Opinión Miércoles, 24 de febrero de 2016 | Edición impresa

El ser y la atención

Por Guillermo Jaim Etcheverry - Médico y educador - Especial para Los Andes

La feroz batalla que se libra en el seno de la sociedad contemporánea para atraer la atención de las personas es uno de los rasgos que la definen. Quienes quieren vendernos un producto, una idea o simplemente traficar con nuestro tiempo, lanzan a cada instante alaridos desesperados en busca del tesoro más preciado: nuestra atención. Se trata de lo único que nos es propio porque, aunque resulte obvio, somos sólo tiempo.

Pero, como dice el filósofo español Javier Gomá: "no cualquier tiempo, no, por ejemplo, el que erosiona la roca con lento desgaste sino sólo el consciente, atentamente vivido. Porque el yo, ese centro intangible y ubicuo, late fragmentariamente en todo cuanto hace, piensa, imagina, habla o siente, pero para encontrarlo entero hay que averiguar dónde pone su atención. En la atención, al yo le va su ser".

La tecnología ha incrementado de manera exponencial las posibilidades de vivir dispersos, permanentemente distraídos. Algunos expertos destacan que tanta distracción constituye ya una epidemia que afecta la adquisición de conocimiento y que amenaza la generación de pensamiento concentrado y productivo.

Como señala la escritora estadounidense Linda Stone, "vivimos en un estado permanente de atención parcial" que dificulta la concentración sin que tomemos plena conciencia de la transformación que están experimentando nuestros procesos mentales. 

La preocupación por este cambio en la capacidad de fijar nuestra atención no es nueva. Herbert Simon, destacado psicólogo estadounidense distinguido en 1978 con el Premio Nobel de Economía, advirtió hace más de tres décadas que esta sería una de las características centrales de la sociedad del futuro.

Señaló entonces: "La riqueza de información del mundo actual supone la escasez de lo que la información consume, es decir, la atención de quienes la reciben. Por lo tanto, esa riqueza de información genera la pobreza de atención. Además, plantea la necesidad de orientarla de manera eficiente, eligiendo entre la superabundancia de las fuentes de información que la pueden consumir".

Es decir que, quienes vivimos en medio de la explosión de estímulos de todo tipo, experimentamos un empobrecimiento simétrico de nuestra capacidad de prestar atención.

Es muy posible, pues, que ese combate permanente por nuestra atención termine modificando la estructura cognitiva y reflexiva del cerebro y que a las nuevas generaciones no sólo les resulte natural desenvolverse en este excitado y disperso ambiente social como hoy lo hacen sino, además, realizar alguna tarea productiva. Porque, tal vez, el mayor peligro de la distracción es que nos acostumbre al transcurrir de un tiempo superficial, poco fructífero, a veces entretenido, pero algo vacío e irrelevante cuando logramos analizarlo con cierta perspectiva.

El ser humano siempre se ha visto obligado a fijar su atención en alguna cuestión determinada. Pero ahora, ante el bombardeo de estímulos, debemos dedicar una energía cada vez mayor a decidir dónde se justifica enfocarla. Deberíamos preguntarnos si las que Jay Merrick denomina "herramientas de destrucción psíquica masiva" que definen al posmodernismo, han contribuido a que nuestras vidas sean más ricas en significado o solo más ricamente vacías.

Ante tantas y tan potentes tentaciones a distraerse, tal vez la educación de una persona tenga como objetivo central el de desarrollar su capacidad de serena concentración. Esa idea explica por qué, hojeando casualmente un libro, me atrapó esta frase de Simone Weil: "Lo que los estudios favorecen es el cultivo de la atención". 

Con obsesiva paciencia logré localizar el texto en el que Weil sostiene que, en realidad, la importancia de estudiar no reside en aprender ciertos y determinados saberes, que obviamente la sigue teniendo a pesar de que la teoría pedagógica contemporánea intente convencernos de lo contrario.

Tampoco en adquirir los métodos que conducen a esos conocimientos que, aunque resulte esencial desarrollarlos, al igual que los saberes pueden cambiar con el tiempo. Lo más importante, afirma Weil, es que al estudiar algo se ejercita una conducta paciente que obliga a concentrar la atención de manera persistente, para comprender una situación o resolver un problema.

Al hacerlo, la persona se mantiene como en suspenso, se centra en el objeto de su atención con el que intenta familiarizarse y se abstrae de todo lo que la rodea, casi hasta desprenderse de sí misma. Por eso, Weil interpreta que el desarrollo de esta facultad de atención es el objetivo básico del aprender, su principal función.

Dice: "Si se busca con verdadera atención la solución de un problema de geometría, aunque en una hora el progreso resulte escaso, durante cada minuto de esa hora se habrá avanzado en una dimensión más misteriosa…Los frutos se recogerán en el futuro". Para esta intelectual francesa -que desarrolló su carrera académica en Europa y en los EEUU enseñando filosofía y llevando a cabo al mismo tiempo una intensa actividad política en el convulsionado mundo de la primera mitad del siglo XX- ningún genuino esfuerzo de aprendizaje resulta, pues, inútil.

Como el debate sobre la formación de las personas se centra en qué y en cómo enseñamos -cuestiones de indudable importancia- tal vez se nos escape que ese proceso supone algo de similar trascendencia humana: el cultivo de la capacidad de prestar atención, el ejercicio de la concentración reflexiva, del "ensimismamiento", al que se refiere Ortega y Gasset, quien contrapone dos estados de espíritu.

El de los monos que, pendientes de lo que ocurre a su alrededor, no viven desde sí mismos sino desde lo otro, "alterados", y el de los seres humanos, quienes poseen "esa rara capacidad de entrar dentro de sí, de pensar". La frase de Weil impresiona porque, al sostener que "aprender es, en esencia, aprender a atender", trae al primer plano el desarrollo de la atención en momentos en los que la actual cultura de la distracción intenta alterarnos, aproximándonos insensiblemente a los monos del zoológico.

El planteo de estos dilemas no pretende erigirse en un juicio de valor sino que intenta alertar sobre rasgos humanos que deberían complementarse. Adquirir información a toda velocidad es importante, pero no ha dejado de serlo el ejercitar la reflexión, un modo esencialmente humano de concentrar la atención. En última instancia, la educación debería ayudar a tomar conciencia de los valores fundamentales que se ponen en juego cuando decidimos focalizar nuestra atención.

No es casual que se haya señalado que la elección que hacemos a cada instante acerca del estímulo que merece ser atendido, termine dando sentido a nuestras vidas. Lo resume bien la escritora estadounidense Winifred Gallagher: "La calidad de la vida no depende de la fortuna, la inteligencia o la belleza; ni siquiera de las cosas que nos pasan. La experiencia vital está definida por aquello a lo que elegimos prestar atención".