martes 27 de octubre de 2020

Turismo

Crucero: Patagonia, Malvinas y Fiordos chilenos

El Norwegian Sun, hasta marzo con su particular freestyle, ofrece uno de los recorridos más fascinantes de Sudamérica. Servicio 5 estrellas en un barco que desnuda la naturaleza austral.

Entre las novedades para la temporada 2016 el regreso del Norwegian Sun a América del Sur luego de 5 años de ausencia, para recorrer en un periplo de 14 días Patagonia y Fiordos Chilenos, fue una gran noticia. El itinerario es por demás sugerente la nave hasta marzo parte desde Bs. As., para conocer Montevideo, Puerto Madryn, Islas Malvinas, Ushuaia, Punta Arenas, Puerto Chacabuco, Puerto Montt y Valparaíso. Un dato interesante para los mendocinos es que se puede comenzar en Chile y finalizar en la capital argentina.

El área más austral de Sudamérica brinda jornadas de sol, piscina y extensas arenas, pero en especial los parajes más alucinantes en los que natura se expresa a diestra y siniestra con una flora y fauna diversa y sorprendente. Esto es lo que motiva a los huéspedes extranjeros –poco más de 1400 cuando me embarqué los primeros días de diciembre- a explorar los mares sureños. Hallar pingüinos, ballenas, delfines, orcas, lobos y elefantes marinos entre otros, los seduce. Los argentinos en tanto, unos 200, en ese viaje, también convocados por el trayecto, nos detenemos mentalmente en un punto: Malvinas, y eso me atrevo a decir, decide el viaje. Pero ya habrá tiempo para hablar de las islas más adelante, ahora es momento de zarpar.

Todos a bordo

El bullicio del Quinquela Martín antes de la partida deja traslucir la ansiedad de los cruceristas que hasta el momento son todo expectativas (con gorros, shorts y pieles extremadamente blancas). Una foto con el Sun detrás, una tarjeta que habilita a todos los servicios y al camarote, la suerte está echada.

Pronto el almuerzo en alguno de los 16 restaurantes, gente en cubierta, otros en la piscina y las cervezas, la preferencia de los que llegan de Estados Unidos, Europa y resto del mundo, corren por las barras. La consigan del Freestyle Cruising marca la vida a bordo. Cada quién se viste como quiere y hace lo que quiere, come dónde le apetece y no tiene mesa ni restaurante asignado.

Hay animación, clases de baile y de todo, pero no del tipo que avasalle las libertades individuales; es decir de aquellos que preferimos un libro frente a la brisa del Atlántico o el sol en una reposera con el único objetivo de aprehenderlo, sin una vos de altoparlante que invite a danzar a correr o a jugar atosigándonos. Este no es un detalle menor, las actividades se promocionan en el diario del barco y en paneles Led, punto. Cada cual adhiere si desea, cuándo desee.

El ejercicio de emergencia y la sirena que anuncia que dejamos al Buenos Aires querido...

Las tonalidades del atardecer fusionadas con el azul del agua y un plan nocturno: cena en Four Seasons; en Dazzles, noche de dancing, algo de jazz en Observation con las estrellas como testigos.

La sucesión de los días

Montevideo nos recibe un domingo caluroso, la quietud parece ser el sino de las jornadas no laborales en la capital uruguaya. Mercado, tango y mate, las ofertas que aceptamos. Unas veinte cuadras atravesando el epicentro citadino y el Tristán Narvaja acapara calles y veredas con infinidad de productos en compra y venta.

Como desde 1909, la ecléctica feria distribuye en escaparates desde peces de colores, pasando por frutas y verduras; hay anticuarios, librerías, disquerías, puestos de comidas y de artesanos, ropa usada y la descomunal producción de China y Taiwán, todo mezclado y a mano en una decena de arterias en las que no cabe un alfiler. Milonguitas a la gorra, algunos productos derivados del cannabis, bombillas artesanales y la alcancía del Pepe, la de Mujica, tomando mate, con camisa celeste y mocasines sin medias, un hit ferial.

Mientras tanto, en el navío, la cosa sigue: subasta de arte, porque hay que decirlo, viajamos con un Picasso y un Chagall; búsqueda del tesoro digital, clases de merengue, torneo de tragamonedas, una peli en el cine y tanto más, en la variedad está el gusto, dicen. Las horas se escurren y la cena está servida, esta vez en el Seven Seas, distendido, amable y con langosta. En el teatro las luces brillantes de Broadway con Rock of Ages, en bares y en la disco, música a medida.

