sábado 15 de agosto de 2020

Opinión

Cerrar la grieta

  • domingo, 31 de enero de 2016

Por Fernando Iglesias - Periodista -  Especial para Los Andes

Que existe. Que no existe. Que es necesario aprender de la Historia para no repetir errores. Que hay que mirar para adelante. Que la culpa la tiene Juan. Que Pedro. Que lo nuestro fue reacción ante una agresión. Que empezaron ellos. Nada divide hoy más a los argentinos que la discusión acerca de la grieta. No la grieta, quiero decir sino la discusión acerca de ella.

La grieta. ¡Hasta quienes ayer nomás publicaban tapas en las que Néstor aparecía haciendo el saludo fascista y vistiendo el uniforme nazi, escriben libros llamando a cerrarla! Tan importante es, tan profunda, que fue incorporada a la campaña presidencial por el candidato vencedor, quien enunció “la unión de los argentinos” como uno de los tres objetivos básicos de su gobierno.

En la Argentina de la grieta, casi todos dicen querer clausurarla pero nadie lo ha logrado, por ahora. Acaso, porque intentar clausurar una herida aplicando la medicina que la abrió no es una receta para la paz social sino el programa de un nuevo desastre. Lamentablemente, parece que allá vamos de nuevo. Quien mejor enunció la tesis central productora de esta repetición fue Dorys del Valle, en un programa de TV al que fuimos invitados y en el cual, ante el primer debate fuerte, Dorys nos dijo, en tono de reprimenda: “Todos los argentinos tenemos que tirar para el mismo lado”. Después sacó de su cartera un recorte en el que Tita Merello sostenía lo mismo allá por los ochenta.

Ahora bien, proponer la unión nacional y mirar hacia el futuro puede ser una estrategia apropiada para llegar al poder y hasta para gestionarlo exitosamente, sobre todo cuando el triunfo electoral obliga a asumir una herencia desastrosa en un país obsesionado por su pasado de frustraciones. Sin embargo, la idea de que el único mal que aqueja a la Argentina es la división -lugar común que impregna una sociedad harta de las divisiones kirchneristas- suena bien, pero es falsa.

No se trata de estar unidos o no, sino más bien de las bases que rigen esa unión. La Historia lo demuestra: las uniones nacionales exitosas nunca son fruto de la unanimidad sino del respeto de la Constitución y el Estado de Derecho. La mejor demostración de que la idea de “tirar para el mismo lado” es errónea para alcanzar la unión es que en ningún país democrático del mundo sucede eso. Los republicanos estadounidenses tiran en una dirección, por ejemplo. Los demócratas, en otra. Los socialdemócratas europeos tiran para la izquierda. Los socialcristianos, para la derecha. Lo llaman democracia, inclusive; y si todos tiran para el mismo lado, quiere decir que se ha acabado. Sólo en los países totalitarios “todos tiran para el mismo lado”, ya sea por razones ideológicas o teológicas, no siempre diferentes.

He aquí la causa principal de la grieta argentina, invocada hoy como remedio: la negación del pluralismo en un país en el que todos apelan al ser nacional o a su variante progre: la identidad nacional, mientras invocan a la Patria y el Pueblo, se consideran sus únicos representantes, descalifican por traidores a los demás y -consecuentemente- llaman a “tirar para el mismo lado”; es decir: para el propio. Las divisiones nacionales son fruto de la ambición imposible de que todos tiren para el mismo lado, no del debate. No estaría mal, de una buena vez, comprenderlo.

La segunda demostración de que la tesis de “tiremos todos para el mismo lado” es errónea, es que la Argentina no ha sufrido sólo las consecuencias de sus divisiones y diferencias sino del modo violento y antidemocrático de gestionarlas. No ya durante el siglo XIX, en el que la violencia fue parte de la política en todos los países del mundo sino durante la segunda mitad del siglo XX, en la que el pluralismo y las instituciones republicanas se constituyeron en un exitoso antídoto contra las guerras civiles. Pocas cosas más emblemáticas de las consecuencias de la unanimidad que la elevación a paradigma de la penosa Argentina de los Setenta por parte del anterior gobierno, responsable de la reapertura de la grieta. Y si la decadencia nacional no nace de las divisiones políticas sino del intento de ignorarlas o de dirimirlas ignorando la ley y el estado de derecho, el debate apasionado debe ser preservado. Lo que hay que impedir son los llamados a cruzada en nombre de la Patria y el Pueblo y la violencia política en todas sus formas, que suelen comenzar por el desprecio a las instituciones.

