Desandar valles y quebradas

Desde Tafí a Cachi, el Circuito Calchaquí transcurre entre los mejores parajes del Norte argentino. Buenos vinos, empanadas, relatos de tiempos prehispánicos y la herencia colonial, todo de un tirón.

domingo, 02 de febrero de 2014
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Desandar valles y quebradas

Tania Abraham - turismo@losandes.com.ar

Con la férrea idea de llegar a los Valles Calchaquíes desde Mendoza, mate y buena música y un ritmo constante hace que el periplo no sea devastador ni mucho menos. La promesa de fascinantes paisajes, buenos vinos, deliciosas empanadas y encontrarse en alguna de las tantas fiestas que el verano propone por allá, dejan pasar las horas a su tiempo.

Cuando por fin la ruta 38 acerca a la meta, de a poco como disimuladamente se dejan los poblados atrás, con sus sembradíos, las bicicletas que circulan religiosamente por la banquina y algunos camiones que llevan caña, y ahí, el verde aparece sin preámbulos. Trepa los cerros como la senda. Molle, tipa, laurel, palo amarillo y los mil y un helechos, enredaderas y plantas parásito crean una penumbra clara, húmeda, espesa.

Es la yunga tucumana que obsequia hermosas vistas mientras el camino serpentea en ascenso dejando al río Los Sosas muy abajo. Hay que disfrutar el paisaje reverdecido, bajarse del auto, admirarse del tamaño de las hojas que cuando uno viene de Cuyo, sabe que eso mucho se parece a un milagro. Y en plena subida, en una vuelta, el Monumento al Indio toma casi por sorpresa. Es la representación del chasqui inca obra de Enrique Prat Gay. Allí una feria artesanal con muy buenos productos y excelentes precios, además de fabulosas panorámicas de cerros y quebradas.

La 307 sigue ascendiendo, ese es su sino; curvas, contracurvas, cornisas. El Mollar, el Dique la Angostura para los que gusten. Para los que siguen Tafí del Valle espera. Es el portal de los Valles Calchaquíes a casi 2.000 metros sobre el nivel del mar.

El poblado crece con los de siempre y con los que vienen por unos días y no se alejan jamás. La pequeña y pintoresca cuadrícula repleta de casa de souvenirs, turismo y restaurantes se recorre en poco tiempo, los alrededores donde se apestan complejos de cabañas y alojamientos varios, espacios para acampar junto al río, la iglesia de la Banda y su museo para el oeste y el convento de los Franciscanos hacia el este, como los Menhires, reclaman su dedicación.

Y las empanadas por supuesto, el inicio de la degustación norteña obligada. De carne, con papa, de charqui o humita, a disposición del viajero. Pero a Tafí lo identifican sus quesos, herencia de los jesuitas que llegaron a estas tierras a evangelizar. Su impronta se divulgó en las estancias que los sucedieron tras su expulsión y hoy se disfruta en pequeñas fábricas artesanales.

Los Quilmes después del infierno

El sol se esfuma en Tafí. ¿Por qué le dicen el infiernillo? Porque en días como hoy la bruma no deja ver la cuesta, responde el mozo sin inmutarse. La mañana está clara y la ruta 307 se toma sin dificultades, del mozo ni recuerdo. A 2 kilómetros la niebla aparece tímida; 500 metros más la cosa se torna de un blanco oscuro, opaco y las líneas de la ruta se esfuerzan por hacerse notar.

Luego la nada, ni cornisas, ni carteles, ninguna señal del exterior. Luces altas, faros antiniebla, hay que conducir muy despacio pero jamás detenerse, hay que afilar los sentidos porque los animales sueltos están y no se ven. La sombra se adivina y se apuran los frenos, un poco más, más y más, al tope cuando la vaca con total parsimonia pasa a escaso centímetros del paragolpes dejándonos el corazón en la boca.

Minutos más tarde y unos 20 kilómetros de extrema atención el telón nebuloso desaparece pues el sol siempre está presente en Amaicha, es una promesa cumplida. La quebrada se abre a los lados, hacia arriba y abajo. Los tonos terrosos mutan a dorados por sugerencia de Febo al tiempo que los cardones se hacen más populosos en las laderas. Esbeltos, enormes ornamenta la cuesta que los nombra.

La aridez rige, pero el poblado es fecundo. Aún perviven aspectos del sistema comunal de los diaguitas y amaichas que se quedaron allí cuando la cédula real lo permitió. También las costumbres heredadas de los españoles como el vino patero y el mistela, los quesillos y el agua ardiente, los dulces una mención aparte. Los cantos también son fértiles sus copleras los mantienen vivos como la ancestral manera de tratar las lanas para convertirlas en objetos de culto: mantas, ponchos y tapices.

El Museo de la Pachamama es el que se visita al comienzo o al final del circuito, el relato de los valles hecho en piedra por Héctor Cruz, el artista que agrupó datos geológicos, antropológicos y culturales ?especialmente en los tejidos y cerámica de los originarios-. Por si gusta, un desvío en la ruta lleva a Los Zazos y a su única calle, luego El Remate cuya grieta profunda permite ver el río hasta el embalse.

