Opinión Martes, 7 de julio de 2015 | Edición impresa

2002, el retorno de lo olvidado y reprimido

El paso de la recesión al crecimiento en la Argentina entre 2001 y 2003 oculta un año (2002) que el autor se detiene a analizar y comparar con el presente de Grecia.

Por Fernando Iglesias - Periodista. Especial para Los Andes

Tuve ocasión de escuchar personalmente a Alexis Tsipras hace un año y medio, en ocasión de una conferencia que dio en el Teatro Valle, de Roma, donde anunció su candidatura a presidente de la Comisión Europea. Me había arrastrado hasta allí mi trotskista romano preferido, Daniele Archibugi, quien escuchó su discurso con el mismo desencantado escepticismo que yo. 

Tsipras estaba por una economía más verde, unos salarios más altos, menores niveles de desocupación, jubilaciones mejores y a menor edad, mayor gasto en salud y educación y avances decididos en la inversión para infraestructura. Lo que no dijo es cómo hacerlo. Así que cuando Daniele me preguntó mi opinión le dije: “Helado de chocolate con crema chantilly. Gratis. ¿Quién podría estar en desacuerdo?”.

Después, Daniele y yo nos fuimos a comer pizza y Tsipras logró acelerar aún más su meteórica carrera política. Así llegó hasta donde está hoy: en la sala de los botones de Grecia, oveja negra de la Unión Europea. 

Llegó con aires de revolucionario que va a mandar a todos de paseo y a sacar a Grecia del euro, pero enseguida se calmó, y Grecia se quedó. Habrá quienes estén de acuerdo y quienes no. Habrá quienes aplaudan el referéndum al que llamó para decidir si Grecia debe salir del euro y a quienes les guste más que haya reculado, tratando de abrir nuevamente la negociación. Pero nadie puede ignorar dos cosas.

Uno, ambas acciones son contradictorias. Dos, acciones contradictorias demuestran confusión. ¿Por qué avanza y retrocede Tsipras? ¿A qué le teme? Me parecen los temas fundamentales de la situación. 

Como todos parecen haber comprendido, la de Grecia es una cuestión argentina. En miles de aspectos que miles de observadores han descripto mil veces. Y en uno que no ha descripto nadie, que yo sepa: los absurdos extremos desde los que se discute. 

De un lado, los fundamentalistas del aire acondicionado; que creen que a toda hora, lugar y situación es necesario enfriar la economía. Del otro, los fanáticos del calefactor, que todo lo solucionan agregando un toque de calor. Los unos argumentan que Grecia falsificó las cifras, aumentó sus gastos y su nivel de vida sin elevar su productividad, dicen que el metro cuadrado vale más en Atenas que en Berlín y mencionan que el país con mayor cantidad de Mercedes Benz per cápita es Grecia.

Tienen razón. Los otros sostienen que la austeridad alemana hizo aún más impagable la deuda griega, insisten en las consecuencias sociales y las realidades políticas explosivas de estos años de angustia y recesión, señalan los riesgos que representa la salida de Grecia del euro para la economía europea y proponen la aplicación de la receta keynesiana en tiempos de crisis. También tienen razón. 

Incapaz de decidir entre razones tan buenas, me acordé de Krugman, de Stiglitz y de tantos profetas nac&pop argentos que la tienen clara y hacen recomendaciones con tanta seguridad. La más difundida, la que ha causado más entusiasmo en brillantes premios Nobel, es la de pasar de la recesión y la austeridad de la Convertibilidad argentina hasta el 7% de crecimiento anual del PBI que la siguió; es decir: de 2001 a 2003. Magnífica idea, pensé, pero tiene un defecto: entre 2001 y 2003 está 2002. Y entonces me acordé del 2002 argentino, del invierno feroz de Duhalde y Remes Lenicov que abrió el camino al veranito de Kirchner y Lavagna, y me puse a recordar lo sucedido en esas épocas con un entusiasmo digno de mejor ocasión. 

Y bien, cuando se recuerdan los tiempos de la crisis argentina del último fin de siglo la referencia obligada es al “más de 50% de pobreza que dejó la Alianza”; pero eso nunca sucedió. La pobreza, que era del 38,3% en la última medición del Indec efectuada durante el gobierno de la Alianza, octubre de 2001, llegó al 57,5% en octubre de 2002, después de doce meses de gobierno del salvador de la Patria Eduardo Duhalde, que no habrá salvado a la Patria pero al peronismo sí que lo salvó. Se trata de diecinueve puntos de aumento porcentuales sobre treinta y ocho; 50% más de pobreza en un año; un récord histórico planetario que superó los catorce puntos porcentuales de aumento de la pobreza verificados en diez años de Convertibilidad.