A diferencia de otras experiencias embarcadas el Norwegian tiene muy en claro que los puertos en los que amarra anclas son su fuerte y esto no va en detrimento del servicio de excepción que presta a bordo. La gente ansía conocer la inmensidad patagónica y sus tesoros al tiempo que se vale de la contundente propuesta de entretención, de comidas y bebidas, de sitios solitarios o concurridos, de mesas en las que siempre nace una buena charla.

"En alta mar, había un marinero, que la guitarra tocaba sin cesar y cuándo se acordaba de su patria querida tomaba la guitarra y poníase a cantar: en alta mar, en alta mar, en alta mar…" la cancioncita resuena en mi mente mientras me dispongo a pasar 24 horas sin ver o tocar tierra firme. El periódico del Sun salpica sus invitaciones. Adhiero a algunas, aunque sol y siesta se llevan mis preferencias.
La Cucina, el restaurante italiano, es uno de los rincones más encantadores de la nave, íntimo, relajado, con una ambientación súper cálida, pocas mesas, una decena de comensales, mención de honor merecen las pastas con centolla y camarones, un disparate de sabores entre el tenedor y la cuchara.

El sur espera

Puerto Madryn con la posibilidad de llegar a Península de Valdés es uno de los puntos más esperados del itinerario. Todos descienden para conocer a los Pingüinos de Magallanes en Punta Tombo, a los lobos y elefantes marinos y si hay suerte hasta alguna orca en las cercanías de Pirámides. El reservorio declarado Patrimonio Natural de la Humanidad por UNESCO, arroja todo su potencial sobre los visitantes, que tienen tiempo además, de asolearse en las playas céntricas y comprar souvenirs en la costanera. La sal marina y el wasabi local, altamente recomendables, por cierto.

Le sigue otra jornada de agua sin costas ni puertos, y una ansiedad adicional. Mañana tocaremos Malvinas. Un matrimonio, un padre con sus hijos adolescentes, familias con niños, grupos de jóvenes, entre los que consultamos varias veces si hay excursión al cementerio de Darwin. El Norwegian atento a la demanda crea el tour para el grupo que siente la necesidad de no solo pisar esos trozos de tierra que figuran en nuestros mapas, sino ir más allá, a donde quedaron los nuestros en uno de los episodios más tristes de la historia argentina. Malvinas son los caídos, la guerra –como todas- inútil, los que regresaron con marcas indelebles, la estocada final para la dictadura y un puñado de emociones encontradas.

El viento y los caprichos del Niño se hacen sentir, el clima cambia drásticamente y hay que sacar las muditas de invierno. Sin embargo nada impide que los huéspedes continúen deleitándose con las actividades. El gym a pleno, la pista de jogging, las clases de español, el Mandara Spa con delicados tratamientos, los jacuzzis y las trivias en diversas estancias se reparten seguidores. El shopping con suculentas ofertas y un casino que es buen escape para muchos, biblioteca con títulos en español, sala de videojuegos, Internet point. Los restaurantes trabajan sin descanso, en especial los de estilo bufet, que siempre quedan a mano, son punto de encuentro y a diario hay algo nuevo para probar.

Malvinas

Al abrir los ojos un día pálido se dejó ver tras los cristales del camarote, lonjas de tierra húmeda, algunos verdes entre las rocas y un frío feroz. Salí al balcón a capturar las primeras imágenes de las islas. Pronto toda la ropa térmica e impermeable, cámaras y a vivir lo que vinimos a buscar. A propósito, nunca supe bien cuál era mi anhelo, fue algo interno que no pude traducir en palabras. - ‘Quiero conocer Puerto Argentino, Stanley como le dicen por allí, Darwin, hablar con los isleños, pero íntimamente quiero entender algo más, esas páginas borrosas del país, de mi vida,  cuando en los primeros años de la primaria cantábamos mientras agitábamos banderas albicelestes “las Malvinas, argentinas, clama el viento y ruge el mar” y luego sobrevino el silencio’.

Franco grita en el pasillo que algo escuchó por alto parlantes, que el descenso se suspende por mal tiempo. Está nervioso, pero no es extraño, está dejando de fumar. Atravesamos el área de piscina y las ráfagas parecían movernos en reversa. Un oficial confirma la noticia, no bajaremos. El resto del grupo se acerca con ilusión, lo portadores de la mala nueva la transmitimos desolados y luego cada quién toma su rumbo, a proa, a popa, a cubierta del piso 12, para verlas aunque sea un rato, mientras el barco escapa de un mar bravío y de los vientos que superan los 60 nudos muy peligroso para los tanders. En la pantalla del GPS, la ubicación exacta y lo que se no está escurriendo entre las manos. Volveremos. (Ver aparte: Los que llegaron)

Hay que moverse para no pensar: clases de danza internacional, origami, algo de tele, una trivia de historia...y un paso por el gimnasio para palear el mal trago. A las 18 aproximadamente pasamos por Cabo de Hornos. Todos afuera, tapados hasta los dientes mientras la naturaleza de los confines nos hechiza y devuelve la sonrisa. La tripulación dispuso chocolate caliente para disfrutar la panorámica. Un mimo más, que bien agradecemos.

