¿Los cristinistas se comen a los niños?

La Presidente asumió su segunda gestión auto-coronándose como emperatriz, luego se imaginó reencarnación egipcia y ahora genia y diosa. Sin embargo, lo que en una concepción republicana liberal puede significar desvaríos, en una concepción monárquica o imperial puede ser una bien pensada estrategia política.

Edición Impresa: domingo, 09 de septiembre de 2012
¿Los cristinistas se comen a los niños?

Por Carlos Salvador La Rosa - clarosa@losandes.com.ar

Mío es el cielo, mía es la tierra.
Soy una guerrera, eso soy.
¿Hay algún dios que pueda compararse conmigo?
Canto de Inanna (divinidad guerrera sumeria), citado en "¿Fellini, aliado de la diosa?", de Néstor Tirri.


Algunos contreras creen que la Argentina se va pareciendo cada vez más a la vieja Unión Soviética a juzgar por los controles económicos de Moreno, el cheto-marxismo de Kicillof, los adoctrinamientos de La Cámpora y los discursos ego-místicos-ideológicos de Cristina.
 
Se equivocan. En la Argentina peronista siglo XXI, en todo caso lo que estamos viendo es -con otro signo ideológico- una vieja película anticomunista norteamericana de los años 40 o 50, esas donde se sostenía que los comunistas se comían a los niños, para así lograr el susto del pueblo frente al "peligro rojo", teniéndolos motivados para una eventual guerra. Contando tal macaneo, con la implícita complicidad de los "bolches", a los cuales les encantaba que los creyeran tan malos como para morfarse a los pibes.

Ahora bien, si se lo mira desde el sentido común, lo de la semana pasada resulta un tanto irracional. ¿Cómo es eso de que la Presidenta se haga hacer un spot publicitario donde se autocalifica de genia y dos días después se considere el único ser humano digno de ser temido -aunque sea un poquito- como el Dios del Antiguo Testamento (porque al del Nuevo Testamento no se lo teme, sino que se lo ama), cuando, además, poco tiempo atrás se había sentido la reencarnación de un arquitecto egipcio de los buenos tiempos faraónicos?

Sin embargo, no estamos viendo nada que no sea coherente con la autoevaluación que ella siempre hizo de su rol institucional. El día que asumió su segunda presidencia ofreció una puesta en escena donde graficó cómo imaginaba su nuevo mandato, inspirándose en la coronación de Napoleón como emperador, consagrado por la gracia de Dios y coronado por mano propia en nombre de la voluntad del pueblo.
 
En esa línea, Cristina se tomó juramento a sí misma, hizo que su hija le entregara el cetro de mando en tanto patrimonio familiar y sólo se postrernó ante la memoria de su esposo, al cual ubicó a la altura de Dios y la Patria.

Quizá lo suyo no sea muy republicano en los términos del constitucionalismo liberal (hoy puesto en tela de juicio por el cristinismo), pero es lógico si lo que se busca es ser considerada una emperatriz populista, en la que el culto cuasi-religioso hacia su persona sea lo que unifique a sus cortesanos y atemorice a sus enemigos. Se trata de una pensada estrategia política, no de un delirio estrafalario. Discutible, pero estrategia al fin.

En el fondo, lo que se está haciendo es otra vez tirar manteca al techo, como suelen hacer los ricos argentinos cuando les sobra plata o recursos.Ahora, como son ricos que presumen de izquierdistas, se trata de tirar ideológicamente manteca al techo porque, en una democracia con 30 años de existencia continuada, es fácil acusar a cualquiera de cualquier cosa, ya que no hay consecuencias.

Cuando había golpistas en serio -o sea cuando faltaba, no sobraba democracia- los gobiernos se cuidaban muy bien de provocarlos, porque sino el golpista respondía. Nadie presumió en los '80 del juicio a los militares, y nadie toreó a Rico o Seineldin, porque aún eran peligrosos, o si ya no lo eran tanto, nadie aún lo sabía. Hoy suponemos que ya no hay peligro alguno y por eso somos tan temerarios.
 
Hablamos como en los '70 porque sabemos que no hay hoy nada comparable con los '70. Ahora es fácil usar dramas históricos profundos para veleidades políticas coyunturales disfrazadas con relatos.

Acá y en todas partes, cuando hay peligro cierto de golpismo, se busca aislar a los conspiradores incluso de sus potenciales aliados.

En cambio, cuando se acusa a todo el mundo de golpista es porque el peligro no es tal, sino que se lo quiere hacer aparecer como tal. Nadie en su sano juicio provoca o incita un peligro real, ni nadie unifica con su discurso a todos los potenciales enemigos, cuando éstos son enemigos en serio.

La Presidenta -que está en su pleno y sano juicio- inventa enemigos por estrategia política. Quiere hacer creer que siembra el terror como una jacobina descabezadora, pero sin una política de terror salvo el discurso, que me teman un poquito, como a Dios. Y asustar gente acusándola de lo que no es, sabiendo que no lo son.