Si se sigue la historia nacional sin las anteojeras de silicona de Tecnópolis se descubre que el peronismo kirchnerista, que jura no ajustar aunque vengan degollando, fue cómplice y heredero del ajuste más brutal de la historia nacional; el que batió los récords establecidos en 1975 por el Rodrigazo de otro gobierno peronista, el de Isabelita. Hablo del ajustazo de Duhalde del que nadie nunca habla, el que nadie recuerda, y el que fatalmente vuelve, como todo lo reprimido; repetido hasta el hartazgo en cámara lenta, hoy. Sólo después de la monstruosa poda de los ingresos populares hecha por Duhalde-Remes Lenicov vino el veranito de Kirchner-Lavagna. Es un hecho, no una opinión. 

Aquí va la opinión: el peronismo y su motosierra histórica fueron extraordinariamente efectivos en ocultar la secuencia real de lo sucedido en 2001 y 2002. De la Rúa quedó como un inepto, y Duhalde, como un salvador. El Relato o proto-relato populista acerca de las causas de la crisis, engendrado silenciosamente en los Noventa, se hizo sentido común al explotar la Convertibilidad y consiguió ampliamente su objetivo: permitir un nuevo ciclo de saqueo a través del reemplazo del discurso único del peronismo menemista -privatista, libremercadista y aperturista- por el discurso único del peronismo kirchnerista -estatista, dirigista y globalifóbico. 

En una sociedad como la argentina, escéptica ante cualquier intento de racionalidad y siempre lista a apoyar líderes lunáticos y planes descabellados, el éxito del peronismo fue arrollador. Pocos recuerdan ya las elecciones victoriosas del doctor Menem en 1989, la promesa de la Revolución Productiva, el delirio mitómano del uno a uno, la desocupación y el déficit fiscal crecientes, y la bomba de tiempo que el peronismo le dejó a la Alianza. Las encuestas de fines de 2001, que mostraban 80% de apoyo a la Convertibilidad, esgrimían también la exigencia imposible de mantenerla a la vez que se reactivaba la economía. Así nos fue. 

Mucha gente recuerda hoy el 13% de descuento provisorio que una Alianza agobiada por la herencia de diez años de peronismo menemista aplicó a los sueldos estatales y las jubilaciones mayores de 575 pesos-dólares (casi $ 8.000 al cambio de hoy), pero olvidó completamente el descuento definitivo que la inflación de 40% con sueldos y jubilaciones congelados de Duhalde le aplicó en 2002 a toda la población nacional; sin piso mínimo de ingresos e incluidos los trabajadores no estatales e informales. 

A valores actuales, el famoso 13% de la Alianza consistió, en el peor de los casos, en que un trabajador en blanco o jubilado que percibía $ 8.000 al cambio actual pasaba a percibir $ 6.960 y se quedaba con un bono de $ 1.040 convertibles a cobrar cuando pasara la emergencia económica. Compárense esto con el 40% de inflación anual con salarios congelados del 2002 de Duhalde, en el que $ 8.000 de salario en enero terminaron convertidos en $ 4.800 en diciembre, recuérdese que la inflación no sólo afecta a los trabajadores en blanco sino a todos, compruébese que el peronismo ha logrado mantener, pese a todo, su prestigio de defensor de los pobres y poner a la oposición a la defensiva recordando incansablemente “el recorte de la Alianza”, y se comprobará la magnitud del sesgo peronista sobre la información pública nacional.

Remes Lenicov y Lavagna. Bad cop y good cop. Corralón, pesificación asimétrica, cuarenta por ciento de inflación sobre salarios y jubilaciones congelados, cincuenta por ciento de aumento de la pobreza y diez por ciento de baja del PBI; todo en un año. Una receta de ajuste que deja a las tomadas por la Troika europea en Grecia reducidas a plan asistencial, y pone a Milton Friedman como candidato al premio Robin Hood. 

Hoy, en un país que parece haber olvidado completamente el annus horribilis de 2002 y cuyo anterior ajuste populista-inflacionario ocurrió en 1989, cuando la mayor parte de su población actual no había alcanzado la mayoría de edad, es importante recordar el brutal ajuste de 2002, de matriz inflacionario-populista y heredero de los de 1975 y 1989. No por afán neoliberal sino porque de ellos nadie habla, mientras que de los desastres ortodoxos provocados por la dictadura y el menemismo existe una amplia y bien paga literatura. 

Recordemos pues, en honor a Tsipras y a los griegos, el ajustazo de Duhalde-Remes Lenicov. Para que lo olvidado no se transforme en retorno de lo reprimido. Para que este 2002 en cámara lenta que hoy vivimos los argentinos encuentre una salida que no sea desastrosa. Para que quienes todo lo saben recuerden que no siempre es conveniente caer al fuego desde la sartén.