La lengua y la cultura del instante

sábado, 26 de octubre de 2013
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Por María del Rosario Ramallo

El mundo contemporáneo exige respuestas instantáneas: no se concibe la espera ni tampoco la entrega diferida. Hasta el servicio de entrega domiciliaria de comida no puede demorar más de media hora; los centros de idiomas promocionan el aprendizaje de una lengua extranjera en pocos meses.

En esta “cultura del instante”, se inserta también el aprendizaje escolar. Entonces, ya no existe ni se concibe la figura del “ratón de biblioteca”; en general, el alumno no posee la cultura del libro; ante una duda, el buscador en la Red le dará en segundos la respuesta a la pregunta o a la duda.

Dentro de esta cultura de lo momentáneo y rápido, se inscribe el problema de la disortografía. Acostumbrados a la velocidad de los mensajes de texto y del chateo, la preservación de la ortografía ha pasado a ser un valor en decadencia: “si vos lo entendés, ¿para qué preocuparse por ese detalle de la corrección ortográfica?”

El problema de la falta de cuidado en la escritura es generalizado: no solo los productos de la redacción escolar o académica, también cada escrito de la vida cotidiana aparece infectado de errores.

Así, entonces, la cartelería callejera, la propaganda televisiva, el texto informativo de los diarios y la publicidad de los mismos, los anuncios en los avisadores de las facultades, los comunicados emanados desde la administración, ya pública, ya privada, universitaria o no, desconocen absolutamente las reglas ortográficas y las modificaciones que, con optimismo, la Asociación de Academias de la Lengua Española y la Real Academia Española han dado a conocer en su Ortografía, lanzada al mundo a fines de 2010.

Con asombro, los alumnos que se encuentran cursando sus carreras universitarias se enteran de los cambios; muchos docentes también se sorprenden de cómo ha evolucionado, por ejemplo, la tildación de palabras, la separación en sílabas o la articulación de los prefijos, por mencionar algunos temas puntuales. Otros, en cambio, se resisten a los cambios y se aferran firmemente a viejas nociones, ahora obsoletas.

Muchos docentes ya han claudicado; es casi una renuncia colectiva a asumir la que, otrora, fue una función de la escuela y a defender lo que debería constituir un eje transversal a todo el diseño curricular.

¿Para qué la ortografía? ¿Cuál es su sentido?

Son funciones de ella:

* Garantizar y facilitar la comunicación escrita entre los usuarios de una lengua, mediante el establecimiento de un código común para su representación gráfica.

* Ser un factor de UNIDAD porque evita LA DISPERSIÓN en la escritura de una lengua, dispersión que, llevada al extremo, haría difícil y hasta imposible la comunicación escrita.

* La ortografía es compañera inseparable de la escritura y de la lectura, porque para descifrar lo escrito es preciso conocer el código ortográfico.

* Es condición necesaria para el completo desarrollo de una persona, como individuo y como ser anclado en la sociedad, porque la escritura es FUNDAMENTAL como soporte del conocimiento y como instrumento de comunicación.

* Es un BIEN SOCIAL porque es el soporte más visible del sentimiento de comunidad lingüística y cultural.

* Las sociedades que comprenden las profundas repercusiones de la adecuada alfabetización de todos sus miembros, conceden a la ortografía una IMPORTANCIA SINGULAR, dándoles una buena imagen social y profesional y considerando FALTAS los errores ortográficos.

Es necesario desterrar un error muy generalizado y difundido en la comunidad: no es necesario preocuparse por la ortografía –dice esta creencia- porque los procesadores de texto tienen un corrector automático que cumple el rol de velar por la corrección. Verdad parcial: el corrector es un valioso auxiliar, pero si no es actualizado y alimentado adecuadamente por una mente humana que lo guíe y supere, nos puede deparar más de una sorpresa ingrata.

Asociado al problema ortográfico y en íntima relación con la cultura de lo instantáneo, se encuentra la poca afición de la población joven a realizar la consulta al diccionario, ya para asegurarse acerca de la correcta grafía de un vocablo, ya para conocer sus acepciones adecuadas, según los diferentes cotextos.

Se encuentra muy alejada en el tiempo aquella exigencia de la escuela primaria que obligaba a los niños a cargar en su mochila el no muy querido diccionario. Luego, se los eximió de tal obligación porque la biblioteca del aula tenía alguno, generalmente roto y desactualizado, al que hasta la propia maestra rehuía consultar.

En el secundario, luego polimodal y hoy nuevamente secundario, se perdía rápidamente ese hábito que casi no se había formado: la comodidad y la rapidez de preguntar y solucionar dudas en voz alta le ganaba al esfuerzo de tener que indagar, prolijamente y en forma personal, los datos que se necesitaban acerca de algún término.

Cuando el alumno pretende entrar a la universidad, es seguro que muchos libros han cambiado en su biblioteca doméstica o familiar, pero es posible que el diccionario, abandonado, maltrecho, postergado, siga siendo el mismo que se adquirió al comenzar la escolarización.

En nuestro contacto con estudiantes de humanidades podemos verificar la reticencia a recurrir al diccionario, más aún si ello implica traerlo a la clase.
 
Y es allí donde debe actuar también la inclusión social: todos los estudiantes, de cualquier origen que sean, deben poder tener acceso a un buen diccionario, actualizado, cuya eficacia se mida no por el precio ni por el tamaño, sino por la confiabilidad de su compilación y armado.

Hoy, afortunadamente, desde cualquier computadora con acceso a internet, es posible ponerse en contacto con la edición más actualizada del Diccionario de la lengua española, de la Real Academia Española: ella se encuentra en las páginas de esta institución como también en la de la Academia Argentina de Letras.

Manuel Seco, al que se ha acudido recurrentemente para disipar dudas ortográficas y normativas habituales, decía al público, en ocasión de presentar un diccionario. “Yo, todos los días, leo unas cuantas palabras del diccionario para sacarlas a pasear. Ellas están cautivas en las páginas y este pastor de palabras las saca a pastorear”.
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