Quizá es injusta pero no temeraria. Confronta con enemigos designados o inventados por ella. Son las ventajas de la abundancia democrática, donde uno se puede dar el lujo de acusar a todos lo que no piensan como uno de desestabilizadores.
 
En un combate contra nadie, se juega a la revolución sin riesgo alguno y se provoca innecesariamente para espantar al burgués que no está tanto afuera sino adentro, bien adentro de uno mismo. Si no, veamos algunas de las "técnicas" del espanto.

El adoctrinamiento escolar de La Cámpora busca afiliar chicos que no tienen interés alguno en afiliarse ni en ser adoctrinados. Algunos cristinistas hablan de inculcarles "buenas ideas" a las mentes lavadas de los chicos.

Para que no se las sigan lavando los liberales, lavémoslas nosotros, aducen. Pero la inmensa mayoría de los pibes están en otra cosa. Primero que nada hay que ponerlos a estudiar en serio, porque sino ni adoctrinárselos se podrá.

Los presos liberados por Vatayón Militante son una copia berreta de los de la última película de Batman, cuando el villano hace escapar a los reos de la cárcel para apoderarse de Ciudad Gótica.

Acá, en vez de llamar a los presos malos, se quiere llamar a los buenos (a los que se hagan K, porque sólo la verdad los hará libres) para evitar que el poder sea tomado por la derecha mala. Pero felizmente todo termina en un recital o una murga de militantes.

Los barrabravas del fútbol también son convocados a la lucha popular, pero éstos sí, en vez de aceptar la llamada revolucionaria para poner sus potencialidades bélicas al servicio del bien, siguen destrozando canchas y golpeando personas, más aún si se los incita desde lo alto del poder.

Sin embargo, al ver tantos desmanes el mismo poder que los convocó creyendo que así los haría suyos, se asusta y da marcha atrás.

Con lo cual demuestra que tampoco quiere, como piensan los contreras, gestar el caos para provocar la revolución. El poder sólo quiere simular para seguir gozando de las mieles, y las barras no le sirven para eso porque éstas buscan sangre en serio.

El voto a los 16 pretende conseguir más huestes chiquilinas para la causa. Pero a diferencia de la Ley Sáenz Peña, que quería democratizar la república de élite, o del voto femenino, que era una reivindicación demandada, acá los únicos que piden el voto a los 16 son los oficialistas porque suponen así sumarle un puntito más a la re-reelección, y lo aceptan a regañadientes los de la oposición para no quedar mal con los pibes; o sea pura demagogia ofensiva oficial y pura demagogia defensiva opositora.
 
Mientras, los chicos de 16 y los especialistas en el tema, masivamente están en contra. Mayor desenganche de la clase política con la realidad popular, imposible.

En otras palabras, lo que estamos viviendo en política es una teatralización, porque la sociedad argentina actual no está para la división de nuevo entre gorilas y peronistas; eso es una antigualla, pero los actores insisten en representar una obra atrasada en el tiempo y de tanto actuarla se están empezando a odiar en serio, de un lado y del otro.

En tanto, la sociedad mira, un tanto aburrida porque la película habla de cosas que no le importan, pero como es la única película que hay, también puede terminar metiéndose en ella.

En síntesis, que los cristinistas no se quieren comer a los chicos, más bien quieren aparentar comerlos para asustar a los asustadizos. Se trata de un lujo que se pueden dar los nuevos ricos hablando en contra de una supuesta oligarquía que es la que les provee los recursos para que puedan hablar contra ella. Para la vieja oligarquía ser conservadores era la manera de preservar sus privilegios contra los que pedían compartirlos.
 
Para la nueva oligarquía en el poder, proclamarse revolucionarios es la manera de conservar sus privilegios sólo para ellos, ya que todos los demás no se los merecen por ser golpistas.

Los cristinistas hasta ahora no se han comido a ningún chico pero están logrando hacerle creer a una minoría importante de la sociedad que se los están comiendo, buscando que éstos reaccionen para así denunciarlos por golpistas. Nada demasiado grave aunque tampoco demasiado bueno es eso de banalizar cosas que en el ayer fueron demasiado graves.
 
Es como que desde el gobierno se haya decidido crear un clima de guerra artificial, convencidos de que si alguien cae en la provocación, la guerra la terminará ganando el gobierno. Una guerra que se presume será de ficción, pero en la Argentina nunca se sabe. Como les pasa a esos actores que de tanto sobreactuar no saben distinguir la realidad de la ficción.

Allí es cuando la cosa se pone peligrosa porque el actor que se mimetizó con su personaje termina creyendo que todos están de veras contra él. Es que quien se acuesta con chicos -aunque sean de La Cámpora- suele amanecer mojado y quien juega con fuego -aunque sea fatuo- puede terminar quemado.
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