Opinión Martes, 13 de octubre de 2015 | Edición impresa

Alumnos se necesitan

Un análisis lúcido, implacable e impecable acerca de la perversión de la lógica educativa en la sociedad argentina, debido a la cual hoy es imposible enseñar y aprender con un mínimo de eficacia.

Por Guillermo Jaim Etcheverry - Médico y Educador - Especial para Los Andes

En los últimos tiempos se han multiplicado las voces que, con preocupación, alertan acerca de la grave crisis que atraviesa nuestra educación. Los resultados de evaluaciones nacionales e internacionales ponen en evidencia las serias deficiencias en conocimientos básicos de los estudiantes argentinos en distintas etapas del sistema educativo.

Asimismo, revelan los progresos de los niños y jóvenes de países vecinos, destacando así la magnitud de nuestra decadencia. La sociedad argentina no reacciona ante estas evidencias, en gran medida debido a la que, en alguna oportunidad, he denominado "paradoja educativa": aunque la mayoría de los padres argentinos considera que la educación en el país atraviesa una crisis, también son más quienes están satisfechos con la calidad de la educación que reciben sus propios hijos y, por eso, rechazan además la alternativa de cambiarlos de escuela para mejorarla.

Este conformismo se manifiesta en padres de alumnos de escuelas primarias y medias, en familias de alto y de bajo nivel socioeconómico así como entre quienes envían a sus hijos a escuelas de gestión estatal o de gestión privada.

Aunque son numerosas las razones que se han propuesto para explicar la crisis educativa comentada, existe una gran resistencia a admitir el hecho que ponen de manifiesto estos estudios: la calidad de la educación interesa poco entre nosotros. 

De allí que, ante la ruptura del pacto educativo básico que consiste en la alianza de padres y maestros para educar a niños y jóvenes - hoy los padres están aliados a sus hijos en contra de los maestros - la actividad escolar haya ido perdiendo sentido para los jóvenes que tienden a considerarla como un modo de opresión del que es preciso liberarse a toda costa.

Lo más grave es que en esta "epopeya" cuentan no sólo con el apoyo explícito de los padres sino también, y no pocas veces, del propio sistema educativo. Este se manifiesta en la permisividad casi absoluta y la tolerancia de los excesos de conducta por parte de las autoridades educativas, con la complicidad voluntaria o forzada de los docentes que se ven impulsados a desarrollar una "pedagogía compasiva".

Si bien en general hay acuerdo en el diagnóstico, lamentablemente, los actores del sistema educativo no advierten su enfermedad y por eso nada cambia. Es más, quienes podrían hacer algo para modificar esta situación están inmersos en una burbuja de tecnicismos que los aleja de la experiencia cotidiana de las aulas. 

El apasionante relato "En las escuelas" de Gonzalo Santos (Santiago Arcos editor, Buenos Aires 2013), rompe ese aislamiento y descubre ante nuestros ojos el mundo real. Lo hace simplemente dando cuenta de las vivencias del joven autor como docente en diversos ámbitos educativos, en particular, en escuelas públicas de enseñanza media del Gran Buenos Aires.

Es la suya una visión desgarradora de la epopeya cotidiana de los docentes que, a pesar de todo, intentan enseñar algo a esos jóvenes que están allí, ante ellos. En esta descripción cruda y sin precedentes entre nosotros, se pone de manifiesto el valor que en la actualidad es preciso tener para acometer el intento de enseñar. No es casual que en Francia, hace ya algún tiempo, se haya nucleado un conjunto de profesores bajo el lema "Osar enseñar".

Resulta innegable que se han producido profundas transformaciones sociales pero lo que ha cambiado es que ya casi no hay más alumnos. Lo que quiere un alumno, en tanto que tal, es precisamente escuchar a un profesor, verlo pensar, comprender y recibir una enseñanza digna de ese nombre.

Esto se confirma analizando nuestras propias experiencias personales. Pero los que tenemos delante de nosotros ya no son esos alumnos. En todo caso, se trata de un público cautivo a la espera de ser "entretenido".

En lugar de reconocer la capacidad de los recién llegados para responder a las exigencias de una enseñanza digna de ese nombre, ayudándolos, dándoles los medios que les permitan afirmar esa capacidad, nos contentamos con reconocer su "humanidad".

En vez de desarrollar en ellos los alumnos que tienen el derecho de llegar a ser, se ha forzado a la escuela y a los profesores a reconocer en los jóvenes la forma abstracta de la condición humana y a inclinarse reverencialmente ante ella. Es así que los alumnos se han transformado en "los jóvenes" y se ha ordenado a la escuela que deje de ultrajarlos. 

Es lícito que los docentes esperen que sus alumnos acepten un código de comportamiento apropiado a quienes quieren aprender. Pero con "los jóvenes" eso está prohibido, porque lo que ellos exigen es respeto a su individualidad, a eso que ya son o, mejor, que creen ser. Por eso, quienes no quieren escuchar a los maestros no son los alumnos, son aquellos a quienes se les ha impedido ser alumnos.

En este estado de cosas, los profesores quedan condenados a no ser profesores y los alumnos potenciales a no llegar a serlo nunca. Se parte de la premisa, no explicitada, de que acceder al diploma constituye un derecho imprescriptible de la persona humana y que toda valla que se oponga a ese derecho, representa un atentado criminal a la dignidad de "los jóvenes".

Estamos ante una desnaturalización de la escuela, institución en la que sólo la primacía del saber permite definir adecuadamente los roles de alumnos y docentes. 

Esa es la situación que descubre la apasionante descripción que Gonzalo Santos hace de la realidad cotidiana de las escuelas en las que trabaja y lo hace con la fuerza que tiene todo relato de lo dolorosamente vivido día tras día. De lectura imprescindible para quien quiera asomarse a lo que en realidad sucede en las escuelas, este libro atrapa desde el comienzo por su prosa lúcida y decididamente contemporánea.

En él se van desgranando anécdotas -algunas risueñas, otras dramáticas- de las que surge con claridad el pavoroso desgaste institucional y la indiferencia de los alumnos que, no pocas veces, desafían abiertamente a los docentes. 

Sin embargo, a pesar del panorama desolador que describe, el libro de Gonzalo encierra una esperanza. Efectivamente, alienta el optimismo el hecho de que se trate de la reflexión de un profesor joven que reacciona ante lo que observa en una realidad que no es tan distante de la que le tocó vivir como alumno.

En esa apasionada reacción ante lo que considera un ultraje a la educación que como profesor simboliza, se encuentra el germen de la esperanza. No debemos perder esa justa indignación porque de ella depende el porvenir de esos jóvenes y el de nuestra sociedad.