Mundial de Barras Bravas: Argentina campeón

El modus operandi del barrabravismo argentino es único en el mundo. Los barras no critican al sistema como lo hacían los hooligans, sino que se sirven de él. El viernes fue en Independiente Rivadavia, mañana quién sabe. Por Fabián Galdi.

Por Fabián Galdi @fabiangaldi fgaldi@losandes.com.ar
domingo, 02 de junio de 2013

Entre enero y principios de febrero de este año, mientras la temporada oficial del fútbol argentino permanecía de vacaciones, una sucesión escalonada de hechos relacionados con la violencia barrabravista irrumpió hasta copar el centro de la escena. Esa ostentación de poder a cara descubierta y pública es la marca registrada de las barras bravas argentinas, un hecho que los especialistas en seguridad deportiva catalogan como único en todo el mundo.

La multiplicidad del fenómeno no reconoció límites geográficos: las internas de la “Doce”, con Maxi Mazzaro aún prófugo desde el 9/1, las tensiones entre “Canallas” y “Leprosos” en Rosario, que provocaron incidentes gruesos en tres semanas sucesivas, las fotos de la barrabrava de Racing a bordo de un crucero, mientras en la sede capitalina del club aparecía un periodista muerto en la pileta y los destrozos de hinchas de Gimnasia para opacar la Fiesta del Centenario de Independiente Rivadavia son ejemplos de que los violentos organizados forman parte de una institución que goza de buena salud y voluminosos beneficios económicos.

Casi simultáneamente, la jefa de Seguridad de Independiente de Avellaneda, Florencia Arietto, quien había implementado un plan decidido a combatir la influencia de la barra brava en el club, fue desgastada a partir del escaso apoyo efectivo del resto de la dirigencia “roja”, inclusive hasta del propio presidente, Javier Cantero, quien a mediados de 2012 se había convertido en el líder de una esperanza: la de desarticular a la mafia barrabravista a partir de un trabajo conjunto con la AFA y las fuerzas de seguridad del Estado.
 
Arietto comenzó a divisar pintadas agraviantes y amenazantes en las paredes de viviendas aledañas a la sede de Independiente, precisamente dentro del recorrido habitual que realizaba manejando su auto. Cuando las denunció ante sus pares, la abogada penalista de 36 años sólo encontró una solidaridad protocolar. Decidida a profundizar su política, buscó un apoyo más específico; sin embargo, terminó presentando su renuncia una semana después. La gota que colmó el vaso fue haber descubierto que le habían falsificado la firma para levantar el derecho de admisión aplicado a dos peso pesados de la barra brava. “Igual, Cantero es lo mejor que le puede pasar al club”, dijo, escuetamente, antes de irse.

El viernes pasado, cuando un grupo de violentos organizados tomó por asalto las instalaciones del Gargantini, sencillamente aplicó el modus operandi propio de una facción de choque. A media tarde, a la vista de todos y burlando la propia seguridad del club, hizo una manifestación de poder desde el punto de vista simbólico y también explícito. Los autos destrozados, la herida con arma blanca al futbolista Diego Caballero, las amenazas y la violencia física sobre otros jugadores y dirigentes representan una prueba cabal de que las barras imponen sus propios límites. Dejada la evidencia de su poderío fáctico, aguardan que las aguas se aquieten en los días venideros y luego presionan desde una posición de fuerza para negociar más y más dividendos; los consiguen, generalmente.

¿Es el barrabravismo argentino un flagelo de alcance ilimitado e indestructible? Lo es y será en la medida que el asunto se observe desde una visión fragmentada, porque así sólo se favorecerá a su ramificación y, por ende, a su consolidación. Si las reacciones al problema se quedan en lo declamativo y la pirotecnia verbal, las partes interesadas en los negocios colaterales al fútbol seguirán aplaudiendo por lo bajo. Se recuerda, casi en tono provocador, aquella definición que diera a la prensa el barra Rafael Di Zeo, cuando dijo: “El día que se termine con la violencia del fútbol se acaba con el negocio del fútbol”.

El “negocio del fútbol” al que aludía el otrora hombre fuerte de la “Doce” es un mal endémico que incluye los costosísimos operativos de seguridad policiales, el control de los estacionamientos aledaños al estadio, la reventa de entradas, el alquiler de los micros para que viajen hinchas caracterizados – cuando no el pasaje de avión para ir al exterior – y hasta se proyecta en gran escala rumbo a cada Mundial de fútbol. A este combo hay que sumarle la oferta de mano dura que ofrecen los líderes de las barras a partir de sus segundas o terceras líneas en la estructura piramidal del poder: trabajos por encargo y que parezca un accidente.

Más de una vez surge un paralelismo con los hooligans ingleses y su posterior inoculación, pero el diagnóstico será errado si parte de la presunción de que existe una relación simétrica entre los dos fenómenos de la espiral de violencia. Los hooligans rechazaban el sistema desde el punto de vista socio cultural en todas sus formas, provenían mayoritariamente de sectores de la clase media pauperizada durante el thatcherismo y solían reclutarse en pubs y bares con el objeto de reclutar adeptos y ser visibles a sus antagonistas, en una clara actitud de incitación.

Los barrabravas argentinos no rechazan el sistema, sino que se sirven del mismo. A partir de su agrupamiento faccioso disputan el control del núcleo duro de la barra en un internismo virulento y endémico. Desde el metro patrón de la imposición de la fuerza logran alimentar el aparato político de quienes los terminan apadrinando hasta convertirlos en una suerte de micro ejército personal.
 
En el fútbol europeo se planteó cómo posicionarse frente a un problema que incluía ataques racistas, xenófobos y chauvinistas, especialmente en las ligas inglesa, alemana, holandesa y portuguesa. Entonces, se trabajó desde lo interdisciplinario para, primero, hacer un diagnóstico con la mirada de especialistas en ciencias sociales y no manejarse apenas con la intuición o la falta de rigor profesional. Hubo experiencias exitosas a partir de ubicar personal de seguridad sin uniforme dentro de las tribunas para proceder a disuadir con ánimo de prevenir en vez de reprimir. Sociólogos y psicólogos fueron valorados en su justa medida e incorporados a los equipos de trabajo en un lugar ponderado; sus respectivas opiniones y puntos de vista fueron trabajados conjuntamentos con expertos en fuerzas de seguridad, y no tomados como simples aportes semánticos.

En la Argentina, por el contrario, pareciera que cualquier asistente a la tribuna es un barra brava en potencia, cuando en realidad el número de violentos es cuantitativamente insignificante. Sin embargo, el aficionado suele identificarse simbólicamente con la barra –hasta aplaude su llegada- porque psicológicamente ya ha hecho una identificación inconsciente a partir del maltrato recibido en la previa: largas caminatas porque el ómnibus los deja lejos, problemas para dejar el auto, cacheos extensos e improductivos (la barra mete armas, elementos pirotécnicos y objetos contundentes sin problemas), etc. Inclusive, las molestias se multiplican a la salida del estadio y más de una vez el hincha queda expuesto a ser saqueado y/o golpeado porque la seguridad ya levantó el operativo.
 
La violencia del fútbol requiere una política de Estado decidida y que continúe sea quien fuere el que ocupe circunstancialmente el gobierno. POLÍTICA DE ESTADO, en mayúsculas.
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