Ushuaia colorida entre el gris imperante señala el inicio de un nuevo día. El Parque Tierra del Fuego con su descomunal bosque entre ríos, lagos y turbas, juega a las escondidas con el sol y las nubes, y a poco nieva. Parece ser que el periplo nos depara sorpresas a cada tramo, y nuevamente agradecidos.

La espectacular geografía y ese bipolar clima tiñen el onírico paisaje y la sensación de ser privilegiados, allá en el fin del mundo. La pequeña ciudad regala algunos descuentos en subida y bajada por sus callejuelas de postal de finisterre. Chocolate caliente con alfajor de dulce de Calafate en una esquina en la que los sub productos del cacao hacen pensar que fueron creaciones de alguna deidad. ¡Aplausos!

Los sabores no se aplacan, por el contrario, el Teppanyaki, uno de los restaurantes más sorprendentes del Sun despierta admiración desde el comienzo. El chef cocina haciendo malabares con cuchillas y espátulas sobre una plancha o “teppan”. Allí carnes, aves, pescado, mariscos, huevos y hasta arroz se cocinan con notable simpleza, aunque es la técnica y la pericia la que concluye en con platos japoneses de singular sofisticación. Un cóctel de Wasabi y un pastel y helado de té verde con crocantes de anacardos da por finalizado el show gastronómico.

Hacia el Pacífico

El Sun sigue su rumbo hacia Punta Arenas, el centro urbano más importante de la región Magallánica a orillas del estrecho, en la península de Brunswich. Los techos como las paredes de las casas se hacen notar con colores fuertes y la hospitalidad también es un signo de la ciudad que no deja al viajero ileso. Los alrededores son la meta de la excursión en la que se aprecia ya diferencias con el lado argentino, sin embargo las compras se llevan varias horas. Zona franca, todo dicho.

Luego los fiordos esas angostas entrada de mar entre entreveradas formas rocosas aisladas, lo que dejaron los glaciares a su paso cuando retrocedieron hace millones de años, son una alucinación palpable. El barco se mueve sin problemas pues una de las características de los fiordos es su profundidad y la dimensión del Sun es adecuada.

La nave sacude los sentidos a uno y otro lado de la ruta, obligando a los viajeros a entregarse a las temperaturas gélidas para no perder detalle. Y aún queda Puerto Chacabuco en la Región de Aysén. Allí el parque Nacional Laguna San Rafael, uno de los territorios preservados más grandes de Chile con 1.742.000 hectáreas de las cuales cerca del 40% son hielos milenarios. Los huesos se desbaratan en los Campos de Hielo Norte, la emoción queda.

Con el corazón repleto de vivencias y los ojos llenos de hermosura los viajeros asienten dejar ese pedacito de sur para transportarse por unas horas a la lejana París con una magnífica cena en la que al confit de pato o al foie gras solo le falta la Torre Eiffel de fondo. Le Bistró, el restaurante más mentado de la embarcación.

Las noches australes son heladas e irremediablemente fascinantes. Mientras las coreanas tratan de mover la cintura como una latina, Andrea les enseña, un gin tonic corre por la barra y el Karaoke hace perder la timidez en otro bar. Los que fuman, en la cubierta derecha del piso 12 comparten vicio y café. Algunas fichas para apostar y la intención de que el periplo dure un poco más.

Puerto Montt, suena romántico a los oídos, a mi mamá le encanta el tema, los de habla hispana tararean la canción. Entre salmoneras de la costa, la caleta, el mercado artesanal, los restaurantes con sus pizarras sugieren degustar los mejores mariscos del Pacífico -cholgas, vieras, machas, locos y picororos, además de los famosos salmones rosados-. Rumbo adentro, bosques y lagos, también volcanes y paseos en que sí o sí hay que probar un curanto tradición culinaria que vino de la Polinesia a Isla de Pascua y luego al continente. El Parque Nacional Alerce Andino bosque milenario, otra joya para probar.