Finalmente, la tesis del “tiremos todos para el mismo lado” es errónea porque la Argentina no ha padecido sus divisiones sino, principalmente, sus indignas uniones, siempre realizadas en torno a causas violentas y supuestamente incuestionables en las que una parte de la sociedad tomaba el liderazgo con el apoyo o la indiferencia del resto, para suprimir las diferencias en nombre de la unanimidad de la Patria y el Pueblo. Lo he visto varias veces en mi vida: desde que se pasó del consenso de “Se viene la revolución” al de “Algo habrán hecho”; y desde “Los argentinos somos derechos y humanos” hasta la causa Malvinas, y desde la Convertibilidad, primero, y el cambio competitivo, después, como recetas mágicas para el desarrollo.

Hasta el kirchnerismo, finalmente, encarnación del destino nacional y epopeya fundacional de la enésima Nueva Argentina basada en una visión fundamentalista de la política, echa de nuevo religión por otros medios.

La grieta nunca fue resultado del debate sino de su clausura; la consecuencia inevitable de todos los períodos en que una visión sesgada de la historia nacional pretendió ser instaurada como doctrina nacional desde el Estado. Y, qué duda cabe, ha sido el nacionalismo autoritario y elitista del Partido Militar el principal responsable de este despropósito, seguido por el Partido Populista, responsables de la lucha fratricida que se libró entre ellos para establecer cuál era la encarnación viviente de la Patria. En términos de Dorys del Valle, el responsable de decidir la dirección hacia la cual todos los argentinos debíamos tirar, para el mismo lado.

En este sentido, la reciente nota de mi admirado Luis Alberto Romero (Una grieta que viene de lejos, La Nación 27-01-2016) constituye un indudable aporte a la comprensión de sus orígenes históricos y del lamentable rol que ha jugado el Revisionismo Histórico, pero su conclusión abreva en lo que critica. “Los argentinos -dice Romero- compartimos esa percepción básica que nos lleva a valorar la unanimidad, despreciar la pluralidad y el disenso”.

Y de este diagnóstico extrae su receta antigrieta: “La única terapia posible es sacar a la luz nuestro ‘enano unanimista’, asumirlo como propio, examinarlo y controlarlo”. Parece irreprochable, pero se trata de otra generalización que -sin quererlo- invoca la idea de un ser nacional o identidad nacional trascendentes; en este caso: antidemocráticos y unanimistas. Además, esta culpa individual y generalizada y su consecuente estrategia de reconversión espiritual tienden a esconder la pesada responsabilidad política de las dos grandes fuerzas nacionalistas y autoritarias que han gobernado 53 de los 85 años transcurridos desde el golpe de Estado de 1930; origen de la decadencia. Tan cierto es que la sociedad argentina las produjo como que ambas produjeron a la sociedad argentina a imagen y semejanza de su modelo orgánico y corporativista, enemigo del pluralismo y el disenso. Hacer que se hagan cargo de su historia no es reabrir la grieta sino intentar un modo para cerrarla sin esconder la basura debajo de la alfombra.

No es posible una reconversión de la sociedad argentina al pluralismo que no pase por la reforma del principal partido argentino: el peronismo, único sobreviviente de aquellas batallas fratricidas. No hay cómo cerrar la grieta en medio de nuevas destituciones civiles como las de 1989 y 2001, es decir, sin que el peronismo encuentre la vía para transformarse en lo que nunca fue: un partido entre otros partidos en un país regido por el Estado de derecho en el que quienes llegan al poder pueden gobernar sin que estén en cuestión los cuatro años de mandato conferidos por los ciudadanos.

Ojalá el naciente Club del Helicóptero que ha hecho de la deslegitimación del gobierno su estrategia política, se limite al kirchnerismo y no arrastre al resto del peronismo al lodo de una nueva debacle institucional. Yo no confío, pero lo espero, y estoy dispuesto a dejarme convencer por los hechos.

Honestos vs. corruptos. Autoritarios vs. republicanos. Gente que vive de su trabajo vs. gente que vive del trabajo ajeno. Pluralistas vs. unanimistas.

Respetuosos de la ley vs. violadores. He allí las verdaderas grietas que los argentinos no logramos distinguir entre la densa humareda de rubios vs. morochos, campo vs. industria, pymes vs. grandes empresas y provincianos vs. porteños que ha levantado el anterior gobierno. La estrategia de focalizarse en el futuro puede constituir una acertada política gubernamental pero no exime a historiadores, periodistas y expertos, de la obligación de bucear en el pasado nacional en busca de las causas de la decadencia. Sobre todo, porque el cierre de la grieta no puede ser fruto de un nuevo unanimismo ni de ese voluntarismo del que los italianos se mofan llamándolo ‘vogliamose bene’ (querámonos bien). Por el contrario, una acertada lectura de la historia podría ayudar a la sociedad argentina a no tropezar infinitas veces con la misma piedra a fuerza de utilizar la enfermedad como medicamento.