La Rubia Mireya: ¿verdad o leyenda?

El 21 de setiembre habría cumplido años el prolífico letrista y hombre de cine Manuel Romero, creador de numerosos éxitos de nuestro cine nacional y de nuestra música ciudadana. Lo recordamos indagando una de sus enigmáticas creaciones: “La Rubia Mireya”. Una figura que esconde historias y rumores desde hace casi un siglo.

sábado, 22 de septiembre de 2012
La Rubia Mireya: ¿verdad o leyenda?

“La Rubia Mireya” dirigida por Manuel Romero. Un rostro del imaginario porteño.

Notas relacionadas

Nicolás Sosa Baccarelli - Especial para Cultura

“¿Te acordás, hermano, la rubia Mireya que quité en lo de Hansen al loco Cepeda?” El loco Cepeda a veces mutó por “el guapo Rivera” pero al fin y al cabo da lo mismo, con un guapo o con el otro, así rezan los versos de Manuel Romero que, con música de Francisco Canaro, conforman el célebre tango “Tiempos Viejos”, inmortalizado por Carlos Gardel en 1926.

Esta pieza introduce dos hechos y un enunciado ya legendarios para la historia de la cultura nacional: el café de Hansen -que efectivamente existió- , el enunciado según el cual “los muchachos de antes no usaban gomina” – lo cual es una certeza– y la posible existencia de la fémina de vida disipada y eximia bailarina que nos ocupa.

La rubia Mireya integra la pléyade conspicua de heroínas del tango. Quizá se trata de una de las más conocidas. En sus buenas épocas “se formaba rueda pa’ verla bailar” y dejó en sus festejantes un vívido recuerdo de “lo linda que era”, según nos lo narra el tango.

Casi puede verse, sonriente y gentil bajo una parra, con un aire a novia y un revés de meretriz. Con un perfume de pucho y madreselvas, se presiente… detrás de su leyenda. Así era de linda. Más tarde, los años y la noche recalaron sobre su cuerpo e hicieron lamentar al hombre que, habiéndola conocido en su juventud y luego cruzado en alguna esquina porteña, casi no la vio detrás de esa “pobre mendiga harapienta”. La vejez que surcaba su rostro le hizo dar vuelta la cara y ponerse a llorar.

Es que esencialmente es la misma “pobre mujer que vende flores”, que nos relata Marambio Catán en “Acquaforte”, que fue en otros tiempos “la reina del Montmartre”. Quien, abatida, por no tener más besos, ofrece en su lugar un ramo de violetas.

Importante es advertir que Mireya – como personaje literario– ya existía antes del tango que glosamos. Ya en 1923 la vemos protagonizar un sainete titulado “El Rey del Cabaret” de Alberto Weisbach y el propio Manuel Romero. Su protagonista era Mireya. Pero esta vez tuvo, a despecho del buen gusto y de la verosimilitud, un final feliz, casándose con un muchacho adinerado, de buena familia. Luego proliferaron obras teatrales y cinematográficas.

De la ópera al tango


Néstor Pinsón –prestigioso investigador del tango–, sitúa los orígenes del nombre en la región de Provenza, en el sur de Francia. El poeta Frédéric Mistral (1830-1914) escribió en 1859 un largo poema en el que retrata la vida cotidiana en la región, y coloca de personaje principal a una mujer, cuyo nombre da título a la obra: "Mirèio", en lengua provenzal. También lo hemos encontrado como “Mireia”, más parecido todavía a su versión porteña. Este nombre traducido al francés se convierte en "Mireille", que al arribar a nuestro puerto, los argentinos transforman en “Mireya”.

Más tarde, Charles Gounod (1818-1893, compositor de la ópera "Fausto") trabajó en el poema como argumento de una ópera de corte humorístico y costumbrista. Se estrenó en marzo de 1864, con gran éxito en Francia y no tardó mucho tiempo en ser conocida en nuestro país, lo que seguramente provocó que se comenzara a utilizar en nuestras tierras el nombre "Mireya" como apelativo femenino. Mistral recibió el Premio Nobel de Literatura en 1904, siendo distinguido precisamente por la obra que comentamos. Hasta aquí, salvo algunas variantes, la idea de Pinsón.

Una versión más porteña

Da vueltas otra versión, quizá más conocida, que nos habla de un conventillo posiblemente llamado “María La Lunga” en Castro Barros al 400, y de una tal Margarita Verdier, o Verdiet, apodada "La Oriental" y también… "La rubia Mireya". De padres franceses, habría nacido en Uruguay y se habría radicado luego en el barrio de San Telmo. Sus días le habrían proporcionado varias y aturdidas noches, y la fama de “ave nocturna”, no precisamente por lo sabia.

Algunos han afirmado saber que un médico la atendió, con sus ochenta y cinco años y un tétanos (o quizá tuberculosis) fatal. Esa versión ubica su decadencia por las manzanas de Boedo y Nueva Pompeya y la hace morir, pobre y vieja, en el Hospital Muñiz. No conocemos rastros de su enfermedad, ni de sus restos.

Mireya, Lautrec y Cortázar

Julio Cortázar imaginó otra historia para nuestra Mireya, que involucró a Toulouse Lautrec y a los antros parisinos que gustaba frecuentar el artista.

Es que Lautrec podría haber sido Lautrec en Buenos Aires. Se preguntó Cortázar, si éste fue acaso “un pintor francés soñando que escuchaba tangos en Buenos Aires, o un cantor de tango soñando que era un pintor francés en París.”

Buenos Aires era por entonces, una prima lejana, menor -y un tanto envidiosa- de París, y es sabido que Cortázar supo besar apasionadamente a ambas, sin miramientos. Así comienza el escritor argentino un juego de espejos, una trama “mitad imaginada y mitad de veras” que llamó “Monsieur Lautrec”. Allí nos relata cómo pudo ser Mireya, ni más ni menos que una modelo del pintor “de patitas mermadas” y habitué de aquellos tugurios parisinos que tanto tenían en común con los de la Buenos Aires de entonces. Así, en la genial prosa del autor de “Rayuela”, la misteriosa rubia pudo haber pasado de Le salon de la rue des Moulins al café de Hansen, sin mayores sobresaltos.

La escritora argentina radicada en París Alicia Dujovne Ortiz dio continuidad a esta propuesta en su novela “Mireya”.

Éstas, y algunas otras narraciones, fueron escritas sin ninguna pretensión de veracidad. No obstante, fueron ofrecidas muchas veces como hechos veraces. Siempre es bueno mantener historia y literatura en sus anchos pero demarcados cauces.

Una última reflexión. Si tomamos en cuenta la altísima probabilidad de que muchas de las compañeras de oficio de esa Mireya de la que nos habla el tango se hayan sentido tentadas a rebautizarse con el ya famoso nombre de su colega, vemos que las “Mireyas” se pueden haber multiplicado en pocos años. Así, la verdadera quedó oculta bajo la niebla espesa del tiempo… si es que existió alguna vez, una verdadera.
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