Opinión Martes, 23 de junio de 2015 | Edición impresa

Continuidad y educación

El hombre es producto de una conjunción biológica y cultural, y todo lo que forma y configura espiritualmente al sujeto adquiere rango educativo. Es el intento de romper con la continuidad del pasado lo que explica en gran medida los problemas por los que

Por Guillermo Jaim Etcheverry - Médico y educador - Especial para Los Andes

El cóndor que hoy sobrevuela los Andes es esencialmente el mismo que lo hacía siglos atrás. Sin embargo, las personas que contemplan su vuelo desde el valle no lo son. Es que, como sostiene Karl Jaspers, “el ser humano no es lo que es exclusivamente debido a su herencia biológica sino, fundamentalmente a lo que la tradición hace de él”.

Efectivamente, somos producto de la conjunción de biología y cultura. Por esa razón demoramos un cierto tiempo en adquirir las bases de nuestra formación mediante la educación a cargo de padres y maestros, una construcción permanente que supone la incorporación de la herencia de un mundo que nos precedió.

Una acumulación de logros y, sobre todo, de los procesos que los hacen posibles. Jaspers consideraba que “la educación es la herencia histórica que se recapitula en cada individuo, adquiriendo la categoría de una segunda naturaleza. Todo lo que forma y configura espiritualmente al sujeto adquiere rango educativo, bien sea la educación metódica de los padres y la escuela, bien cuanto oye y aprende en el medio ambiente en el que vive.

Lo decisivo para cada sujeto en particular es que la educación amplíe su horizonte y le dé una visión de la totalidad, sin la cual no cabe hablar de una actitud auténticamente humana. Por la educación rompe el estrecho marco de su ambiente psicobiológico e ingresa en una auténtica cosmovisión”.

Esta concepción de la educación, vinculada al ejercicio de las capacidades humanas y al conocimiento de los logros que ellas han hecho posibles, está estrechamente relacionada con la idea de la continuidad.

En el “Prólogo para franceses”, escrito en 1937 para “La rebelión de las masas”, Ortega y Gasset describió lo que denomina el “derecho a la continuidad” destacando que “es un derecho fundamental del hombre, tan fundamental, que es la definición misma de su sustancia... La única diferencia radical entre la historia humana y la “historia natural” es que aquélla no puede nunca comenzar de nuevo... (A diferencia de los animales) el hombre, merced a su poder de recordar, acumula su propio pasado, lo posee y lo aprovecha. El hombre no es nunca un primer hombre: comienza desde luego a existir sobre cierta altitud de pretérito amontonado. Este es el tesoro único del hombre, su privilegio y su señal”.

Como somos seres históricos no es posible negar la pertenencia a una cultura y, por ende, la necesidad de incorporarnos a ella para poder enriquecerla y transformarla. Porque para cambiar algo, hasta para encarar una revolución, es preciso saber qué es eso que se quiere transformar. Ya lo advertía Cicerón en el “Orator”: “Desconocer lo que ocurrió antes de nuestro nacimiento es seguir siendo siempre un niño.

Porque, ¿cuál es el valor de la vida humana si no se relaciona con las vidas de nuestros antepasados a través de lo que nos cuenta la historia?”. Romper la continuidad con el pasado, querer comenzar de nuevo, es aspirar a descender y plagiar al orangután.

La crisis de esta visión del desarrollo humano explica en gran medida los problemas que atraviesa la educación. Hoy parecería que las generaciones anteriores no tienen nada para enseñar a los recién llegados al mundo. Aceptamos muy rápidamente que el hecho de que se desenvuelvan con facilidad en un entorno tecnológico, que es el de su época, ya les confiere una sabiduría y una superioridad que hace superfluo todo intento de enseñarles algo.

Es más, parecería que debemos dedicarnos a aprender de ellos como si el mundo acabara de comenzar su historia. Rompemos la continuidad al no advertir que se incorporan a un mundo que ya existe para cambiarlo y no que es el mundo el que cambia para recibirlos. 

En oportunidad de su viaje a Brasil con motivo de la “Jornada Mundial de la Juventud” a mediados de 2013, el papa Francisco se ocupó de este problema en numerosas ocasiones. Definiendo el propósito de ese viaje señaló en vuelo a América:  “Este primer viaje es precisamente para encontrar a los jóvenes, pero para encontrarlos no aislados de su vida; quisiera encontrarlos precisamente en el tejido social, en sociedad. Porque cuando aislamos a los jóvenes, cometemos una injusticia, les quitamos su pertenencia.

Los jóvenes tienen una pertenencia, una pertenencia a una familia, a una patria, a una cultura, a una fe... Tienen una pertenencia y nosotros no debemos aislarlos. Pero sobre todo, no aislarlos de toda la sociedad. Ellos, verdaderamente, son el futuro de un pueblo: esto es así. Pero no sólo ellos: ellos son el futuro porque tienen la fuerza, son jóvenes, irán adelante. Pero también el otro extremo de la vida, los ancianos, son el futuro de un pueblo. Un pueblo tiene futuro si va adelante con los dos puntos: con los jóvenes, con la fuerza, porque lo llevan adelante; y con los ancianos, porque ellos son los que aportan la sabiduría de la vida”.

En esa y otras intervenciones similares, el papa Francisco plantea la necesidad de que cada generación asuma las responsabilidades que les son propias.

Los mayores, ayudar a los jóvenes a conocer y descubrir un mundo que estaba allí cuando ellos llegaron y que seguirá estando cuando lo abandonen. Los recién llegados, manifestar su disposición a conocer y descubrir ese mundo, que les es ajeno, para estar en condiciones de intentar dejarlo en mejores condiciones que aquellas en las que lo recibieron.

Como lo señala sir Christopher Woodhead, un experto británico en educación: “La civilización está colgada de una generación a otra en el hilo de la memoria”.

Los artistas siempre aportan visiones originales a los problemas esenciales del ser humano. J.M. Coetzee, Premio Nobel de Literatura 2003, escribió:  “La mejor prueba que tenemos de que la vida es buena..., de que después de todo tal vez exista un Dios que se preocupa por nuestro bienestar, es que a cada uno de nosotros, el día que nacemos, le llega la música de Johann Sebastian Bach. Nos llega como un regalo que no nos hemos ganado, inmerecido, gratis”. 

Deberíamos hacer un esfuerzo por poner a los recién llegados al mundo en posesión de tantos regalos que están ahí, esperándolos y, en especial, armarlos con las  herramientas de la cultura que les permitirán descubrirlos.

Eso es lo que merecen por el solo hecho de ser humanos ya que, como afirmó el economista y pensador francés Charles Brook Dupont-White a mediados del siglo XIX: “La continuidad es un derecho del hombre: es un homenaje a todo lo que lo distingue de la bestia”.