sábado 24 de octubre de 2020

Este contexto nos obligó a dejar de utilizar las aulas, pero también nos hizo revalorizarlas y pensar que lo que sucede dentro de ellas no es tan sencillo de reproducir por fuera. / Gentileza
Aniversario

La importancia del lenguaje no verbal y la tutoría entre pares

No sólo aprendemos de nuestras profesoras y profesores, sino también de quienes nos acompañan en nuestro proceso.

Este contexto nos obligó a dejar de utilizar las aulas, pero también nos hizo revalorizarlas y pensar que lo que sucede dentro de ellas no es tan sencillo de reproducir por fuera. / Gentileza

El comedor, la cocina o, en el mejor de los casos, la pieza que no comparte con nadie esa niña o ese niño, no es un aula. Esto (quizá) ya lo sabíamos, pero hoy, como consecuencia de la pandemia de Covid-19, ya es imposible de negar. Un aula es mucho más que un espacio de cuatro paredes donde se dictan nuevos contenidos de conocimiento. Un aula es un elemento vivo, que crece, muta y se desarrolla a lo largo de un año escolar, y que requiere de piezas que muchas veces no se tienen en cuenta. Este contexto nos obligó a dejar de utilizar las aulas, pero también nos hizo revalorizarlas y pensar que lo que sucede dentro de ellas no es tan sencillo de reproducir por fuera.

¿Qué ocurre entonces dentro de las aulas que permite la enseñanza? Muchos han tratado de responder esta pregunta en el campo de las neurociencias educacionales. Desde cómo reinterpretar el contenido de las paredes y la información visual para modificar los procesos atencionales, hasta los efectos de la novedad en la presentación de nuevos contenidos, se ha evaluado el rendimiento, la retención y diferentes habilidades cognitivas. A partir de la pandemia, la pieza clave que el campo no podrá dejar de lado será el estudio de los vínculos sociales que se desarrollan en este espacio, que son uno de los motores esenciales para que sucedan los procesos de enseñanza-aprendizaje. Se deberá reevaluar, por ejemplo, lo que sabemos sobre los efectos de las interacciones entre docentes y estudiantes, la sensación de pertenencia dentro del aula y el efecto del mantenimiento de relaciones positivas en el compromiso escolar y en el rendimiento académico de los estudiantes. Pero además, habrá que tener en cuenta otros dos elementos, menos conocidos, pero fundamentales: desde la perspectiva de las y los docentes, el uso del lenguaje no verbal y la tutoría entre pares, que acompaña al aprendizaje colaborativo.

¿Por qué funciona el aula? Entre otras cosas, porque en el aula existe una interacción entre elementos que son difíciles de traducir a otros espacios y, en particular, complejos de transferir a través de una pantalla de la computadora. Cuando un docente o una docente está transmitiendo contenidos que espera sean adquiridos por quienes tiene enfrente, no sólo usa sus palabras, sino que utiliza todo su cuerpo. El valor del lenguaje no verbal (y de las señales no verbales del lenguaje) es inmenso: propicia que maestros y maestras puedan dar andamiaje e a constructos complejos, presenta información por sí mismo, marca relevancia en el discurso, respalda el mantenimiento de la atención y facilita el aprendizaje, entre otros beneficios. Aun así, en la mayoría de las instancias de formación docente no es tenido en cuenta y, en general, no se enseña.

El uso de gestos (una forma de comunicación no verbal en la cual acciones corporales comunican y/o acompañan a un mensaje, tanto eliminando las palabras o en paralelo con ellas) y de claves ostensivas (señales que preceden o acompañan al discurso, marcando una intención informativa relevante entre emisor y receptor) ha probado ser de enorme importancia tanto para los procesos de aprendizaje como para los de enseñanza. Si es innegable su utilización de manera intuitiva dentro del aula por maestras y maestros, ¿por qué no hablamos y enseñamos estos elementos cuando formamos docentes?

En el aula no sólo aprendemos de nuestras profesoras y nuestros profesores, sino que también lo hacemos de quienes nos acompañan en nuestro proceso educativo. Aprender de quienes están aprendiendo con nosotros, la tutoría entre pares, solía tener un rol central en las escuelas, pero con el tiempo el uso de este tipo de prácticas se ha dejado a criterio de quien enseña. Esto no tiene en cuenta ni la eficiencia ni el beneficio que parece acompañar a esta actividad.

La tutoría entre pares, desde sus versiones más formales a propuestas dinámicas como actividades colaborativas dentro del aula, permite que estudiantes adquieran conceptos simples o complejos, pero también da lugar a que las y los estudiantes revisen qué saben y qué no, cómo saben lo que saben, y cómo adquirir aquellos elementos que les faltan. Es decir, propicia el desarrollo de competencias y aptitudes necesarias para seguir aprendiendo de forma autónoma a lo largo de la vida.

La necesidad de repensar el aula como un elemento presencial y virtual en el futuro cercano subraya la importancia de estudiar, entender y hacer buenas políticas educativas sobre la utilización de los elementos como el lenguaje no verbal y la enseñanza entre pares, muchas veces olvidados. Dada su relevancia en la transmisión de conocimiento y su impacto en la adquisición de habilidades necesarias para el desarrollo de los niños y las niñas, estos deberían traerse al primer plano.

Esta pandemia nos hace preguntarnos: ¿qué estudiantes estamos formando y para qué? Nos obliga a repensar los contenidos y las competencias que buscamos desarrollar dentro de la escuela. Para ello, parece clave no olvidar que lo que buscamos que suceda dentro del aula es que las y los estudiantes se adueñen del conocimiento, se empoderen, y así se igualen sus oportunidades de desarrollarse plenamente a lo largo de sus vidas.

Fuente. Este artículo fue originalmente publicado en el libro “Pospandemia: 53 políticas para el mundo que viene”, del CEPE de la Univ. Torcuato Di Tella. Disponible gratis en utdt.edu/cepe