Opinión Martes, 24 de febrero de 2015 | Edición impresa

El populismo y la decadencia argentina

Primera de tres notas acerca del populismo argentino, comenzando con los gobiernos radicales de Yrigoyen hasta las gestiones peronistas de 1946-55 y 1973-76.

Por Por Rodolfo Richard - Jorba Geógrafo e historiador

La decadencia argentina se muestra, en el ámbito interno, en una película que comenzó a rodarse hace décadas pero que en la actualidad se muestra en plenitud. Internacionalmente, la política exterior errática e inconsistente desde los años noventa, ha llevado al país a una insignificancia total, política y económica. En un siglo, la Argentina pasó de ocupar un puesto entre las primeras naciones del mundo a, prácticamente, caerse de ese mundo.

Uno de los disparadores ha sido la incapacidad del sistema político para constituir una sólida estructura de partidos representativos de todos los sectores, y para sostener políticas de Estado con visión estratégica, de largo plazo. La ruptura que produjo el acceso al gobierno nacional de la Unión Cívica Radical en 1916, desplazando a los gobiernos conservadores convertidos en oligarquías, llevó a estas fuerzas a una dispersión que nunca pudieron superar, dejando la franja de derechas prácticamente sin representación, salvo en algunas provincias.

El radicalismo se hizo hegemónico, liderado por Hipólito Yrigoyen, y retomó parcialmente la vieja cultura política del siglo XIX, basada en la relación directa de caudillos carismáticos con sus seguidores. No obstante, el radicalismo instauraría algo más moderno, basado en la organización dejada por el orden conservador, estructurada en torno de la Constitución Nacional. Yrigoyen gobernó con un Senado dominado por los conservadores y fue respetuoso de las instituciones nacionales, aunque no aplicó el mismo criterio con las provincias.

ue un precursor del populismo; sus partidarios se consideraban el pueblo y se presentaban como una totalidad: todo lo que estuviera fuera no era pueblo. Dentro del partido, no había discusión posible con el jefe máximo. Tempranamente, entonces, el radicalismo comenzó un histórico camino: dividirse, producto en parte de una ideología informe que abarcaba desde una derecha nacionalista hasta posiciones de izquierda casi clasistas.

Pronto, ex seguidores de Yrigoyen acaudillaron varias provincias. Enfrentaban al pueblo (los trabajadores), a la oligarquía (la enemiga). Estos populismos provincianos crearon sus propios partidos, por ejemplo, la UCR Lencinista. Los Lencinas sancionaron leyes sociales de avanzada, obteniendo un apoyo casi religioso de los sectores populares, que se sentían dignificados. Claro que, con una tasa del 40% de analfabetismo, difícilmente estos sectores podrían tener claros conceptos de ciudadanía, división de poderes, controles republicanos, etc. Esa era la prédica constante de los socialistas, que acusaban al lencinismo de usar a sus seguidores aprovechando la ignorancia de los mismos. Los socialistas hacían hincapié en la educación en general y en la republicana en particular.

Los populismos provincianos terminaron mayoritariamente absorbidos por uno de nuevo cuño, autoritario, alejado de cualquier idea republicana y democrática, que surgiría del golpe militar nacionalista de 1943, el peronismo.

El naciente peronismo (1946) cubrió exitosamente la retirada de los golpistas, enfrentados a un triste final por sus simpatías con las potencias nazi-fascistas derrotadas en la II Guerra Mundial. El triunfo electoral de Perón generó un populismo particular, en el que coexistían una estructura vertical encabezada por el líder que se comunica directamente con el pueblo, al que encarna, con una organización de la sociedad -controlada desde el Estado- que incluía la sindicalización de trabajadores y empresarios, y la subordinación al Ejecutivo de los poderes Legislativo y Judicial.

Perón, mediante políticas sociales amplias, generó movilidad social ascendente de amplios sectores populares que se integraron a los grupos medios. Entre los servicios sociales destacamos la ampliación de la educación, que se universalizó y democratizó entre 1946 y 1955. Sin embargo, las políticas económicas, de corte nacionalista, no modificaron la estructura productiva del país, imprescindible para sostener aquella movilidad y disminuir las desigualdades. El agro se mantuvo como principal proveedor de divisas y el sector industrial como consumidor de las mismas vía importaciones de insumos. Los desequilibrios del sector externo provocaban escasez de divisas y alta inflación. 

El distribucionismo generó una gran descapitalización del país, que agotó el proyecto de autarquía económica. La década de 1950 comenzó con crisis, enfrentada con políticas económicas ortodoxas, incluyendo la promoción de la inversión extranjera y un acercamiento a los Estados Unidos. La insuficiente producción de petróleo y el drenaje de divisas para importarlo, motivó la firma del contrato con la California (actual Chevron) en 1954. Perón controlaba el Congreso, pero una marcada resistencia partidaria y de las Fuerzas Armadas a lo que se interpretaba como cesión de soberanía, obligó a Perón, condicionado por su propio discurso nacionalista, a retirar ese contrato.

Los nuevos derechos sociales no fueron acompañados con obligaciones concomitantes, con lo cual, la cultura del esfuerzo y el premio al mérito fueron desvalorizados, salvo una tardía apelación del presidente a aumentar la productividad obrera, muy baja por cierto. Eso no llegó a cumplirse, posiblemente por el derrocamiento del gobierno. El primer peronismo fue extremadamente autoritario, con restricciones a la libertad política y sin libertad de prensa ni de expresión. La prensa escrita estaba fuertemente condicionada, dominando la autocensura y la presión que significaba estar sujeta a la provisión discrecional de papel de diario, en manos del gobierno. Un enorme aparato de propaganda, adoctrinamiento y control social era omnipresente. 

La lógica amigo-enemigo típica de los populismos se aplicó rigurosamente entre 1946 y 1955, creando una antinomia que dividió en bandos irreconciliables a la sociedad de la época por muchos años. Pese a todo, Perón era hombre de Estado, tenía un proyecto de país y pensamiento de largo plazo para llevarlo a cabo, a diferencia del presente continuo que vivimos hoy.

El exilio de Perón concluyó con su regreso en 1973. Convertido entonces en un estadista democrático, intentó sacar al país de la inestabilidad, la crisis económica y la extrema violencia política que lo asolaban. Fracasó su intento de conformar una amplia alianza política que incluyera a la UCR. Como no ignoraba que le quedaba escaso tiempo de vida, habría proyectado que el Dr. Ricardo Balbín integrara la fórmula presidencial. No pudo ser. La salida que de alguna forma le impusieron ciertos personajes, fue llevar a su esposa María E. Martínez como vicepresidente -personalidad absolutamente incapaz para esas funciones-, sentando un precedente de gobierno familiar.

in embargo, los argentinos acompañaron con el 62% de los votos. El fallecimiento del presidente el 1-7-1974 puso en evidencia aquella incapacidad y el país se sumergió en un proceso económico caótico, una vorágine de violencia terrorista que enfrentaba grupos armados de izquierdas y derechas, la mayoría de los cuales se reivindicaban como peronistas, y una creciente inoperancia y aislamiento del gobierno. Asomaba, asimismo, el terrorismo de Estado, dirigido desde el ministerio de Bienestar Social de la nación. La prensa no fue bien tratada. Se intervinieron los canales de televisión abierta manu militari, se clausuraron publicaciones y una patota sindical atentó contra Clarín. Estos años marcan la muerte del peronismo como doctrina política con ciertos contenidos ideológicos y el comienzo de la etapa del partido justicialista como partido del poder.