Espectáculos Martes, 25 de octubre de 2016 | Edición impresa

En busca de la calidad de vida

El avance de la medicina ha permitido que ésta encuentre formas y tratamientos que se centran en mejorar y recuperar la calidad de vida de aquellos que sufren dolores temporales o crónicos. Aquí, cuáles son esos métodos y en qué casos conviene la consulta

Por Victoria Navicelli - Especial para Estilo

Todos en algún momento de nuestra vida atravesamos momentos de grande dolores físicos -y emocionales- que requieren de asistencia profesional para poder ser atendidos.

Pero, ¿qué es el dolor? Claramente, algo totalmente subjetivo, muy propio de aquel que lo padece y que necesita describirlo lo más detalladamente posible para que pueda ser interpretado por los facultativos. Más allá de todo, e igual que el placer, el dolor forma parte de nuestras vidas. Queramos o no. 

Para la OMS (Organización Mundial de la Salud) el dolor es una experiencia emocional y sensorial desagradable, asociada a un daño en los tejidos, o relatado por el paciente como un dolor asociado a ese daño. Ya sea crónico o temporal, la cantidad de personas que manifiestan sentir dolor, va en aumento. 

Tomado como el “quinto signo vital”, el dolor necesita ser medido de manera cuantitativa y cualitativa. Sin obviar que, mayormente, se presenta de manera subjetiva: “es una sensación muy personal que depende mucho más de la patología que provoca el malestar. Depende de la edad del paciente, sus características principales y sus experiencias de dolor previas”, comienza a plantear la psicóloga Margarita Márquez.

Al respecto, Alejandro Lafert -médico cirujano,  médico clínico,  especialista en Medicina del Dolor y Paliativa- comenta que es posible medir el dolor mediante distintos métodos: la tradicional entrevista médica y el armado de la historia clínica por parte del profesional. Otra manera es el autoinforme, en donde el paciente es el que realiza y provee su propia evaluación del dolor”.

Estos métodos pueden valerse de manifestaciones verbales por parte del paciente, quien elige cómo expresar su dolencia. También puede medirse a través de escalas analógicas numéricas, donde 0 es ausencia de dolor y 10 el máximo de dolor soportable; entre otros parámetros.

Apegándose a la definición de la OMS, el dolor es una experiencia emocional además de sensorial. La idea de experiencia emocional se refiere a una ansiedad, depresión, insomnio, agitación psicomotriz, ataque de pánico, etc. que siente el paciente. “Esta situación, afecta definitivamente su relación con sí mismo y con su entorno; ya sea familiar, laboral, social etc.”, agrega el médico. 

El dolor no es una cuestión de género: tanto hombres como mujeres lo sufren del mismo modo, aunque sus umbrales de tolerancia sean diferentes. Ante esto, Lafert dice que “el umbral del dolor suele ser distinto en el hombre que en la mujer”. Los denominados umbrales de dolor existen y se refieren al grado de tolerancia que una persona tiene ante éste.

Puede ser alto -resistir mucho dolor- o, bajo -resistir poco dolor-. “Por lo general estos umbrales van cambiando de persona a persona y de sexo a sexo. Lo que es un dolor terrible para un  hombre, puede ser leve o moderado para una mujer o viceversa”, agrega. 

Mientas que Márquez insiste en la idea de las experiencias previas de dolor de cada quien, “es el propio paciente el que nos puede indicar y valorar cuánto es lo que siente y cómo se presenta, y muchas veces, la capacidad de enfrentar el dolor es en relación a situaciones previas que haya superado satisfactoriamente -o no-. Entonces, el paciente sabe hasta dónde llega su propio umbral del dolor y esto no es propio de hombres o mujeres, sino de cada persona en particular”. 

Los dolores factibles de ser tratados con este tipo de medicina -entre otros- “son todos los tipos de dolores crónicos, de muchos orígenes, como lo son los de los distintos cánceres, artritis, artrosis, hernias discales, que comprometen un paquete nervioso, neuropatías diabéticas por deterioro de los fascículos nerviosos, neuropatías alcohólicas, etc. También los dolores transitorios: como fracturas; traumatismos contusos graves, pequeños y grandes; actos quirúrgicos; cefaleas; migrañas; dolores ligamentarios; tendinitis; artralgias y bursitis”, dice Lafert. 

Pero, a pesar de reconocer el dolor físico que puede ser atendido con este tipo de tratamiento, no pueden obviarse las consecuencias psíquicas para el paciente que lo padece. “Ante un dolor crónico o transitorio prolongado se producen cambios anatómicos, físicos y químicos que traen aparejado un mecanismo de ‘memoria del dolor’ en el cerebro”, añade el especialista.

En pacientes no tratados correctamente con una buena analgesia previa, ya sea una mínima sutura o una amputación, genera una memoria del dolor que altera su estado físico y psíquico. Por ejemplo, comenta Lafert, “un paciente amputado tendrá de por vida el famoso dolor de miembro fantasma; o sea, el dolor de un  miembro que ya no existe. Imaginemos a esta persona, quien debe hacer un importante duelo por ese miembro perdido y al que se le suma un dolor insoportable”. Entonces, pensemos: ¿cómo estará ese físico y esa psiquis?

Pues llena de ansiedad, depresión, insomnio, irritabilidad, agitación y hasta agresividad, hipertenso, etc. “El paciente sufre psicológicamente tanto como físicamente -o más-”, agrega el médico. 

El tratamiento para que sea factible, debe ser multidisciplinario. Al respecto, la psicóloga comenta que “el dolor se presenta como una sensación amenazante, por eso mismo es natural que el paciente enfrente situaciones de miedo y negación; buscará eliminarlo e incluso evitar hacer referencia a él -y agrega-. Lo cierto es que está y, por más voluntad que tenga, no podrá esconderlo por mucho tiempo. Detrás de su negación es consciente del mal mayor que está generando en su propio cuerpo”. 

Psíquicamente, manifestará fracaso -al intentar luchar contra lo que realmente pasa, impotencia -ante el hecho de sentir no poder hacer nada para bajar el nivel del dolor-, molestia e irritabilidad para desembocar en un estado de depresión si no se trabaja en “reforzar psicológicamente al paciente para que no decaiga y sepa atravesar el camino que lo llevó hasta esa situación de dolor”, afirma la profesional.

En caso de no hacer algo con la psiquis del paciente, éste puede perder las ilusiones de mejorar y lo que puede generar picos depresivos que lo lleven a perder la alegría, sufrir ansiedad social y sentimientos de desgano y tristeza. Por eso mismo, “es muy importante acompañar -tanto el profesional como la familia- al paciente seriamente, para al menos garantizarle el poder mantener su estilo de vida -con ciertas limitaciones- que tenía antes de caer en la situación que lo trajo a los profesionales de la salud”, afirma Márquez.

Ante los cuadros sintomatológicos, Lafert comparte que “en mi práctica diaria y según la opinión del paciente y su familia -además de la condición física de quien padece el malestar-, indico terapias holísticas como: acupuntura, auriculopuntura, acropuntura, músico y romoterapia, masoterapia, entre otras alternativas”. Esta visión holística está siendo implementada por muchos profesionales, sin dejar las terapias convencionales y los cuidados paliativos.

Poco conocida por muchos, esta terapia de la medicina del dolor se implementa en diferentes lugares del país -y del mundo- con la intención de hacer frente a esa sensación desagradable que se presenta, de manera subjetiva, en aquellos que sufren algún tipo de malestar temporal o crónico.

Esta alternativa ha tomado auge en los últimos años en Argentina gracias a los nuevos soportes de comunicación que han permitido divulgar la información en diferentes espacios web.