Amaicha en febrero celebra a la Pachamama y lo mejor es que la fecha coincide con la del Carnaval, ocasión que sirve para demostrar el apego de esta comunidad a sus raíces y a su madre. Bagualas y coplas inundan las callecitas y los frutos de la cosecha son las ofrendas de agradecimiento. La anciana mayor encabeza la procesión para entregarle a Pachita harina y albahaca. Topamientos a pie y a caballo desde mediados de mes, los jueves de comadres con bailes, buena comida y mejor bebida, en el marco colorido que el pueblo dispone cada verano.

De regreso a la ruta principal, la 307 y luego por la 40 encuentra a las ruinas de los Quilmes por un desvío de 5 km hacia la izquierda. Un bono contribución se abona al ingreso, no tiene tarifa es la voluntad del que llega y su fin es para conservar el sitio arqueológico de manos de los habitantes. Lo curioso es que las donaciones son míseras, vergüenza ajena. Se puede solicitar guía local o emprender el recorrido por la ciudadela a tientas.

En las estribaciones del cerro del Cajón la ciudad Sagrada muestra las bases de las viviendas, graneros, fortines y centros ceremoniales. Los Quilmes habitaron la zona hasta 1666 cuando fueron obligados a abandonar sus tierras por el avance español. Pero la resistencia contaba con aproximadamente 130 años de existencia, 3 levantamientos sangrientos y la defensa de la tierra a costa de sus hijos. El extrañamiento de los pueblos calchaquíes, como lo llaman por aquí, consistió en descuartizar las comunidades y alejarlas lo más posibles, un grupo, el de los bravos fue obligado a caminar hasta Buenos Aires.

Las voces en la actualidad dan cuenta del intento de exterminio, "los Quilmes jamás dejamos de existir, no nos sacaron a todos" nos dicen y argumentan con la Cédula Real que fuera entregada en 1716 para que conservaran sus tierras. La historia de avances no cesó nunca, incluso en nuestros días habiendo sido reconocidos por el estado provincial mantienen un litigio por el parcelamiento y la venta del territorios por parte de esos dueños herederos de los que alguna vez se dividieron el país en un puñado de fracciones.

Cafayate en tiempos de serenata

Los viñedos aparecen antes, desde Tolombón. Badenes y más badenes, algunas cabras y oasis de caseríos hasta la sabia cafayateña que se distribuye en derredor de su plaza, con la iglesia, los restaurantes, las peñas y la feria de artesanos. Independientemente del lugar de alojamiento, la vuelta del perro es por aquí.

La plata y la alpaca toma forma de diversos objetos, los mates corren y los aguayos traídos de más al norte como los tejidos en lanas e hilos vegetales locales son la tentación de los que arriban. A 50 metros de la plaza, la Casa de las empanadas, 25 variedades que con Torrontés no tienen igual, más aún cuando algún cantor pasa guitarreando entonando versos a esta tierra pujante.

La catedral con su Virgen Sentadita, el Banco Nación como curiosidad, pues su plano y materiales eran para el Calafate, por tanto el techo está preparado para no acumular nieve; los artesanos de la arcilla con sus vasijas de hasta 1,50 metros de alto y el Museo de la Vid y el Vino, los detalles de un paso por Cafayate.

El clima semidesértico, ventoso, de gran amplitud térmica lo que implica una diferencia de hasta 20° entre el día y la noche, con escasas precipitaciones, entre 40 y 80 mm anuales, marcan las cepas –dispuestas a 1.700 y hasta los 3.000 msnm- que darán generosos caldos en la zona de los valles. Resabios de la colonia y de los primeros pasos en el arte de hacer vinos se aprecia en antiguas bodegas, ejemplo de aquellos días lo dan las bar ricas de algarrobo o las bolsas de cuero para el traslado.

Como en Mendoza los caminos del vino se abordan con folleto o en una excursión, que puede ser en bici. Finca Quara, Etchart, Nanni, Esteco, Vasija Secreta, Piatelli, Finca Las Nubes, Amalaya, Domingo Hermanos o Don Roberto, son algunas de las bodegas abiertas al turismo. Disímiles en arquitectura e infraestructura así como en la capacidad de elaboración, dan un paneo de la viticultura de altura, de los modos de hacer de su gente.

Por la Ruta 68 con Dirección a Salta Capital, la Quebrada de las Conchas es uno de los tesoros del NOA. Las tonalidades rojizas y los abruptos cortes como las extrañas formaciones provocadas por el viento y el agua en unos 90 millones de años, con el hilo de río como testigo mudo, propician el trekking, agudizan los sentidos y afirman esa tesitura que la magia calchaquí se arrastra por largo tiempo.

Algas y conchas marinas, dinosaurios primero, ranas, cocodrilos y hasta tigres dientes de sable después, han dejado su huella en la roca, dando cuenta de las diversas eras geológicas. El Obelisco, la Garganta del Diablo, el Sapo o El anfiteatro alguna de las esculturas naturales que ameritan paradas en el camino. Con guía por el Puente de los Morales, en la Yesera  capas calizas y marinas custodian fósiles y xenolitos, rocas que salieron a la superficie por la explosión de volcanes furiosos.

A la vera del asfalto, algunos artesanos diseminan su trabajo en mantas bajo el sol que quema. Los puesteros acercan sus llamas y cabritos para la foto; cada tanto alguna apacheta porque el viajero sabe que a la Pachamama hay que honrarla en cada ruta. 
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