasión. Cualquiera que trabaje en ese ámbito merece compasión y una mirada amable. El idealista barato sabe que los actos con himnos y gritos son mera ficción pero siente un cálido afecto por cualquier político que muestre cordialidad, cortesía y capacidad de escuchar.

El idealista bajo sabe que los que tratan de colocarse por encima del sucio negocio de hacer compromisos suelen convertirse en fanáticos y acaban hundiéndose por debajo de éste.

Por otra parte, ese tipo de idealista tiene abierto el corazón para quienes atienden el trabajo práctico de legislar: James Baker y Ted Kennedy en los tiempos de antaño; Bob Corker y Ron Wyden en los de hogaño. Considerando que la experiencia es la mejor forma de educar, él favorece al veterano competente por encima del ingenuo recién llegado.

El idealista barato es más romántico por el pasado que por el futuro. Aunque es difícil gobernar, hay algunos milagros de la creación humana que nos han sido legados.

Entre ellos están, en primerísimo lugar, la Constitución de los Estados Unidos, pero también algunas instituciones que funcionan bastante bien, como la Oficina de Presupuestos del Congreso y la Reserva Federal. Su primera tarea es trabajar con el material del que ya dispone, ampliar lo que es bueno y reformar poco a poco lo que es malo.

El empresario puede estar enamorado del cambio perturbador, pero el idealista barato lo aborrece en política. Al idealista barato le gustó la promesa de Obama de atacar la política exterior día con día, en tanto haya una visión amplia que le confiera dirección a largo plazo.

El idealista barato admira a otro tipo de líder; no al mártir ni al apasionado cruzado o al populista honesto. Le gusta el resistente, que quizá haya sido manchado por escándalos pero que ha aprendido, gracias a esas heridas autoinfligidas, que su peor enemigo es él mismo.

Le gustan las personas que hablan solo después de haber puesto atención concienzuda en cómo son realmente las cosas y cuyas propuestas están aterrizadas en la estabilidad baja de la verdad.

El idealista barato vive la mayor parte de su vida en una dimensión más profunda que el ámbito de lo político. Cree que “la felicidad de la sociedad depende de la virtud”, como bien lo dice Samuel Johnson, no básicamente de las condiciones materiales.

Pero -y esto es lo que lo convierte en idealista- también cree que las leyes buenas pueden nutrir la virtud. La habilidad política es la habilidad del alma. Las buenas políticas fiscales pueden despertar la energía y el espíritu de empresa. Los buenos programas sociales pueden fomentar la compasión y el servicio comunitario.

El idealismo barato empieza con una mentalidad de aceptar a la gente con todas sus imperfecciones, pero sosteniendo que puede mejorar por sus relaciones políticas, por lo que a fin de cuentas tiene algo más elevado e inspirador que esos falsos idealistas que piensan que el ser humano no es problema y que la política se reduce a mover el dinero de un lado a otro.