Las temperaturas vuelven a ser benévolas camino al centro de la extensión chilena,  para templar el cuerpo antes de arribar a la pintoresca costa que amó Neruda: “Valparaíso, qué disparate eres, qué loco, puerto loco,(…) Valparaíso, tan pequeña como una camiseta desvalida, colgando en tus ventanas harapientas, meciéndose en el viento del océano, impregnándose de todos los dolores de tu suelo, recibiendo el rocío de los mares, el beso del ancho mar colérico que con toda su fuerza golpeándose en tu piedra no pudo derribarte, porque en tu pecho austral están tatuadas la lucha, la esperanza, la solidaridad y la alegría, como anclas que resisten las olas de la tierra”.

MALVINAS: LOS QUE LLEGARON

Eddy me cuenta su impresión cuando pisó las Islas Malvinas hace un tiempo. Caminó por Stanley, se sentó en un bar a tomar cerveza, comió algo, luego tomó la inhóspita ruta hacia Darwin, y después lloró. Como él, los argentinos que pisan las frías ínsulas escuchan su pecho latir muy fuerte y lo que sienten propio, resulta extranjero. Federico, compañero de crucero,  cita el último capítulo del libro de Beatriz Sarlo, "Viajes, de la Amazonia a las Malvinas", (Editorial Planeta) retomo las páginas del final y las comparto:

“Nuestro avión desciende en el aeropuerto de la pequeña aldea que los británicos y los isleños llaman Stanley y los argentinos, Puerto Argentino. La doble denominación es un signo de la carga simbólica, del largo enfrentamiento. Casi 200 años de batallas imaginarias y unos meses de enfrentamiento militar verdadero me han convencido que mi país tiene conflictos más importantes que el que llevó a la guerra de 1982. Ningún habitante de las islas reconoce la legitimidad del nombre en castellano. Finalmente es el lugar donde viven y el tiempo y las negociaciones dirá si será o no su nombre definitivo.

(...) Hay un cementerio de soldados argentinos y un bosque cuyos árboles son igual al número de británicos caídos. Allí donde se cavaron tumbas de combatientes y se enterraron minas en los campos, no puede olvidarse una guerra. (...) Miro a esos hombres y mujeres que votarán en el referéndum (la autora hace referencia al referéndum de 2013 en el que el 98,8 % del total del padrón votó seguir bajo el estatus político de territorio de ultramar del Reino Unido) y lo primero que percibo es su diferencia. (...) Mi aspecto, mi lengua, mi forma de caminar, mis modales son extranjeros.

(...) Siento la misma sensación que cuando me desplazo como turista: levedad, distancia curiosa. Vengo a mirarlos a ellos y me pregunto ¿algo podrá convencerlos de que ese techo rojo está cubriendo una casa que descansa sobre territorio argentino? Este lugar, para ellos, tiene de argentino solo la razón disputada en un conflicto a resolverse.

CRUCEROS: LOS MITOS

Que es aburrido. Divertirse es una cuestión de actitud, la oferta es amplia y para todas las edades, lo mejor es que se puede elegir qué hacer y cuándo hacerlo.

Que no se conoce nada. El Sun toca puertos por demás interesantes y las excursiones dan lugar a escudriñar las mayores riquezas de cada uno.

Que se mueve mucho. Se mueve sí, claro, surca los mares australes. Sin embargo no da miedo, su imponente estructura y las medidas de seguridad en todo momento resguardan al pasajero. Nada como dormir mecidos por el mar.

Que es para gente mayor. Seguramente este recorrido no es para cualquiera, solo para espíritus intrépidos que buscan naturaleza, historia y buena vida.

Los lujos. Los hay como la excentricidad de hacer subastas de arte, pero lo mejor es la libertad de acción, se puede vivir en ojotas y nadie te mira. También es posible cenar en la mesa con el capitán o con algún oficial y vestirse para la ocasión.

MÁS INFORMACIÓN

Norwegian Sun: 14 días de crucero, incluye aéreo de LAN Buenos Aires Santiago o viceversa, traslado y asistencia al viajero U$S 2489.

Salidas desde Buenos Aires: 30 de enero, 27de febrero, 26 de marzo.

Desde Valparaíso: 13 de febrero y 12 de marzo. Cabina interna desde U$S 1678. Se recomienda visitar la página de la empresa o una agencia de viajes para ver las promociones vigentes como bebidas ilimitadas, restaurantes exclusivos, wi fi o excursiones en tierra.

La libertad de vestirse como desee.Casual es apropiado siempre. Pantalones, camisas, faldas y vestidos son ideales para la cena. Hay que llevar abrigo y calzado impermeable para las excursiones. www.ncl.com.ar